Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Lunes 4 de noviembre de 2002
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Espectáculos
"Que vivan los muertos, hoy que es su día", dijo al recordar a John y George

McCartney llevó a miles a un viaje mágico

JAIME WHALEY

Aunque no en submarino amarillo, pero sir James Paul McCartney -convertido para la ocasión simplemente en King Paul- condujo a miles de paseantes-escuchas a un viaje mágico y misterioso mediante caminos mil y un veces recorridos, pero no por ello menos placenteros.

El periplo partió y llegó en el Palacio de los Deportes, que desgraciadamente también -como ya se sabe- lo es de los rebotes, donde 18 mil ansiosos viajeros ocuparon sus asientos con más de una hora de anticipación.

De los Beatles a los Beatles, Mc Cartney llevó de la mano a la multitud. Se adentró, desde luego, en nuevos temas, pero la respuesta apoteósica se dio con las clásicas del fabuloso cuarteto. De I say hello, you say goodbye a la banda de los corazones solitarios, la del Sargento Pimienta, puntos de salida y fin, por cerca de tres horas la muchedumbre se adentró en el túnel del tiempo, algo que estuvieron a punto de no hacer dos muchachas venidas desde Morelia y Mazatlán, respectivamente, para encontrarse con el infortunio de que sus boletos dizque eran falsos o habían sido robados. Las damas, que alegaban que adquirieron sus entradas por medio de un familiar, accidentalmente cayeron en la sección de prensa, donde personal de vigilancia les arrebató los talones de sus boletos y pretendía sacarlas del recinto, pero la inteligente intervención de José Zepeda, funcionario de OCESA, salvó a la cándida Eréndira -tal es el nombre de una de ellas- y a su acompañante de los desalmados Lobos y de rumiar su coraje en Río Churubusco o Añil, que para el caso daba la mismo, y ambas fueron otras pasajeras más en la travesía.

Imágenes de aquella desmadrosa y ligera vida que llevaron Paul y sus otros tres acompañantes de la primera etapa de su carrera artística, salpicaron en pantallas el viaje-concierto y claro, como nobleza obliga, hubo el recordatorio a otros pares, sir John y sir George, acción a la que el respetable respondió con una prolongadísima salva de aplausos y las lágrimas resbalaron por algunas mejillas.

"Que vivan los muertos, hoy que es su día", exclamó en aceptable español -idioma que aprendió a los 11 años en su natal Liverpool- el rey Paul y se arrancó con una elegía para Lennon, algo, dijo, de lo que se quiere decir a los amigos pero que por alguna razón no se les dice en vida, y enseguida vino la égloga para Harrison por medio de un ukulele, instrumento similar a la jarana que pulsaba bien el fallecido melenudo y que gustaba de rasgar luego de opíparas comidas. Something, con el peculiar sonido del pequeño instrumento, trajo otra carretada de recuerdos que no se apagaban cuando apareció en escena otra mujer de la beatlemanía, Eleanor Rigby, y el caparazón cobrizo de la ciudad deportiva parecía venirse abajo.

Otra alma recordada fue la de Linda Eastman, su primera esposa, obviamente que con My love, y también se honró a alguien que está vivita y coleando, Heather, "mi esposa hermosa, que está en mi casa".

Cada interpretación de McCartney y su banda de buenos, excelentes músicos -los guitarristas Rusty Anderson y Bruno Roy; Wix Wicker, el tecladista, quien lo acompañó aquí en 1993, y el mexicano Abe Laboriel, que aporrea la bataca- tenía respuesta lumínica en el graderío con los encendedores que se prendían y apagaban, lo que agradó de sobremanera al zurdo sesentón a quien no le quedó más que decir que los mexicanos tienen un corazón muy grande, "beautiful público", exclamó.

Un ambiente festivo fue el preámbulo del viajesote. Mojigangas, zancudos, humanos-globo, bailarinas de flamenco y forzudos le pusieron un toque circense a la presentación en la que hubo alusiones a las luchas de los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, con esa de blackbird singing in the night, a la causa de la mujer con Lady Madonna, a la vez que aparecía en las pantallas un cuadro de Frida Kahlo, y a la abolición de los campos minados cuando el monarca se puso para los encores una camiseta roja con una leyenda: No more land mines.

El rey Pablo también hizo un llamado a la paz y al entendimiento. Las nostálgicas notas de Yesterday, luego de que Mac apeló al nacionalismo al agitar una bandera tricolor y ponerse un sombrero de charro, que por entrega inmediata le llegó desde las primeras filas, inundaron el redondel con cierta tristeza que rápido se disipó con la sonora ejecución de Sgt. Pepper, para que después muchos de los todavía azorados viajeros emprendieran una kilométrica y terrenal caminata hasta el Metro Mixiuhca, pues la incapacidad del STC para manejar situaciones de aglomeración obligó al cierre de la estación Velódromo.

Aviso: todavía hay boletos para el martes.

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