19 de mayo de 2018     Número 128

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Bioculturalidad campesina
y economía moral

Manuel Antonio Espinosa Sánchez

Si el paradigma civilizatorio occidental supone una independencia entre humanidad y naturaleza, la adopción de la mirada analítica biocultural se esfuerza en detallar los innumerables vínculos altamente complejos entre diversas especies biológicas y la conformación de definiciones culturales, acuñando el neologismo de biocultural, como lo hace Víctor Toledo. Así, este enfoque supone precisar los usos, conocimientos, prácticas y estrategias particulares a los que distintos pueblos y comunidades recurren para delinear lo que denominamos cultura, requiriendo específicamente ciertas plantas, animales, anfibios, hongos, insectos, peces, moluscos, etcétera, sin los cuales dichas expresiones culturales no serían como se han reproducido ancestralmente hasta hoy. Bioculturalidad ancestral, kosmos, que se ve reflejada en los rituales, en la gastronomía, en las fiestas, en las viviendas, en la práctica de la salud y, particularmente, en la agricultura, como es el caso de la cafeticultura mexicana.

Como ha sido señalado por Armando Bartra en estos espacios, la cafeticultura mexicana es una importación europea durante el siglo XIX que, mediante diversas vicisitudes locales y nacionales, fue impulsada por el INMECAFÉ durante la década de los setenta y por la demanda internacional de café orgánico pero que, a la postre, ha sido adoptada dentro del corpus campesino y configuró los paisajes serranos del país.

La praxis del campesinado ha conducido a la cafeticultura por las rutas de su incorporación en los agroecosistemas tradicionales, integrándola en policultivos, especialmente en los casos de las parcelas orgánicas, como señala E. Escamilla y sus colegas. Así, ellos encontraron entre seis y nueve especies arbóreas por unidad de superficie estudiada (625 m2). El número total de árboles, con diversos usos y funcionalidades, por hectárea varía de 256 hasta 524 y con densidades desde 2,815 hasta más de 3,000 plantas de café, principalmente de las variedades Typica y Borbón, aunque también proliferan Caturra y Garnica. Dichos sistemas forestales se encuentran asociados con vainilla, nuez de macadamia, plátano, zapote, mamey, pimienta y algunos cítricos. “El destanteo”, como dice don José de Baxtla, en Teocelo, Veracruz, “viene con el cambio climático porque nuestros cafetos que tienen unos cien años, ya no aguantan tanta humedad y sequías, la roya viene dura, a la planta le falta fuerza, y también porque dejamos el cafetal desatendido”.

Don José, como otro medio millón de familias en Hidalgo, Querétaro, Puebla, Veracruz, Guerrero Oaxaca y Chiapas, principalmente, ha conformado un agroecosistema cuya urdimbre se representa en la siguiente figura que retoma el diagrama de Odum para resaltar las interrelaciones de materiales, energía o dinero entre los diversos componentes sistémicos, endógenos y exógenos, que él integra en su unidad productiva de menos de 3 hectáreas.

Mucho se puede decir a partir del diagrama anterior, una vez descifrado. Esta nota es una que tercamente insiste en la bioculturalidad de las formaciones campesinas que también se dedican a la cafeticultura, puesto que además practican la apicultura, la pesca o la ganadería, en algunos casos. Pero, además, también venden su fuerza de trabajo como jornaleros agrícolas de otras huertas de café o para la pizca de plátano. Y que, por si fuera poco, hombres y mujeres, tienen que emigrar a las ciudades a trabajar como albañiles, cargadores, trabajadoras domésticas, vendedoras, conductores, jardineros, niñeras, obreras, etcétera.

Esta carnalidad rural pluriactiva, milusos, es biocultural porque ha hecho del empleo de su fuerza de trabajo en el monte una expresión más de su kosmos en donde naturaleza y humanidad quedan integrados: no hay café sin sombra bien manejada, no hay quien maneje la sombra sin milpa que alimente la tripa, no hay tripas qué alimentar si se pierde la identidad, el costumbre y la fiesta, y ya nadie está, no hay fiesta ni comunidad sin trago y sin música que celebre al Santo Patrono y las buenas (o malas) cosechas del año: pero si nadie sabe cómo agradecerle a la tierra su dones y menos que sepan cómo convencerla de que los regale, ¿cómo tener si quiera cosechas y, entonces, quién va a conservar la memoria de que alguna vez fuimos?

La reproducción de estas culturas rurales, en las que deviene la cafeticultura en México, especialmente en lo tocante a los pueblos originarios, supone dinámicas de socio-biodiversidades, tal que las regiones cafetaleras, como territorios bioculturales, son configuraciones paisajísticas de ecosistemas que se corresponden con las múltiples formaciones culturales, los kosmos, los corpus y las praxis anclados a, y arrastrados por, la vida.

Si el café debe ser visto como producto y componente de entreverados bioculturales milenarios, entonces difícilmente su precio podrá reflejar su valor en los mercados: ¿cuánto vale un conocimiento o una práctica o un bonche de moléculas aromáticas? ¿Cuánto vale una cosmogonía, una cultura o un pueblo que hace posible una bebida antioxidante? En el marco de la circulación mercantil del modo de producción capitalista, en el que se inscribe un quintal de café, su precio estaría dado, según las doctrinas dominantes, por la abundancia o escasez de ese quintal y la elasticidad o propensión a la demanda del consumidor final. Fin de la Historia.

En ese breve cuento llamado libre mercado, el margen de maniobra para “lograr mayores beneficios para el cafeticultor” es mínimo, mientras que para los corporativos agroalimentarios es máximo. Los esfuerzos gubernamentales y de agencias diversas en el sector para lograr la rentabilidad de la cafeticultura, sin transformar estructuralmente el sistema agroalimentario, es un discurso que únicamente pretende endosar a las organizaciones sociales el certificado de inviabilidad del campesinado, de los pueblos originarios y de la cafeticultura ecológica. Una gota de agua en el desierto y los sedientos que se hagan bolas.

Finalmente, si así están las cosas, ¿por qué estos pueblos originarios y campesinos continúan dedicándose también a la cafeticultura en México? La respuesta parcial la tiene E. P. Thompson y su noción de economía moral. La cafeticultura es un rubro productivo más dentro de las distintas configuraciones de agroecosistemas y se encuentra bien asociado a las redes tróficas existentes, de especies domésticas y silvestres, en las unidades productivas. Y, por lo mismo, los cafetos se han integrado a las configuraciones bioculturales campesinas y posibilita una serie de intercambios locales –de fuerza de trabajo, de insumos, de conocimientos, de prácticas, de estrategias, de dinero- al interior de las comunidades rurales, permitiendo su articulación económica y su mutua subsistencia.

Comportamiento económico irracional ese que muestran los cafeticultores mexicanos cuando, en vez de buscar el lucro per se mediante la reconversión de cultivos o la mayor productividad con cafetos a pleno sol, insisten en mantener sus variedades tradicionales bajo sombra porque “ofrecen mejor calidad en taza, se conserva el manejo orgánico en la parcela y se cuida mejor mi monte”, dice don José. Racionalidad con arreglo a valores, diría Jürgen Habermas, siguiendo a Max Weber, pero más aún que economía, razón y ética son bioculturas que se ven a sí mismas para perdurar porque en sí mismas son proyecto milenario, aquí y ahora. Cosmogonías del Sur, epistemologías vitales y praxis de la resistencia.

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