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El hombre invisible
E

s significativo el capítulo final del libro Todo sobre las focas de Federico Campbell, fallecido hace un poco más de un año.

A partir de la desaparición de Beverly, la amada misteriosa, posiblemente inexistente, el protagonista está solo en una habitación neutra, a la que ha despojado de cualquier signo de familiaridad, un lugar situado en un espacio fronterizo, es decir, al lado de la cerca de alambre que separa de manera ominosa a México de Estados Unidos. Y de la experiencia de ese vacío tanto físico como mental, de la irreductible conciencia de lo dividido, nace la convicción de la propia inexistencia, signo descifrable, el de la invisibilidad: De repente cierro la boca, el reconocimiento súbito de que no soy yo el que habla, ni siquiera tal vez el que abra la boca y mueve los labios y traga saliva y contrae el estómago y siente el estiramiento inclemente de todos los conductos digestivos, pero lo cierto es que lo hago sin alzar la voz, de eso me cuido mucho, lo digo en voz bajísima. O lo escribo a mano para no perturbar los oídos de nadie, me apena mucho estar aquí hablando, perdonéseme por hacer ruido...).

Y el ruido inmediato, concreto, proviene de los aviones que sobrevuelan su casa fronteriza, pero sobre todo del oficio que habrá de elegir para definir su vida, el de periodista, un oficio que hace ruido, pues si no se hace ruido, si no se llama la atención, de nada vale la pena practicar ese oficio. No en balde su primer libro es una serie de entrevistas con escritores españoles intitulado Infame Turba, libro que hizo historia, marcó otra línea fronteriza, la del franquismo y su próxima muerte y la de la aparición de personajes que habrían de convertirse en los más importantes escritores españoles de su generación en los ya lejanos años de 1971.

Es curioso verificar cómo las obsesiones de un escritor regresan siempre al punto de partida. Las palabras que cité hace poco, provenientes de Todo sobre las focas, publicadas por primera vez en 1978, son casi idénticas a las que escribió Campbell en el último capítulo de La clave Morse, editada en 2001, una autobiografía disfrazada quizá, debido, como asegura el propio Campbell, a las restricciones que imponen el pudor y el respeto a las personas reales y sus nombres:

Era como una frontera la que sentía interpuesta al recordar. Una alambrada. Un alto. Hasta allí no puedes llegar. ... Mis palabras no eran mis palabras. Estaba demasiado impregnado de razonamientos extraños y de percepciones que otros, no yo, habían tenido. Las frases de los libros interferían desbocadas pensando por mí: me pensaban, me violaban... (Era) no un animal en extinción sino extinguido. Es decir, en cierto modo yo ya no existía.

Esa conciencia de invisibilidad le hace decir en otra parte, en una de sus últimas entrevistas:

Creo que la verdadera muerte es la que sucede antes de morir. Esos años previos en que entras en una etapa de salud más vulnerable. La ventaja es que te baja el espíritu de competencia y el deseo de éxito social. Así que te puedes quedar más tranquilo y escribir lo que puedas.

Hay pruebas objetivas de que no la hice, de que no conseguí un lugar en el catálogo de la literatura mexicana”.

Y pienso que esa conciencia torturada de ser inexistente, de ser apenas vocero de los otros, de ser un intermediario de otras voces, de no ocupar un sitio, el que se merece y merecía dentro de la literatura mexicana actual y que puede oírse de nuevo como un eco en estas palabras de La clave Morse...

sentir hartazgo de las labores tan fugaces y transitorias del periodismo... Se me habían vuelto mecánicas y repetitivas... Tenía la sensación de que otras personas hablaban a través de mí y de que yo era alguien sin voz propia (p. 116).

es justamente lo más valioso de su obra.

Federico Campbell a quien quizá no supimos reconocer totalmente mientras vivió. Hagámoslo ahora. Nos queda su obra, reciente y bellamente reditada, en gran medida gracias a los esfuerzos de Carmen Gaitán.

Twitter: @margo_glantz