Opinión
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Perspectivismo
Ilán Semo
E

s fama que uno de los propósitos que inspiraron la labor de Claude Lévi-Strauss, fue la de replegar la idea de que los pueblos del Mato Grosso podían ser interpretados a partir de los saberes, los cánones y las cosmovisiones occidentales. Un afán que perseguía, en los años treinta, el objetivo de destituir esa operación que situaba al Otro como un compendio de existencias subalternas de las narrativas conceptuales e históricas de la antropología europea y estadunidense. Su meticulosa labor fue extenuante, y el resultado, un principio de diferenciación radical. Las poblaciones de ese universo selvático no sólo constituían culturas o sociedades distintas, sino mundos enteramente diferentes. Mundos dotados de la misma complejidad que las sociedades occidentales, de sus propios saberes, de elaboradas y sutiles cosmovisiones, de jerarquías y poderes inéditos, y de una visión del Otro prácticamente inconcebible en la tradición occidental.

Si se quiere, Lévi-Strauss concluye la era, que se inicia hacia fines del siglo XVII, en que la práctica del antropólogo se centraba en una labor de reducción. Reduccionismo que frecuentemente derivaba en un esencialismo. Una cuantiosa parte de las reflexiones que la antropología haría de sí misma a partir de los años ochenta, consistió en preguntarse si el propósito de Lévi-Strauss no era más que una utopía metodológica. Si la labor de descifrar al Otro no conllevaba inevitablemente más que a elaborar narrativas, cargadas de ficción, en las que el intérprete no hacía más que proyectar algo de sí mismo.

A lo largo de su vida, el etnógrafo francés aportó un fenomenal y paciente material heurístico, pero sobre todo leyó de manera distinta los mismos documentos que generaciones de antropólogos e historiadores habían revisado desde el siglo XIX. Uno de los momentos que captó su atención fue el de las diferentes visiones sobre la muerte que proliferaron durante la época de la Conquista en el siglo XVI.

En las Antillas mayores, iniciada la conquista de los nuevos territorios, escribe Lévi-Strauss, mientras los españoles enviaban comisiones de investigación para indagar si los indígenas tenían alma o no, estos últimos se dedicaban a sumergir a blancos prisioneros a fin de verificar mediante una vigilancia prolongada, si sus cadáveres estaban sujetos a la putrefacción o no.

Esta anécdota que fascinó al antropólogo adopta, como lo señala perspicazmente Eduardo Viveiros de Castro en Metafísicas caníbales (2010, Katz Editores), una interpretación radical en Tristes trópicos. Mientras que los españoles evocaban a la teología y a las versiones más tempranas de las ciencias sociales, los antillanos confiaban más bien en las ciencias naturales. Es decir: contaban con un principio (y seguramente con maestros) de la sospecha. Inicialmente, los primeros acababan pregonando que los antillanos eran animales, mientras los segundos, escribe Lévi-Strauss, sospechaban que los europeos eran dioses. Aquí Strauss es acaso presa de lo propia y extendida fábula occidental sobre la Conquista. Hoy sabemos que ni los antillanos, ni los mexicas, ni los mayas creyeron que los europeos eran dioses. Esa mitología es resultado de las crónicas escritas bajo el dominio imperial, y otra de las invenciones españolas para legitimar, paradójicamente, la clasificación (y la subsecuente cacería) de idólatras.

En rigor, el catolicismo que llegó al Nuevo Mundo jamás logró hacerse de una visión del Otro que no fuera una extensión del sí mismo. Mexicas y antillanos eran vistos como paganos, idólatras o salvajes, es decir, versiones de seres potencialmente cristianizables. Toda la evangelización, entendida como técnica de gobierno, se basó en esta operación semántica. Pero la idea de un ser humano en el afuera de la ecúmene cristiana simplemente no existió. En ese extremo, se les catalogaba como animales, lo cual daba paso a su esclavización. ¿Pero cuál fue la visión que esas poblaciones se hicieron sobre los conquistadores?

Uno de los antropólogos más fascinantes y fecundos que ha vuelto sobre esta pregunta es, precisamente, el brasileño Viveiros de Castro. En Metafísicas caníbales, la imaginación del afuera, es decir, la mirada sobre el otro, puede ir más lejos que una proyección finalmente del sí mismo, si tomamos en cuenta un simple hecho –que el mismo Lévi-Strauss apuntó–. Toda percepción indagatoria e indicial sobre el otro, queda afectada por el acontecimiento mismo de la confrontación. Sobre todo, si pensamos que el centro de ese acontecimiento fueron guerras que se desplegaron a lo largo de un siglo y medio. Nada más cáustico que la guerra para afectar los saberes de los unos con los saberes de los otros.

¿Qué fue lo que impactó a los europeos que no estaba contenido en su cosmovisión? Entre muchas otras y complejas respuestas, Viveiros de Castro adelanta una central: el perspectivismo (un término que, por cierto, Ortega y Gasset elaboró meticulosamente). Cosmovisiones que atribuían formas de vida, lenguaje y pensamiento a los animales, los astros, los bosques y los seres humanos, estaban dotadas de una noción en que la verdad obedecía a un principio de inevitable multiplicidad. No había una Verdad (con mayúscula), sino verdades en juego construidas en mundos diversos. De ahí su esencial propuesta de recrear la historia de la Conquista y lo que siguió partir de sus confrontaciones y fusiones, a partir del principio de las ontologías comparadas.

Hay muchas conclusiones que se pueden derivar de la propuesta de Viveiros de Castro. Una de ellas, en la que también ha insistido notablemente Carlos López Beltrán, es la de abolir de nuestro diccionario de la vida cotidiana la noción de mestizaje. Mestizaje implica una supuesta mezcla resultado de la imposición de una cosmovisión. El mestizo es probablemente el más esencialista de los conceptos que creó la cultura moderna en México. Pero un concepto vacío, un concepto que sólo sirve para identificar al espejo del criollismo. En la mirada del perspectivismo, todos los frentes quedaron afectados, mediante fusiones, borramientos, amalgamas y rupturas; pero sobre todo se tradujo en la creación de nuevas e inéditas cosmovisiones.

Sólo un ejemplo para indicar la potencialidad de esta operación. Los romanos conquistaron a los galos. ¿Alguien ha escuchado alguna vez que la historia francesa hable del mestizaje romano?, sería una idiotez, un oxímoron, por supuesto.