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Mar de Historias

Noche de gala

Cristina Pacheco
M

e he dado cuenta de que, mis hermanas y yo, cada noviembre retrasamos más el momento de levantar la ofrenda y devolver los retratos a los lugares donde permanecerán hasta que volvamos a colocarlos sobre la mesita cubierta con papel de china. Allí ponemos flores, veladoras, pocillos con agua y sal, botellas de aguardiente, panes, chocolate, café, el tabaco que fumaban mis abuelos y el violín de Daniel. Es el más reciente de nuestros muertos y el que se fue más joven: a los 22 años. En la casa dejó un vacío enorme y un silencio que ni las palabras ni la música podrán llenar.

II

Daniel era mi primo hermano. Cuando el alcoholismo de mi tía Margarita empezó a significarle peligro, mis padres la convencieron de que autorizara el cambio de Daniel a nuestra casa. Allí podría visitarlo cuantas veces quisiera y, si alguna vez lograba superar su enfermedad, llevárselo de nuevo a su lado. Eso nunca ocurrió. Mi primo, apenas adolescente, fue huérfano.

Entre todos, y al paso del tiempo, logramos que Daniel superara el dolor de la pérdida y se sintiera como un miembro de nuestra familia. Además de llegar a quererlo mucho, lo admirábamos por su facilidad y gran talento para la música. Mis padres se encargaron de cultivarlo enviándolo a tomar clases particulares de violín con el maestro Eligio Goycolea.

En otro tiempo distinguido solista, don Eligio le auguraba a Daniel un brillante porvenir. Con objeto de entrenarlo para los grandes momentos ante el público, lo inscribió en concursos y festivales hasta que al fin logró conseguirle su primer recital. Las inesperadas circunstancias en que se realizó ameritan una explicación:

Nuestra colonia, como tantas otras, creció en absoluto desorden. La altura de casas y edificios era irregular. En cuanto a los comercios, su proximidad resultaba de lo más contradictorio: junto a la tortería estaba una maternidad; al lado de los sanitarios públicos, un kínder; luego una cervecería, más allá un gimnasio y al final de la cuadra la Funeraria Meléndez. Ocupaba una vieja casa de dos plantas, con mansardas y pasto sintético a la entrada. En la acera opuesta, entre un depósito de telas y una agencia de viajes, se hallaba el teatro donde Daniel iba a dar su primer recital.

III

Durante las semanas previa a su presentación, mi primo se pasaba las tardes ensayando con el maestro Goycolea. De regreso a la casa, seguía practicando obras de compositores sublimes, a quienes la fastidiosa repetición nos hizo odiar.

Mientras Daniel se concentraba en sus prácticas, nosotros nos ocupamos de promover el concierto. Insertamos un aviso en dos periódicos de circulación local y, de viva voz, invitamos a nuestros parientes, conocidos y amigos al recital. Con semejante impulso, no dudábamos de que antes de las siete de la noche del l5 de noviembre, el teatro estaría lleno en por lo menos dos terceras partes de su cupo.

IV

El día señalado, Daniel y el profesor Goycolea se fueron al teatro desde las cuatro de la tarde para un último ensayo y ajustar ciertos detalles técnicos. Mi familia y yo llegamos una hora antes de la función y nos quedamos en la puerta para recibir a la concurrencia, como no podría hacerlo la única acomodadora.

Mientras esperábamos, vimos llegar a la Funeraria Meléndez un gran número de automóviles, de los que descendían personas elegantes y enlutadas. Tal afluencia y las numerosas coronas fúnebres nos llevaron a suponer que el muerto había sido una persona importante.

A las 6:45 de la tarde, la calle estaba invadida por los automóviles que no habían cabido en el estacionamiento de la funeraria; en cambio, el del teatro permanecía desierto: hasta ese momento, la única concurrencia éramos mi familia, el maestro Goycolea y su esposa.

Minutos antes de las siete fui al camerino donde mi primo esperaba, violín en mano, el momento de su presentación. Al verme preguntó cuánto público había. No ha llegado nadie, respondí. Sin comentar nada se dirigió al escenario, abrió el telón y miró atónito la sala desierta. Entonces salió a la calle y, al ver la cantidad de gente que seguía llegando a la agencia de pompas fúnebres, me dijo en tono de broma: Envidio al difunto: tiene más público que yo.

Iba a recordarle que su familia y su maestro estábamos ansiosos por oírlo, pero antes de que lo hiciera, Daniel atravesó la calle y entró a la funeraria. Lo seguí. Nadie intentó detenernos y él, abriéndose paso entre los deudos, fue a colocarse muy cerca del ataúd. Allí, después de unos segundos de silencio, empezó a tocar. Supongo que los asistentes lo tomaron como un músico a quien la familia del fallecido había contratado para embellecer la ceremonia.

Cuando terminó el breve concierto no se oyeron aplausos, pero el arrobamiento y las expresiones de la concurrencia reflejaban asombro y admiración por las brillantes interpretaciones de Daniel. Después de aquella noche mi primo dio otros recitales, pero ninguno fue tan emotivo como el primero: junto a un catafalco y rodeado de coronas fúnebres.