Opinión
Ver día anteriorDomingo 31 de diciembre de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Rostros de una mujer
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Fotograma de la cinta de Arnaud des Palllières
C

uatro vidas y una sola mujer. La apuesta es singular y atractiva. A partir de un recuento parcialmente autobiográfico de su guionista Christelle Berthevas, el realizador francés Arnaud des Pallières (Michael Kolhaas, 2013), construye en Rostros de una mujer (Orpheline/Huérfana, 2016), el relato, cronológicamente fragmentado, de una experiencia femenina. Cuatro actrices interpretan el papel de una misma mujer –de la niñez a la edad madura– que adopta nombres diferentes ante los hombres que la violentan o protegen. Una forma camaleónica de aprovechar su condición de orfandad (sin padres, sin domicilio fijo, sin amarras domésticas ni arraigo alguno, como la joven vagabunda Sandrine Bonnaire en Sin techo ni ley, de Agnès Varda), para diversificar sus nombres –Kiki niña, Karine adolescente, Sandra joven inquieta, Renée mujer profesionista– y declinar así sus identidades como estrategia límite de supervivencia.

Una vez iniciado el relato, cuando la maestra de primaria Renée (Adèle Haenel) ve de pronto alterada su existencia por la reaparición de una amiga que tiempo atrás la precipitó en una trama criminal, la acción avanza de modo retrospectivo. La policía interviene para deshacer de un golpe la nueva identidad de quien se sentía a salvo del peso de la justicia. Ya en la cárcel, pareciera como si la joven se aplicara a reconstruir su pasado. Cada fragmento de su biografía está marcado por una figura masculina que representa la explotación sexual, el paternalismo interesado, la generosidad afectiva, o el abuso que culmina en golpes. Renée aparece luego como una Sandra (Adèle Exarchopoulos), un poco más joven, que va templando su carácter en una resistencia instintiva, casi animal, frente a toda esa adversidad cotidiana. Su personalidad anterior, como Karina adolescente (Solène Rigot), sabía arreglárselas en las calles y en los bares, en sus múltiples huidas del sórdido cuarto donde un hombre hacía las veces de padre sustituto y amante. Todo en ella anticipaba ya la relación de poder, la tensión de fuerzas con el mundo masculino que habría de decidir, en el futuro, su pequeño mundo sentimental. Sin un espacio para la serenidad ni la plenitud amorosa, como una bestia acorralada que buscara a tientas y sin reposo una mínima posibilidad de salida. El prólogo, para muchos otros dorado, de la infancia, habrá de ser para la Kiki niña (Vega Cuzitek), sólo el arranque de una larga pesadilla.

La apuesta narrativa del cineasta francés y su guionista podría parecer un enredo innecesario, un acertijo insustancial y fatuo. Sin embargo, esa impresión es, a la postre, inexacta: la historia fluye con soltura y con transiciones muy finas, en buena medida debido al gran talento de las actrices que parecen comprender muy bien la densidad sicológica de sus personajes, el peso dramático de todo lo que ha precedido en el relato de su experiencia y de lo que habrá de seguir.

Los sentimientos encontrados de la protagonista con cada una de sus múltiples parejas masculinas, y con alguna femenina, su continuo alejamiento de toda responsabilidad y compromiso, la manera tan ambivalente con que vive la maternidad o la eventual entrega generosa de algún amante, permanecen como enigmas sembrados a lo largo del relato. La bella luz interior del filme homónimo de la francesa Claire Denis es aquí una densa penumbra inescrutable. Sorprende así que en esta época de abusos sexuales y misóginos viralizados en las redes se proponga un retrato femenino tan multifacético y complejo, sin reduccionismos ni imperativos de corrección política. Rostros de una mujer describe, de modo novedoso y sugerente, un accidentado itinerario hacia una posible madurez afectiva.

Se exhibe en la sala 8 de la Cineteca Nacional y en cines comerciales.

Twitter: @Carlos.Bonfil1