Opinión
Ver día anteriorMartes 14 de febrero de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Trump y EPN: odios diferentes; misma devastación
Víctor M. Toledo
M

éxico como nación y los mexicanos como ciudadanos del mundo hemos venido soportando, desde hace por lo menos tres décadas, una embestida cada vez más dramática que se ha dedicado a quebrar los fundamentos naturales, culturales e históricos del país, y la dignidad, identidad e integridad de sus habitantes. El mismo odio, vociferante e incontrolable, que expresa Trump contra los mexicanos, existe disfrazado y silencioso en la clase política que ha gobernado el país en las últimas décadas. Las acciones antimexicanas de Trump sólo vienen a sumarse a las políticas antinacionales aplicadas por los gobiernos neoliberales de México y sus partidos. Trump y Peña Nieto comparten un mismo proyecto contra México, que ha sido enormemente destructivo de los pilares, valores, historia y cultura de la nación, y depredador de sus regiones, recursos, paisajes y bienes. Se trata de la política de la rapiña, la acumulación desbocada de riqueza, la destrucción obscena de la naturaleza, y una fe ciega en la tecnología, el consumo, el individualismo y el mercado.

Lo que había mostrado la historia, que México lograba detener y resistir al imperio más poderoso (económica, tecnológica y militarmente) de que se tenga memoria, hay que aceptarlo, se ha estado esfumando en las últimas décadas, a tal punto que hoy existe ya el temor de la disolución real de la nación, pues los mexicanos vemos cómo el país se nos derrumba. En esta devastación han trabajado por igual las fuerzas formidables del capital corporativo y trasnacional y los gobiernos de Estados Unidos y de México, más allá de sus diferencias y matices. ¿La razón? Todos comparten una misma visión del mundo, un conjunto de valores similares (tecnocráticos, materialistas, consumistas, individualistas) y todos actúan movidos por los mismos intereses del Homo industrialis.

Así como la opinión pública se escandaliza con las mentiras y la paranoia de Trump, igualmente debe escandalizarse con la batería de mentiras que el actual gobierno de México (y los anteriores) han utilizado para ocultar toda una gama de fechorías, fraudes electorales, flujo ilegal de capitales, contubernios con los sectores criminales, venta de los bienes del país, actos deshonestos, y robos en despoblado de los erarios. Todo ello sin que sean investigados, juzgados y castigados.

La devastación nacional ha ocurrido porque las élites del país, los poderes fácticos, han apostado por un contubernio con Norteamérica (Estados Unidos y Canadá) y sus modos de modernizar, dando la espalda a la región a la que pertenece cultural y naturalmente el país: la América Latina. Su instrumento ha sido el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que aún defiende y pretende mantener el gobierno mexicano. El TLCAN propició, entre otras cosas: 1) la expulsión de 15.2 millones de mexicanos hacia Estados Unidos, el principal flujo migratorio del mundo; 2) el paso de un extractivismo básicamente petrolero hacia un extractivismo energético, minero e hidrológico más intenso y depredador. Todo enfocado a entregar los recursos naturales estratégicos a empresas petroleras y gasíferas de Estados Unidos, a empresas eléctricas y eólicas de España y a empresas mineras de Canadá, China e Inglaterra; 3) la agricultura tradicional y la soberanía alimentaria que existía antes de la firma del TLCAN fue suplantada por una reconstrucción deformada de una agricultura de exportación. México perdió la soberanía en la mayoría de sus áreas básicas: granos, leguminosas, hortalizas, frutas, carne, alimentos procesados, etc. Hoy el país importa 10 millones de toneladas de maíz (buena parte transgénico), a la vez que subordina la nueva producción agropecuaria a los gustos del mercado estadunidense: hortalizas, frutos rojos, aguacates, frutas tropicales, mariguana, amapola, etcétera; 4) el territorio mexicano fue reorganizado en favor de nuevos corredores industriales estratégicos construidos entre el este estadunidense y la cuenca del Pacífico, reaprovechando o impulsando importantes puertos industriales en la costa del Pacífico. En virtud de ello se construyó un sistema de movilidad terrestre y marino intermodal agresivo y desregulado, siempre planeado al servicio de las industrias just in time; 5) el comercio nacional, las grandes agencias comerciales estatales en el campo (Conasupo), y las pequeñas y medianas empresas productivas y comercializadoras familiares fueron destruidas y remplazadas por empresas altamente monopolizadas, sobre todo de carácter trasnacional; 6) a esto se sumó la destrucción del sistema financiero, mientras el mercado interno destruido fue suplantado por un mercado importador de todo tipo de insumos industriales, medios de subsistencia principalmente estadunidenses y un fomento del mercado exportador, y 7) finalmente en México terminó pagándose uno de los salarios más bajos del mundo en términos comparativos, aprovechando la sobreoferta laboral, así como el desempleo real, maquillado en el caso de los trabajadores intermitentes o informales (tres de cada cuatro) y con el flujo migratorio hacia Estados Unidos (10.64 millones).

Tras casi tres décadas de integración con Nor­teamérica, hoy el Estado mexicano tiene responsabilidad por violación a su obligación de garantizar el libre y pleno ejercicio de los derechos humanos de los mexicanos, como los derechos a la vida, integridad física, propiedad colectiva de la tierra, libre expresión, salud, medioambiente sano, vivienda digna, protesta social, libre asociación, trabajo digno, autodeterminación, identidad, idioma, usos y costumbres propios, defensa del territorio, acceso a la justicia y derecho al consentimiento libre. Esto fue lo que concluyó el Tribunal Permanente de los Pueblos en noviembre de 2014, tras decenas de audiencias y numerosos testimonios orales y escritos que documentaron alrededor de 500 casos examinados durante tres años (ver: http://www.jornada.unam.mx/2014/ 11/18/opinion/018a1pol ).Resulta entonces una falacia, y hasta un absurdo, creer que las élites políticas y económicas en una supuesta unidad nacional y con Enrique Peña Nieto a la cabeza, serán capaces de enfrentar las agresiones del nuevo dirigente del imperio. La salvación de México pasa tanto por la remoción del actual régimen corrupto y antimexicano, como por la defensa digna de la soberanía nacional.