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El próximo sufragio catalán
A

principios de este milenio, quien observaba con cuidado la evolución de Cataluña podía darse cuenta de que el régimen autonómico que le atribuyó la Constitución española comenzaba a resultar insuficiente.

Había emergido en un tiempo todavía muy cercano al gobierno ultradictatorial y criminal de Francisco Franco, concebido éste como caudillo de España por la gracia de Dios. De tal manera, después de las amarguísimas décadas de sanguinaria represión, lo establecido en dicha Carta Magna resultaba muy bueno.

Pero su evolución y desarrollo, en un ambiente relativamente democrático –que se antojaba paradisiaco comparado con lo anterior– que le permitió a los catalanes, no sin zancadillas del gobierno central, recuperar muchos de su valores identitarios, no tardó en requerir una autonomía mayor, mas la realidad administrativa marchaba en sentido contrario… violando incluso preceptos constitucionales y las posibilidades de su libre desarrollo tendían a restringirse hasta llegar a veces a niveles casi franquistas.

Ello acendró de tal manera el general anhelo de mayor autonomía de los catalanes que incluso alcanzó visos independentistas. Aquel 15 por ciento de separatistas que se había mantenido durante muchos años empezó a crecer. Por su parte, los españoles, muy a su estilo ancestral, caracterizado por el famoso principio absolutista e imperial de ¡Yo ordeno y mando y vosotros a callar y obedecer!, en vez de entender, negociar y acordar, prefirieron endurecer su relación con Cataluña, fomentando incluso el añejo rencor hacia ella de los súbditos españoles de mayor vocación neofranquista, que no son pocos…

Así pues, mientras unos aspiraban a más los otros procuraban dar menos y, con cierta velocidad, fue creciendo el deseo de los catalanes de regir sus propios destinos, aunque sin perder de vista su incuestionable pertenencia a la Unión Europea.

Cierto es que la noción de independencia, especialmente en Europa, es mucho más restringida que en el siglo XIX, mas no por ello debe perderse de vista que nunca antes se habían forjado en el mundo tantos estados nacionales como en la última centuria.

Por un cúmulo de circunstancias, pues, el referido 15 por ciento de independentistas ha ido creciendo y hoy, a pesar de tantos residentes no catalanes de origen como hay en Cataluña, hay motivos para sospechar que puede hablarse de un porcentaje cercano a 70 por ciento. Ello se verá en el plebiscito del próximo primero de octubre, si no es sofocado por la fuerza bruta…

Ante las evidencias de tales aspiraciones, el gobierno español, en vez de buscar las componendas, ha insistido en descalificarlas de manera tajante, aunque resulta claro que sabe bien que la vía del sufragio no les favorece. De esta manera, la más limpia acción democrática que proponen los catalanes resulta ser tachada de subversiva y quienes la han encabezado han sido víctimas ya de represión y castigos oficiales.

El precepto que viene a cuento es que el miedo no anda en burro y, dado el caso de que la voluntad popular de los catalanes no favorece la insistencia gubernamental de que sigan siendo españoles, ha optado por evitar que ésta se manifieste en las urnas.

Resulta claro que el tufillo franquista que nunca dejó de percibirse en los gobiernos en Madrid, ahora se ha convertido en un hedor insoportable.