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El nuevo año no alcanza
E

l inicio del año es un tiempo en que se hacen previsiones, predicciones, llamamientos, advertencias y se construyen escenarios diversos que responden a las necesidades de unos, los intereses de otros y las concepciones ideológicas del momento. Cuando las aguas están revueltas, más extenso y diverso suele ser el menú de las ofertas disponibles: las que hacen los políticos, los sesudos analistas económicos, los sempiternos empresarios, los predicadores de todos los gustos y tendencias, y también los provocadores.

El plazo de tales ejercicios, por una convención que parece muy humana, pero que es también muy contable, se ciñe generalmente al año que comienza. Es un periodo breve, pero así se mide la existencia, por cumpleaños.

Hay cuestiones sociales que exigen de plazos mayores y de visiones de más largo aliento. Puede ser un sexenio o lo que resta de él, como nos ocurre en México, o bien puede corresponder a concepciones de un horizonte más largo, como pretenden ser las propuestas de Putin en Rusia, por señalar sólo un par de casos, que los hay diversos, ciertamente.

Este es un tiempo de aguas revueltas. Tome su globo terráqueo o su mapamundi si lo prefiere plano y mírelo; dele una vuelta sin demasiada prisa y repase los acontecimientos actuales a escala global, continental o nacional, la que quiera. No se encuentran demasiados motivos de sosiego y sí muchos de inquietud.

Como habitantes del planeta podríamos identificar, tal vez, un elemento común dentro del entorno que enfrentamos y es la endeble situación en la que están las masas de ciudadanos por todas partes. Este debería ser un punto de mira para contraponer el discurso dominante y abrir espacios para pensar y hacer. En todo caso, al parecer los ciudadanos estamos más alejados de lo que se nos dice y de cómo se nos dice. Esta situación es frágil. Así la percibimos y actuamos en función de ella, en general con precaución y, en muchos casos, con miedos.

Las sociedades pasan por un proceso de creciente heterogeneidad en el mejor de los casos, si no es que están en un conflicto abierto y hasta violento. La desigualdad, claro está, no ha sido descubierta recientemente como fenómeno social, pero se ha inscrito de lleno en la forma en que advertimos lo que pasa alrededor. No hay fuerzas en ninguna ideología vigente, ni en las políticas públicas que la contrarresten.

Puede ser ilustrativo un análisis de las condiciones de la inversión financiera para este nuevo año propuesta en un diario especializado. Dice que en el curso de los próximos 10 años es probable que el resto del mundo, liderado por los mercados emergentes, superen el desempeño de Estados Unidos. Ocurrirán los ajustes necesarios mientras que esos mercados emergentes ahora aparecen como baratos y las acciones en Estados Unidos se ven caras. Aquellos que puedan esperar 10 años deben migrar poco a poco del dólar y tomarlo con calma. Este es el modo predominante de mirar los rendimientos financieros y la especulación. ¿Quién puede esperar 10 años, tener los recursos necesarios para tal espera y sentarse tranquilo a esperar que los mercados se ajusten, como si aún se creyera que esto ocurre de modo automático y sin manipulación. Pero, ¿es que no se ha aprendido nada de esta reciente crisis o de plano el cinismo es incontenible?

Del otro lado, para la inmensa mayoría de la gente está el hecho de que en materia económica no hay bonanza en ninguna parte. En términos políticos, no hay confianza en casi nada. La mayor parte de los negocios mantiene, si acaso, poca rentabilidad. Los que controlan el mercado y fijan precios se llevan la mayor tajada: telecomunicaciones, las grandes firmas financieras, las empresas de tecnología que se valorizan como espumas. Los gobiernos se endeudan cada vez más, mantienen sus presupuestos muy apretados, no alcanza el dinero para sostener los servicios básicos: educación, salud, vivienda. Los impuestos son elevados y el consumo se cae. De ahorrar, casi ni qué hablar.

La política se aleja de los ciudadanos y los espacios vacíos se llenan como pueden. Las lealtades partidarias van desapareciendo poco a poco, y los nuevos apegos se muestran hasta ver qué pasará. Las izquierdas y derechas tradicionales pierden su poderío institucional, las opciones y los espacios se están definiendo, como ocurre, por ejemplo, en Grecia o en España. En América Latina las etapas de optimismo duran poco, pero eso sí se explotan desde todas partes para sacar provechos de ocasión. Hoy vuelve la marea baja. En todos lados hay corrupción e impunidad.

En México, el proceso de deterioro político está en plena marcha. La economía vuelve, como ocurre recurrentemente, a mostrar los signos de su esencial fragilidad y dependencia seculares. No se advierte la necesaria capacidad de reacción que se requiere ante el derrumbe de la política y el ajuste que necesita la gestión de la economía. Pronto veremos qué polvos quedan de las reformas y de qué manera operan nuestros técnicos ante la nuevas condiciones para administrar los procesos monetarios y fiscales cuando ya no hay abundancia de divisas y la estabilidad macroeconómica no se sostiene más, y lo que persiste es un entorno de estancamiento productivo.