Mundo
Ver día anteriorMartes 22 de diciembre de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Un físico británico desafió al talibán para educar jóvenes en Pakistán
Robert Fisk
I

maginen al director inglés de un famoso colegio de la frontera del noroeste, un centro construido por británicos y financiado por cristianos. Inyecten unas cuantas pesadillas –bombazos de los talibanes, ataques suicidas, matanzas diarias de civiles y niños, y sangrientos ataques estadunidenses con drones en el campo circundante– y tendrán un cuadro de cómo este maestro siguió adelante pese a todo, intentando instruir a los musulmanes y cristianos de su clase en los fundamentos de la historia, la física y la economía. Sólo un nombre viene a la mente: David Lagourie Gosling.

Aunque era catedrático en Cambridge y físico nuclear, Gosling pasó cuatro años al frente del Colegio Edwardes en Peshawar, capital de lo que es hoy Khyber Pakhtunkhwa y tal vez la ciudad más peligrosa al este de Raqqa. El colegio fue fundado por la Sociedad Misionera Cristiana en 1900. Gosling recibió una amenaza de muerte manuscrita, pero decididamente poco elocuente, de cierto capitán Halifah, que anunciaba: “El director del Colegio Edwardes no es musulmán. Dios dice… que uno no debe trabar amistad con no musulmanes. ¡Oh, musulmanes, despierten! Sacudan los cimientos de los no creyentes y levanten el nombre del islam”.

El capitán Halifah acusó al director de cerrar el colegio antes de que los estudiantes musulmanes tuvieran tiempo de hacer sus oraciones. Era falso. Sin embargo, si Gosling no obedecía, amenazaban con enviar un atacante suicida a las puertas del colegio.

El maestro no cedió, aun cuando las ventanas del colegio fueron destrozadas por atacantes suicidas en el entorno, uno de los cuales –una joven– sólo fue identificada cuando la policía encontró su cabeza.

Ha pasado más de un año desde que el emir del talibán paquistaní, Fazle Hayat (mejor conocido como Fazlullah), atribuyó a su agrupación la responsabilidad por la masacre en la cercana escuela del ejército en Peshawar, en la que hombres armados irrumpieron y abatieron a 143 muchachos, muchachas y maestros. Gosling ya había salido de Pakistán, pero, al condenar esa atrocidad, recuerda cómo Fazlullah también había llamado a la igualdad social, más empleo y un sistema de justicia más eficiente que el burocrático derecho civil paquistaní.

¿Cómo pudo Gosling dar cuenta de estos baños de sangre casi cotidianos, y seguir dedicado a manejar una escuela cuya razón de ser es la paz entre musulmanes y cristianos? Le hice esta pregunta al final de un año de masacres, muchas más en el mundo musulmán que en nuestra preciosa Europa, por supuesto. Es la interferencia exterior y el legado histórico, respondió. Hasta los líderes de las iglesias locales son legados del Raj. Hay en el colegio jóvenes musulmanes y cristianos que se llevan bien. Es el poder de la educación. Cuando se tiene educación en su totalidad, permite a nuestros estudiantes ver lo que debería ser obvio: todos somos uno.

Gosling encontró al anciano padre de Fazlullah, el sufí Mohamed, en una visita a la prisión con algunos de sus estudiantes, y describe ese extraordinario encuentro en su nuevo libro, Frontier of Fear (Frontera de miedo). Pero, como su libro no explica por qué hombres y mujeres de Europa, que tienen estudios, han ido a unirse al Isis, me pareció necesario someter al pobre David Gosling a esa pregunta.

Ah, tal vez sean inteligentes, pero están furiosos, replicó. Este es un pueblo enfurecido impulsado por una ideología que es incompatible con la educación. Esas energías no pueden encauzarse en forma positiva, que es lo que la educación quiere hacer. En la educación cara a cara, uno tiene que involucrarse con la gente.

Gosling habló de la hipocresía, de cómo el mundo virtualmente guardó silencio cuando 2 mil palestinos fueron masacrados en Gaza, pero se indignó cuando un puñado de personas fueron asesinadas en una playa de Túnez.

No estoy seguro de que sea justo. Sin embargo, es difícil contradecir el enojo de Gosling por los ataques estadunidenses con drones y sus bajas civiles, y los misiles de doble llave que son disparados 20 minutos después de los primeros ataques con cohetes para matar a los rescatistas. En 2006, un ataque estadunidense con drones en una madrassa en Bajaur dio muerte a 85 estudiantes paquistaníes y encendió la furia de la gente en esa provincia fronteriza. De inmediato se canceló una visita programada del príncipe Carlos y la duquesa de Cornwall al Colegio Edwardes.

Los blancos de los ataques con drones son proporcionados por informadores, que tal vez persigan venganzas personales contra las víctimas, o sean obligados a trabajar para los estadunidenses. Gasling recibió un estremecedor mensaje de correo electrónico de un ex estudiante de su colegio, originario de Waziristán, quien pedía consejo después de encontrar a dos estadunidenses que le ofrecían mucho dinero para ser modelo masculino. Gosling le aconsejó que rehusara. Luego llegó otro mensaje. “No son de una agencia de modelos. Querían contratarme con propósitos de información (espiar) y muchos otros en Waziristán…” El resto del mensaje daba a entender que ahora los dos estadunidenses lo amenazaban por negarse a cooperar. Gosling desaprueba la robotización de la guerra, opinión compartida por el arzobispo de Canterbury Rowan Williams, quien la considera gravemente contraproducente.

Sin embargo, para que no se crea que el enemigo suelto es todo inocencia, he aquí una cita de un informe secreto sobre atacantes suicidas (enviado a Gosling en 2009) de un oficial paquistaní de inteligencia. Después del estallido, escribe, unos asociados del atacante se meten entre las personas reunidas y para engañarlas a ellos y a los guardias de seguridad maldicen a los terroristas. Después retiran del lugar exacto del incidente la cabeza (cercenada) del atacante y cualquier otra pista que pudiera identificarlo, fingiendo estar aterrados por el incidente. Luego desaparecen entre la multitud. Yo diría que Gosling tiene suerte de estar vivo.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya