19 de agosto de 2017     Número 119

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Que el campo alimente al campo:
la milpa ampliada


FOTO: Miguel Conde

Hambre en el campo. Los campesinos nos pueden alimentar a todos pero para empezar es necesario que el campo alimente al campo. Porque es inadmisible que en los lugares donde se producen los alimentos haya hambre y la gente coma mal.

Sabemos que en el mundo los pequeños y medianos agricultores producen la mayor parte de los alimentos y que si en lugar de acoso y saqueo recibieran apoyo podrían darnos de comer a todos con productos no sólo suficientes sino sanos, culturalmente adecuados y cultivados de manera sostenible.

Pero también es verdad que es en el campo donde hay más personas con hambre o que comen inadecuadamente y que una parte de las siembras campesinas, incluyendo las de autoconsumo, daña el medio ambiente. Paradoja que es necesario revertir.

Por muchos años en México los campesinos se alimentaron a sí mismos y fueron los grandes proveedores de alimentos para el país y para la exportación, además de productores de materias primas agroindustriales. Sin embargo, desde el último tercio del siglo XX la pequeña y mediana producción agropecuaria se fue erosionando. Los labriegos resistieron y lucharon denodadamente por revertir la degradación de su agricultura y de su mundo y gracias a esa resistencia aún están ahí. Pero como agricultores sobreviven en muy malas condiciones y como país hemos pasado de la autosuficiencia alimentaria a una dependencia severa y creciente.

Tan es así que, para comer, la propia gente del campo tiene que adquirir los productos básicos, a veces de importación. Los pueblos que domesticaron el maíz están siendo orillados a echar tortillas con maíz importado posiblemente transgénico. Y esto es una vergüenza.

Milpas acorraladas. El emblema agroalimentario mesoamericano es la milpa, un milagroso policultivo que alimentó a los antiguos e inspiró un virtuoso modo de vivir. Y en la milpa, como siembra y como paradigma, está la clave de la regeneración no sólo del agro sino del país. Pero también esta práctica ancestral ha sido degradada. La milpa es un cultivo en peligro de extinción.

Arrinconada en tierras malas, de ladera y pedregosas, desertada por varias de las especies que hacían de ella un prodigioso multicultivo, trabajada año tras año y sin debidos periodos de descanso, la siembra campesina por excelencia devino en gran medida insostenible.

Caminando por los cerros pelones de la Huasteca potosina, cuyos bosques fueron devastados de antiguo por la ganadería extensiva y en los que ahora se ven unas cuantas vacas y algunas milpas, pregunto a mi acompañante si, carentes de protección arbórea y cultivados al piquete con puro maíz, no se están perdiendo los suelos de la región. Me dice que no… Aunque luego reconoce que en partes con mucha pendiente “nacen piedras”.


FOTO: Almoraduz Restaurante

Y sí. Uno ve que en algunos lugares se asoma el subsuelo lítico porque, privada de cubierta vegetal y removida de tanto en tanto por las siembras de maíz, la tierra de la superficie ha sido deslavada por la lluvia y el viento.

El caso de la Huasteca no es excepcional. Uno de los modelos más socorridos del policultivo mesoamericano, la milpa itinerante, era en otros tiempos sostenible porque no competía por las buenas tierras con otras siembras, porque la población era menor y por tanto menores sus requerimientos alimentarios y sobre todo porque las parcelas se dejaban descansar a veces por décadas.

Hoy la milpa se sedentarizó y devino extractiva como los intensivos monocultivos empresariales que tanto nos disgustan, pues no sólo la fertilidad sino los propios suelos se pierden en unos cuantos años de siembra continua. Y es claro que seguir desmontando bosques y selvas cada vez más disminuidos no resuelve el problema sino que lo agrava.

Con rendimientos decrecientes, mayores requerimientos de insumos químicos y por tanto costos cada vez más altos, las siembras de autoconsumo están siendo abandonadas por los antes milperos, sobre todo porque la propia mano de obra escasea pues los jóvenes se van. Y los campesinos quedados, que si todo va bien reciben “remesas”, compran cada vez más los alimentos que antes producían.

La solución al problema alimentario del campo y del país no está en las importaciones, pero tampoco en las siembras intensivas, limitadas por el costo creciente de los insumos, y restringidas en su acceso al agua por las sequías que provoca el cambio climático. No es en el norte y noroeste de los monocultivos empresariales sino en el sur y el sureste de las milpas donde está el remedio. Pero para esto la milpa tiene que cambiar.

Biodiversidad que se come. Establecido sobre un suelo irregular y con algunas pendientes, el amplio y arbolado jardín contiene una enorme variedad de plantas armónicamente distribuidas entre las que trajinan hombres y mujeres, la mayoría jóvenes.

Pero lo de Ojo de Agua, en Las Margaritas, Chiapas, no es un jardín. O más bien, no es sólo un jardín, es lo que llaman una milpa diversificada.

Y vaya si lo es, además del maíz, el frijol, la calabaza, el chile y los diversos quelites, vemos caña, plátano, mandarina, limón, papaya, café y chayote, y mirando más de cerca, hortalizas como tomate y cebollín… En total son 72 cultivos, entre ellos los dos básicos que son el maíz y el frijol, 30 frutales, 15 hortalizas y 16 medicinales, sin faltar algunas plantas ornamentales y otras de cobertera. Todos estéticamente establecidos en curvas de nivel que siguen las ondulaciones del suelo, y en las que se combinan los epicultivos, que son las especies altas como árboles frutales; los mesocultivos, que son los de talla mediana como el maíz, y los sotocultivos, como el frijol, compartiendo fraternalmente la tierra, el agua y el sol.

