Opinión
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ace unos días se conmemoró el Día de la Mujer y en una visita al antiguo Colegio de San Ildefonso recordamos a Matilde Montoya Lafragua. Fue la primera en ingresar a la Preparatoria Nacional, en febrero de 1882, y después a la escuela de medicina, donde se recibió de médico.

Lograrlo fue una hazaña que ahora parece increíble; se le negó el acceso a ambas instituciones en varias ocasiones, fue atacada en la prensa con el titular Impúdica y peligrosa mujer pretende convertirse en médica. Se afirmaba que debía ser perversa la mujer que quiere estudiar medicina, para ver cadáveres de hombres desnudos.

Para lograr su admisión le escribió al presidente Porfirio Díaz, quien al conocer el extraordinario desempeño de la joven, tanto en sus estudios de bachillerato, como en la práctica como partera, sugirió al director que la admitiera.

La estancia en la universidad no fue fácil, sujeta a burlas y protestas de los compañeros. Un grupo de alumnos, a quienes apodaron Los Montoyos se solidarizaron con ella y le hicieron la vida más amable.

Terminó la carrera con buenas calificaciones, preparó su tesis y al solicitar su examen profesional, se lo negaron, aduciendo que en los estatutos de la Escuela Nacional de Medicina se hablaba de alumnos y no de alumnas.

Nuevamente Matilde pidió el apoyo del presidente Porfirio Díaz, quien mandó una solicitud a la Cámara de Diputados para que se modificaran los estatutos y emitió un decreto para que se realizara el examen profesional de Matilde Montoya, el 24 de agosto 1887.

Previamente tuvo que presentar un examen práctico en el hospital de San Andrés, que atestiguaron un jurado de médicos y, en representación del presidente Díaz, el Ministro de Gobernación y su secretario particular.

Fue aprobada por unanimidad. Un momento histórico que abrió el camino a miles de mujeres que hoy constituyen prácticamente la mitad de los profesionistas que hacen este país mejor.

Matilde Montoya trabajó incansablemente hasta su muerte, a los 79 años, en sus dos consultorios, uno en su casa de Mixcoac y otro en la colonia Santa María la Ribera. Se caracterizó por aunar el riguroso desempeño profesional con una actitud sencilla y humana, que la llevaron a atender a todo tipo de pacientes a quienes cobraba de acuerdo a sus posibilidades.

Con la imagen de Matilde en la mente recordamos que en este imponente edificio, que albergó el colegio jesuita de San Ildefonso, estuvo la Escuela Nacional Preparatoria (ENP). En 1867 el presidente Benito Juárez expidió la Ley Orgánica de Instrucción Pública en el Distrito Federal, la cual estableció su creación. Este año se festejan los 150 años de su fundación.

Nombró director a Gabino Barreda, quien había estudiado en Francia con Augusto Comte, creador de la corriente positivista que anteponía el razonamiento y la experimentación al dogmatismo. Bajo estos lineamientos elaboró el proyecto educativo que habría de normar la ENP.

No hay que olvidar que una década antes, en México las principales instituciones de educación media y media superior, como los colegios de San Pedro y San Pablo y el de San Ildefonso, estaban en manos del clero. En ellos prevalecía una instrucción dogmática.

El 3 de febrero de 1868, dio inicio el primer ciclo escolar de la ENP con una matrícula de 900 alumnos, en las instalaciones del Antiguo Colegio de San Ildefonso. Aquí habría de funcionar hasta 1982, para posteriormente convertirse en Centro Cultural, uso que guarda hasta la fecha. Esto nos permite disfrutar su notable arquitectura, los murales de varios de nuestros mejores artistas y exposiciones extraordinarias, como la que se presenta ahora: Tres siglos de grabado de la Galería Nacional de Arte de Washington.

El paseo concluyó en el restaurante La Casa de las Sirenas, situada en Guatemala 32. En la terraza de la bella casona barroca, acompañamos el mezcal con unos sopecitos de tuétano y unos tacos de pato. De plato fuerte compartimos la cazuela de mariscos.