17 de febrero de 2018     Número 125

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Flor, la migrante que sobrevive
gracias a su relación con el maíz


Mujeres migrantes.

Nadia Marín  nmarin@me.com

El maíz es un alimento indispensable en la dieta mexicana. Todos saben eso. Pero, además, a las mujeres las empoderan los conocimientos ancestrales aprendidos desde niñas acerca del grano mesoamericano, incluso estando lejos de México. Tal es el caso de Flor, una mujer rural del sureste mexicano que migró al vecino país del norte hace más de diez años. Su travesía en el desierto la cuenta como una hazaña que no volvería a vivir. Las serpientes, a las que estaba acostumbrada, no la atemorizaron tanto como la incertidumbre de pensar que la migra la iba a agarrar.

Su espíritu, caracterizado por tener iniciativa para trabajar y contar con su propio dinero, comenzó a mermar cuando llegó a Estados Unidos, pues se enamoró. Flor incorporó a su vida los roles tradicionales: solo estaba allí para cuidar de Manuel.

Flor y Manuel se alejaron de la frontera y llegaron al estado de Nueva York. No se fueron a vivir a la ciudad cosmopolita en Manhattan. Se quedaron en la capital de ese estado donde, alrededor del año 2005, la población hispana comenzó a crecer, pues los migrantes ahora buscaban una ciudad mediana donde vivir más tranquilos. En esa ciudad Flor y Manuel tuvieron su primer bebé, una hermosa niña a quien llamaron Rita. Años después llegó Manuelito y, finalmente, Emma. Fueron a vivir a un suburbio multiétnico con escuelas públicas prestigiosas donde Rita se beneficiaría de la educación que se daba, pero en el que para salir de casa se requería tener auto porque el transporte público es muy limitado. Vivían en una casa muy humilde y pequeñita, donde Flor pasaba el día entero con sus hijos, esperando que regresara Rita de la escuela y Manuel del trabajo. Cambiaba pañales, cocinaba, bañaba a los más pequeños, hablaba con sus amigos y familiares usando las redes sociales, veía programas de televisión en la mega pantalla que compraron y que cupo muy bien en una de las angostas paredes de la sala. El clima de la zona del noreste, en el que tres meses son calientitos y el resto fríos con 5 meses helados y nevados, mermaron su ánimo vibrante y alegre. En ese entonces las conversaciones de Flor eran desencajadas y marchitas: “pues ya qué se le va a hacer… hay que sacar a los hijos adelante”. “¿Trabajar? No, ¡cómo crees! Necesito estar aquí para mis hijos; mi esposo no me deja que trabaje porque piensa que él no estaría cumpliendo con su obligación y no quiero que se acongoje”.

Sin embargo, un día de primavera hace dos años todo cambió y sorpresivamente comenzó a hacer llamadas telefónicas de urgencia para ofrecer tamales de salsa roja y verde. En ese país se come nostalgia; se busca la tortilla, los tamales, los totopos, las enchiladas, y las tostadas. Se busca intensamente la manera de tener el grano en la dieta, en cada mordidita se come un cachito de México. Ese día Flor tenía una razón muy dolorosa para decidirse a vender tamales: a Manuel lo deportaron. No le dio tiempo de llorar. Eso no arreglaría las cosas y tenía tres hijos a quienes debía procurar amor, comida, casa y vestido.


Las migrantes se llevan sus saberes aprendidos sobre cómo cocinar el maíz

Los saberes aprendidos de tantos años en el sureste de México le habían salvado la existencia. Saber el proceso de comprar la harina (a falta de nixtamal), amasar la masa, preparar el guisado, rellenar la hoja de tamal y ponerlos a cocer fue su salvación. Con sus redes latinas de apoyo logró vender tamales en el centro de la ciudad y en diversos suburbios. Su menú se amplió, y a los tamales se le agregaron las tortillas hechas a mano para acompañar los deliciosos chiles rellenos, pancita y pozole que también prepara. La venta de tamales, tortillas y comida, en la que el maíz es el principal elemento, le ha ayudado a mantener a flote a su familia.

Gracias a sus saberes de transformar la masa de maíz en comida deliciosa, ahora Flor paga sus bills ella sola y se siente orgullosa de ello. El resultado de una desventura familiar se convirtió en la oportunidad de experimentar su autosuficiencia. Y la solidaridad de Flor es también extraordinaria, pues el terremoto del 19 de septiembre de 2017 la motivó a vender tamales y enviar dinero a un comedor comunitario en México. Flor no solo ha salido triunfante de la desdicha. Comprendió que sus saberes ancestrales la definen como mujer, y que puede hacer frente a sus problemas y ayudar a otras personas. A su marido se lo llevaron cuando Obama era presidente. Ahora, con Trump, las deportaciones continúan y se agrega un sentimiento de racismo y xenofobia mucho más marcado hacia la comunidad hispana. En la vida cotidiana de Flor existe incertidumbre, pero ser el sustento principal de su hogar le ha regresado la vida: Flor se empoderó y en medio de la tragedia, renació.

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