Opinión
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México SA

Hacienda: ¿que siempre no?

Meade deshoja la margarita

Mañana toca otro gasolinazo

Carlos Fernández-Vega
V

íctima de sus propios arrebatos el gobierno peñanietista se puso la soga al cuello: mañana sábado tendría que entrar en vigor su decisión de liberar plenamente el mercado interno de los combustibles y dejar a las fuerzas del mercado que ubiquen en su exacta dimensión el nivel de precios al consumidor. Ello, decían en diciembre pasado los genios gubernamentales, porque no hay más alternativa que dejar que el precio de la gasolina refleje su verdadero costo.

Más allá del creciente enojo ciudadano por el incumplimiento de lo prometido (“con la reforma energética no habrá más gasolinazos”, decía peña Nieto y tecnócratas que lo acompañan), el brutal aumento de precios de los combustibles aplicado desde el primer día de 2017 rebasó todas las expectativas: hasta 24 por ciento, dependiendo la zona de consumo (recuérdese que se autorizaron 90 regiones y mil 453 precios distintos a lo largo y ancho de la República).

Como es sabido, la decisión gubernamental provocó el rechazo ciudadano y el inicio de una larga serie de marchas y protestas que rápidamente incrementaron la de por sí elevada temperatura política y social del país (lo de los saqueos ya se sabe de dónde salió), y disparó el índice inflacionario a niveles no vistos desde finales del siglo pasado.

Peña Nieto y sus muchachos itamitas lograron lo que nunca soñaron: la unidad de los mexicanos, pero en contra de la draconiana medida, porque de todos es conocido que el aumento a los precios de los combustibles es la chispa que rápidamente enciende el llano. Durante un mes aguantaron protestas, marchas y mentadas, y repetían –un día sí y el siguiente también– que no hay alternativa, porque proceder en otro sentido significaría cancelar el bienestar de los mexicanos y meter la tijera a los programas sociales.

Pero nunca imaginaron la proporción de la protesta ciudadana, ni siquiera la reacción de sus presuntos aliados, los empresarios, que también se sumaron al rechazo generalizado, pues el gasolinazo de enero fue de una magnitud equivalente al aumento de precios acumulado entre enero de 2011 y diciembre de 2013. Así es, lo que en años previos aumentaban en un trienio, con Peña Nieto y su reforma energética lo incrementó en un solo mes. Y todavía exigía comprensión de los de los ciudadanos, porque, decía, es por su bien.

Y, como anotamos líneas arriba, el susodicho cayó en su propia trampa o, si se prefiere, en la que le armaron sus genios tecnocráticos. Tras el golpazo de enero, el calendario oficial marcaba dos aumentos más (los días 4 y 11 del presente mes) y la liberación plena de los precios a partir del 18 de febrero, es decir, desde mañana, con modificaciones cada 24 horas.

No hay paciencia que soporte ni economía que aguante ese ritmo. Una verdadera locura, y los ciudadanos lo entendieron de inmediato y reaccionaron en consecuencia. Las calles se llenaron y el tono de la protesta se incrementó a paso veloz, obligando al gobierno a hacer lo que dijo que no haría más, es decir, manipular los precios políticamente, porque todo se lo dejaba a la fantasmal cuan destructiva figura del mercado.

El gobierno peñanietista no aplicó los gasolinazos previstos para el 4 y 11 de febrero. Dejó pasar las fechas por él mismo fijadas, en la creencia de que con eso alcanzaba y la ciudadanía quedaría tranquila. Pero olvidó que había agendado más y que los consumidores, prestos a retomar las calles, no se lo tolerarían.

De acuerdo con estimaciones propias, a pesar de que no aplicó los gasolinazos previstos para el 4 y el 11 de febrero, Hacienda no ha dejado de captar alrededor de 520 millones de pesos por día (sólo por Magna y Premium) como resultado del cobro del impuesto especial sobre producción y servicios (el temible IEPS). Por razones políticas (mismas que dijo que utilizaría más) el gobierno de EPN decidió posponer los aumentos, pero ello no le impidió que la caja registradora se mantuviera sonando.

Ayer circularon varias versiones sobre el tema del gasolinazo y la cercanía de la liberación plena (léase otro aumento de precios, aunque algunos hablaron de que podría darse un descenso, pues las condiciones para ello existen), y aparentemente la decisión de Hacienda sería de nueva cuenta posponer la decisión. Obviamente por razones políticas. Se acercan las elecciones en varias entidades de la República, especialmente en el estado de México –de siempre baluarte tricolor–, donde la situación está color de hormiga y nada raro sería que por primera vez el PRI perdiera la gubernatura y se viera en la penosa necesidad de mendigar como oposición.

Hacienda, pues, aplicaría la técnica de los AA: no se toca el vicio (de aumentar precios), sólo por hoy. Mañana, ya veremos. Pero el hecho es que no puede deshojar la margarita ni posponer la decisión indefinidamente. Eso sí, la jaula del tigre ya está abierta.

Como aquí lo comentamos en el arranque de año, la primera vez que se escuchó la cantaleta fue en 1982, con Miguel de la Madrid en Los Pinos: para corregir el desequilibrio financiero del sector (público) se decidió revisar la política de precios de venta de los energéticos en el país, para abatir los subsidios indiscriminados que provocan un consumo dispendioso de energía. Por lo mismo, el gobierno tuvo que ajustar (aumentar) el precio de los productos petrolíferos. Y lo hizo: de un plumazo, 50 por ciento de incremento, porque actuar de otra manera, según dijo, hubiera implicado reducir aún más el presupuesto y alimentar las tendencias recesivas, ya de por sí presentes en la economía.

De entonces a la fecha, el precio de la gasolina se ha incrementado 92 mil por ciento y el del diésel 174 mil por ciento (las cifras son de Pemex), y a lo largo de tres décadas y pico lo primero que dice el gobierno a la hora de aumentarlos (algo por demás recurrente) es que se trata de abatir los subsidios indiscriminados. Ello con una inflación acumulada de 56 mil por ciento en el mismo periodo.

Lo peor del caso es que en esos 34 años, con combustibles cada día más caros, los recortes presupuestales han sido el pan de cada sexenio, y lo mismo las tendencias recesivas. Y todavía el gobierno federal exige a los consumidores que no se asusten (Meade dixit) por los aumentos.

Las rebanadas del pastel

Por cierto, ¿alguien recuerda qué fue de aquel pomposamente denominado Acuerdo para el Fortalecimiento Económico y la Protección de la Economía Familiar que el inquilino de Los Pinos presentó en sociedad el pasado 8 de enero?

Twitter: @cafevega