Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Lunes 29 de julio de 2002
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Cultura
Su legado, a la altura de Freud y Wittgenstein, afirman estudiosos de la filosofía política

Popper, entre los pensadores más importantes del XX

Los intelectuales hemos ocasionado los daños más atroces, escribió en La responsabilidad de vivir

CESAR GÜEMES /II Y ULTIMA

Para el inicio del último tercio del siglo XX, Popper se había ganado ya un espacio propio tan amplio que en México su obra se volvió de lectura obligada en la materia de epistemología. El reconocimiento internacional al editarse su volumen titulado La responsabilidad de vivir. Escritos sobre política, historia y conocimiento fue claro. En su momento Günther Pazig dijo de él: "Partisano de la verdad, ultraísta negativo (para quien) la disminución del dolor se antepone claramente al aumento de la felicidad, Karl Popper se cuenta, junto con Sigmund Freud y Ludwig Wittgenstein, entre los hijos de las burguesía judía de Viena cuyos pensamientos han modificado y caracterizado el panorama intelectual de Europa en este siglo". Mientras que Oscar Negt lo define y defiende así: "Extraer dos o tres pensamientos originales de este siglo sangriento, pero de alguna manera pobre en producción de ideas, presupone un alto grado de sensibilidad histórica en la propia formación de una teoría. Y esto es válido, sin ningún género de dudas, para un pensador de la magnitud de Karl Popper".

Justamente en La responsabilidad de vivir Popper se pregunta si los intelectuales pueden hacer algo para "evitar el nacionalismo, el racismo, las víctimas de Pol Pot en Camboya, las víctimas del ayatola en Irán, las víctimas de los rusos en Afganistán, las nuevas víctimas en China". Y se responde que sí, "sencillamente porque nosotros, los intelectuales, hemos ocasionado desde hace siglos los daños más atroces. Las matanzas en masa en nombre de una idea, de una doctrina, de una teoría. Esta es nuestra obra, nuestra creación: el invento de los intelectuales. Solamente con que dejáramos de azuzar a unos seres humanos contra otros -a menudo con las mejores intenciones-, únicamente con esto ya se habría ganado mucho".

Para cuando se publicó por primera vez su libro En busca de un mundo mejor, en 1984, su postura era la de un hombre esperanzado, ciertamente no en términos metafísicos sino a partir de hechos corroborables. No sería éste su último libro, desde luego, pero ya se perfilaba en algunas de sus afirmaciones la posibilidad de cerrar el círculo de pensamiento que iniciara varias décadas antes: "Señoras y señores, no creo en el progreso o en una ley del progreso. En la historia de la humanidad ha habido subidas y bajadas. Puede coexistir una gran riqueza con una gran depravación, y la prosperidad artística puede darse simultáneamente a un declinar del sentimiento humanitario y de la buena voluntad. Hace más de cuarenta años escribí algunas cosas contra la fe en el progreso y contra la influencia de las modas y el culto de la modernidad en el arte y en la ciencia. Hace poco se nos instaba a creer en la idea de modernidad y de progreso, y en la actualidad se nos inyecta el pesimismo cultural. Lo que deseo decir a los pesimistas es que, en mi larga vida, he sido testigo no sólo de regresión sino de claras muestras de progreso. Los pesimistas culturales que no desean admitir que nuestra época y nuestra sociedad tenga nada bueno, están ciegos a ello y ciegan a los demás. Creo que es perjudicial que los intelectuales destacados y admirados digan continuamente a la gente que, en realidad, viven en el infierno. De este modo, no sólo les hacen sentirse insatisfechos -esto no sería tan malo- sino también infelices. Les despojan de la alegría de vivir. ¿Cómo terminó su obra Beethoven, que en su vida personal fue profundamente desgraciado? Con el Himno a la alegría, de Schiller".

Uno de sus volúmenes postreros, El mundo de Parménides. Ensayos de la ilustración presocrática, condensa en gran medida su apasionamiento por el pensamiento clásico griego.

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