Para mí, lo que estamos viendo es una venturosa combinación de los habituales cultivos de milpa con los que hacen las mujeres en los solares o traspatios y con los frutales que crecen junto a la casa o en las huertas. Milpa, traspatio y huerta generosamente combinados en un jardín donde trabajan hombres y mujeres, adultos, jóvenes y niños en una integración familiar que la hoy habitual separación de las siembras no siempre favorece.

Y esto alegra los ojos y el espíritu porque la diversidad virtuosa no es sólo la biológica, sino también la humana y la milpa diversificada –o ampliada, que le llamo yo– propicia la combinación de esfuerzos familiares. En Ojo de Agua las familias realmente hacen milpa, y lo hacen reuniéndose varios grupos domésticos.


ILUSTRACIÓN: Vía Orgánica

Organizar el espacio y el tiempo. Está a la vista que en la milpa ampliada de Ojo de Agua el suelo ha sido racionalmente dividido de modo que se combinen los aportes de cada una de las especies: las que fijan nitrógeno con las que lo toman, las que hacen sombra y las que la necesitan, las que sueltan hojas y aportan materia orgánica, las que cubren el suelo y preservan la humedad, las que cortan el viento…

Lo que no se ve, pero es igualmente importante, es que esa diversidad de especies sembradas también reparte racionalmente a lo largo del año tanto los requerimientos en trabajo de cada uno de los cultivos como los meses en que sale cada una de las cosechas, de manera que los requerimientos coincidan con las capacidades laborales de la familia y la distribución en el tiempo de la producción permita satisfacer mejor sus necesidades monetarias y alimentarias.

Ordenar racional y armónicamente tanto el espacio como el tiempo, tanto las potencialidades del entorno natural como capacidades y necesidades del grupo social en una fina filigrana de tiempos, espacios y movimientos es una virtud de la agricultura campesina que se había venido perdiendo y que la milpa diversificada permite restaurar.

Porque la milpa diversificada incrementa la demanda laboral quizá al doble, pero los requerimientos, distribuidos a lo largo del año y no concentrados como en los monocultivos, pueden ser satisfechos por el conjunto de los miembros de la familia. Muchos de ellos jóvenes que, en vez de migrar permanente o estacionalmente para completar el gasto, pueden ocuparse en sus propias siembras y obtener un ingreso equivalente, si no es que más elevado, pues en condiciones normales la mayor parte de la fruta y alrededor de la mitad de las hortalizas son para la venta.

La milpa diversificada desarrolla las capacidades y favorece la organización de quienes la impulsan. Además aumenta los rendimientos técnicos, fortalece en cantidad, diversidad y calidad el autoabasto, incrementa el ingreso monetario familiar, potencia y visibiliza el trabajo productivo de las mujeres y, al crear empleo estimulante y razonablemente bien retribuido, desalienta en alguna medida la compulsión de los jóvenes a migrar.

Pero además la milpa diversificada frena y revierte la degradación de los recursos naturales que está provocando la milpa degenerada que en muchos casos hoy se practica, pues gracias a la siembra por curvas de nivel, el progresivo terraceo, las filas de árboles rompe vientos y la cubierta vegetal generalizada, se evita casi por completo la erosión tanto hídrica como eólica y no sólo se conservan los suelos sino que se fortalecen con materia orgánica, además de que se favorece la infiltración del agua y se incrementa notablemente la captura de carbono.

Hay algunos pendientes como la integración de la actividad ganadera de pequeña escala con la milpa diversificada, que permitiría utilizar mejor los esquilmos y generaría abono orgánico. Y hay también problemas como el costo de lows árboles frutales y el que se requieran dos o tres años para que empiecen a producir y se recupere la inversión, dificultad que se irá resolviendo en la medida en que se establezcan viveros campesinos.


ILUSTRACIÓN: FAO

Los creadores del MIAF. El concepto agrícola básico del que vengo hablando: Maíz Intercalado con Frutales (MIAF), fue formulado por agrónomos del Colegio de Posgraduados hace ya algunos años. A partir de 2011 algunos promotores y grupos campesinos se lo apropiaron y lo desarrollaron creativamente, incorporando una gran cantidad de especies, y ahora lo denominan formalmente Milpa Diversificada. Para quienes creemos que la solución a muchos de nuestros problemas está en hacer milpa, el modelo que en Chiapas –donde está Ojo de Agua– abarca ya 400 hectáreas en 14 municipios, resulta muy alentador.

En una reunión reciente en que se expuso la experiencia, uno de los creadores del MIAF, el doctor Antonio Turrent, se mostró entusiasmado por el desarrollo que estaba teniendo el proyecto entre los campesinos; lamentó que desde que el Colegio de Posgraduados propuso el modelo ninguna dependencia de gobierno lo hubiera retomado, y confió en que ahora sí tendrá apoyo. Un destacado ambientalista que hoy tiene una importante función pública estuvo de acuerdo… pero también dijo que no fuéramos ingenuos, que su implementación generalizada tendría que esperar a los resultados de 2018. Me temo que tiene razón.

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