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Cuevas, la iconografía del sismo
Javier Aranda Luna
E

l jueves 3 de abril de 2008 invité a varios amigos de Octavio Paz para conversar sobre el poeta a 10 años de su muerte. Más que una valoración crítica sobre su obra me interesaba fijar en una serie de televisión su testimonio sobre el escritor. Me sorprendió la proverbial bonhomía de Pepe Carral, amigo del poeta, que convenció durante años a muchos empresarios para que apoyaran el proyecto editorial del poeta en la revista Vuelta; la meticulosa memoria de Adolfo Castañón, y la seguridad, simpatía y el buen sentido del humor de José Luis Cuevas.

Antes de entrevistar a Cuevas le pregunté si seguía manteniendo su distancia sobre Diego Rivera y su respuesta me sorprendió: me dijo, palabras más, palabras menos, que Diego era un gran pintor, que él se opuso al discurso nacionalista que prevalecía en los años 50 y que su célebre texto sobre la cortina del nopal, que dio a conocer Fernando Benítez en el suplemento México en la Cultura del diario Novedades en 1958, fue una respuesta a Diego, sí, pero sobre todo a Siqueiros por su manifiesto No hay más ruta que la nuestra.

Poco después comprendí lo dicho por el artista gracias al museo que lleva su nombre: que el niño José Luis Cuevas decidió su vocación a los ocho años, después de contemplar los murales de Roberto Montenegro en la Escuela Benito Juárez y los que Diego Rivera pintó en el Palacio de Cortés, en Cuernavaca.

II

El estudio de Carlos Monsiváis, miembro de La Mafia cultural que entre otros formaban José Emilio Pacheco, José Luis Cuevas, Carlos Fuentes, el propio Monsiváis y que comandaba Fernando Benítez, daba cuenta de sus afectos y obsesiones. Un ejemplar de La Biblia del Oso traducida por Cipriano de Valera y Casiodoro de Reina, muñecos de luchadores, personajes del Mago de Oz, decenas de plumas, novedades editoriales y libros de trabajo, grabados y un ir y venir de gatos.

En las paredes una fotografía espléndida de los ojos de María Félix tomados por Gabriel Figueroa, frente a ella otra fotografía de Sebastião Salgado de una mina abierta que semeja un círculo del infierno, más allá la mano del cronista dibujada de un golpe por Rufino Tamayo, la primera página de Pedro Páramo manuscrita por el propio Juan Rulfo y uno de los mejores dibujos que se han hecho de Carlos y que se lo hizo José Luis Cuevas: es un retrato hecho con signos, guiños, caminos, señales.

–¿De veras eres así Carlos? Le pregunté un día mientras escuchábamos a La Lupe. sí, la que literalmente podría arrancar los escenarios mientras cantaba a decir de Cabrera Infante.

–Sí, así soy, me dijo antes de esbozar una gran sonrisa.

III

La última vez que vi a José Luis Cuevas fue en una fiesta de cumpleaños de Monsiváis. Yolanda, Carolina y yo llegamos y desde el principio nos sorprendió la convocatoria de Monsiváis: José María Pérez Gay, Gabriel García Márquez, Iván Restrepo, Vicente Rojo y un larguísimo etcétera de notables del mundo de la cultura.

Vi a Cuevas tan simpático y divertido que me parecía difícil imaginar que haya hecho la mayor parte de su obra retratando con espléndidos dibujos más que rostros y cuerpos, emociones. Los monstruos que llevamos dentro.

Emociones, esperpentos, que vienen del subsuelo, de la parte irracional de la que sabemos tan poco. A sus dibujos los tensa el erotismo, la lujuria, el odio, la violencia, el miedo. Las llamadas bajas pasiones que nos aletean en el camino y no nos permiten ver. El mundo oscuro que más que encontrarse en nuestro entorno surge de nosotros mismos. No me sorprende que Cuevas haya sido un minucioso lector de Dostoyevski, de Kafka y el Marqués de Sade. Y un admirador de ese pintor de los claroscuros que es Rembrandt y que conoció de muy niño en una revista que se encontró en la oficina de su abuelo.

Sus dibujos decía su amigo Octavio Paz son una iconografía del sismo, una arquitectura en ebullición. Contra la hoja, escribió el poeta, el artista desgarra, acribilla, pincha, sollama, atiza, acuchilla, apuñala, traspasa, abrasa, calcina...

Cada hoja es una página del juicio final.