Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 29 de junio de 2002
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Política
Ana María Aragonés

Los derechos de la derecha antinmigrante

La discusión acerca del fenómeno migratorio ha adquirido a últimas fechas enorme preponderancia, pasando por Estados Unidos hasta llegar a la Unión Europea. El debate no sólo gira alrededor de la idea de que es el gran reto del presente siglo -con lo cual estaríamos de acuerdo siempre que se pusiera en la perspectiva de los propios migrantes y se subrayara la falta de comprensión de los hilos que mueven la migración-, sino que se le asignan connotaciones de catástrofe, de hecatombe mundial, de seres humanos desharrapados y pobres que hacen peligrar la paz mundial. Y desde el 11 de septiembre este debate se intensifica e intenta justificar y reforzar una posible vinculación migración-delincuencia, migración-terrorismo.

No es gratuito que en este contexto la ultraderecha europea esté teniendo un éxito político como no se había visto desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial con la derrota del fascismo y del nazismo. Los lemas de sus campañas coinciden en tratar a la migración bajo el prisma de la xenofobia y el racismo, discurso que les ha reportado la preferencia de una parte importante del electorado. Recordemos al ultraderechista Jean-Marie Le Pen en Francia, que si bien no ganó sí desbancó al socialista Lionel Jospin; el partido del asesinado Pym Fortuyn, quien obtuvo la segunda votación más alta en Holanda; el Partido Liberal Austriaco de Jörg Haider, que se hizo gobierno en 2000, el triunfo de Silvio Berlusconi en Italia, que llevó al gobierno al xenófobo Humberto Bossi. Precisamente la cumbre de Sevilla, que se realizó los pasados 21 y 22 de junio, encabezada por el derechista José María Aznar, buscaba la aprobación de un programa común contra la inmigración ilegal y un proyecto para reforzar las fronteras de la Unión Europea.

Sin embargo, así como al terrorismo no se le puede parar bajo un alud de bombas, destruyendo poblaciones enteras, la migración indocumentada no es sólo resultado del hambre y corrupción de los países expulsores, sino de las exigencias de un conjunto de sectores que dependen de la mano de obra migrante, léase en agricultura, construcción, ciertas industrias, como las procesadoras de carne, restaurantes, servicios, beneficiados por una estrategia policial que han seguido los gobiernos receptores que intenta el cierre de fronteras y el refuerzo de leyes antinmigrantes. Y aquí se encuentra el porqué de las mafias traficantes de seres humanos, en muchas ocasiones coludidas con esos mismos sectores. Esta supuesta contradicción es exactamente la que da lugar al migrante indocumentado y sin duda caracteriza los desplazamientos en la era de la globalización.

Habría que recordar que los grandes flujos migratorios del pasado reciente no tenían ni mucho menos la connotación de problemáticos y, por supuesto, el fenómeno del indocumentado no había aparecido en la proporción actual. Será a partir de los años 80, con la puesta en marcha del nuevo patrón de acumulación que profundiza la internacionalización de la economía y de los mercados de trabajo y otorga derechos al capital, pero no al trabajo, parafraseando a Carlos Fuentes.

El Estado de bienestar desapareció en favor del capital y del mercado, dando paso a la exclusión y a la marginación de grandes contingentes de seres humanos. De esta forma se logra el objetivo de precarizar el trabajo y obtener grandes ganancias, sin importar si las muertes de migrantes indocumentados siguen engrosando la deuda a cuenta de estas políticas.

Lejos de este panorama de racismo, xenofobia y exclusión se encuentra Suecia, país que presenta los más altos niveles de bienestar en el mundo. Cuenta con 10 por ciento de inmigrantes y, contrariamente a lo que sucede en el resto de Europa, existe un amplio consenso social sobre la necesidad de abrirles las puertas. La ministra sueca de Exteriores, Anna Lindh, considera a su país vacunado contra explosiones xenófobas, pues ningún partido defiende el mensaje de "Suecia para los suecos", y advierte que "la hostilidad hacia los inmigrantes es un fenómeno nuevo y amenazador que pone en peligro el proyecto europeo".

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