Opinión
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Las islas de nadie
Hermann Bellinghausen
E

n un tiempo no menor de un mes desde que asumí el mando de las fuerzas de Estados Unidos en California, hemos perseguido al Ejército mexicano más de 300 millas a lo largo de la costa, más de 30 millas en el interior de su propio país; los hemos empujado y dispersado, y hemos asegurado así el territorio de Estados Unidos; hemos dado fin a la guerra; restableciendo la paz y la armonía entre el pueblo, y estableciendo un gobierno civil que opera con éxito, escribe el comandante Stockton al secretario Bancroft del gobierno de Polk el 28 de agosto de 1846. Y agrega: La bandera de Estados Unidos ondea en cada posición de mando en el territorio de California, y estas ricas y hermosas tierras pertenecen a Estados Unidos y se hallan por siempre libres del dominio de México. Esto refiere James Madison Curtis, historiador de la conquista de California y Nuevo México, citado por Jorge A. Vargas en El Archipiélago del Norte, ¿territorio mexicano o norteamericano?, artículo publicado por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM en 1989, que alcanzaría la forma de libro (FCE, México, 2012) con casi idéntico título.

El cubetazo histórico viene a cuento no sólo ante el actual ánimo nacional. Da contexto a una argumentación que no deja de regresar a 170 años de distancia: México podría reclamar la propiedad de las también llamadas Channel Islands en aguas del Pacífico, a la altura de Santa Bárbara y Ventura, pues no quedaron contempladas en la capitulación mexicana de 1847 que implicó la enorme mutilación del territorio causada por un ejército invasor y un gobierno mexicano traidor y débil.

En una reciente comunicación personal, la escritora e historiadora Roxanne Dunbar Ortiz (autora de una espléndida y demoledora historia de los pueblos indígenas de Estados Unidos) toca la herida: “México debería, ¡por fin!, acudir a la Corte Internacional de La Haya y exigir la restitución del Archipiélago, no incluido en el tratado de cesión de 1848 que terminó la brutal ocupación de la Ciudad de México por mercenarios y forzó la entrega de la mitad del territorio de México a Estados Unidos. Ello implicaría devolver las ganancias acumuladas durante décadas de extracción de petróleo en sus aguas territoriales. Sí, Trump boicotearía las audiencias, como hizo Reagan con la demanda de Nicaragua por el minado de sus puertos, pero México ganaría por default y las islas serían suyas conforme a la legislación internacional. Sería delicioso ver cómo lo maneja Mr. Exxon, secretario de Estado. Entonces México generosamente restituiría las islas a sus guardianes legítimos: el pueblo chumash”.

El exhaustivo estudio de Vargas para la Universidad de San Diego aspiraba a dar por zanjado el asunto, concluyendo que las posibilidades de México son escasas o nulas. El argumento duro del reclamo data de 1894, cuando el geógrafo Esteban Cházari realizó, con apoyo del gobierno porfirista, un amplio reporte sobre el derecho de nuestro país sobre las ocho hermosas islas frente a la Alta California (Catalina, Anacapa y Santa Rosa entre otras) y concluyó que en efecto el Tratado no las incluyó. El derecho de gentes permitió a Estados Unidos apropiárselas y hoy son base militar, destino turístico y parque nacional. El Estado mexicano ha preferido no abrir la boca y nadar de muertito. Sólo Manuel Ávila Camacho creó la Comisión Camacho para investigar el caso, pero nunca hizo públicas sus conclusiones.

En 1972, Boinas Cafés, organización chicana inspirada en los Panteras Negras, ocupó el poblado de Avalon en Catalina, izó la bandera mexicana y declaró las islas territorio recuperado, invocando el Tratado de Guadalupe Hidalgo. (De manera similar, el Movimiento Indio Americano había tomado la isla de Alcatraz de 1969 a 1971.) Aunque Vargas lo desdeña como recurrente gesto político de temporada y da la razón a Estados Unidos, el reclamo sigue vivo.

La audaz propuesta de Dunbar Ortiz, quien ha llevado con éxito importantes reclamos territoriales de los siux y otras naciones indias ante instancias y cortes internacionales, añade un giro definitivo: de ganar en La Haya, el remate histórico de la recuperación sería devolver las islas a los chumash, quienes nunca las cedieron a ningún gobierno. Ni siquiera hubo un tratado que traicionar. La historiadora concluye: Peña Nieto podría no tener otra opción. Incluso los débiles pueden ponerse a la altura del momento si temen que el pueblo se alce en su contra.