Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 13 de abril de 2003
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Mundo

Marcos Roitman Rosenmann

La bastarda ayuda humanitaria

La guerra es un buen negocio. Las mayores empresas trasnacionales y el capital financiero se frotan las manos en cada ocasión que se declara una acción bélica de grandes proporciones. Las expectativas de beneficios se alzan sin contemplación alguna sobre consideraciones éticas o morales. El negocio es el negocio y no hay lugar para remordimientos de conciencia. Si se está en el bando ganador ninguno de los involucrados está dispuesto a ceder terreno y perder tajada a la hora de reponer los platos rotos. Nadie se quiere rezagar y perder posiciones.

Desde un comienzo la agenda incorpora las dádivas a los cómplices y los pagos por servicios prestados en tiempo de guerra. La planificación de la reconstrucción es una parte destacada de la estrategia política cuando se trata de conseguir aliados y disminuir el número de enemigos potenciales. Decidir quiénes son los destinatarios de los fondos no es un trabajo baladí. Como buitres huelen la muerte y se abalanzan sobre los cadáveres sin más contemplación que ser alimento para los vivos. Esta y no otra es la razón por la cual entre más daño se genere, más contentos se ponen aquellos industriales y empresarios que viven de la muerte. (Esto me recuerda, como un mal chiste, las películas del oeste estadunidense, donde los duelos eran una bendición de Dios para los dueños de pompas fúnebres. El cadáver del perdedor inexorablemente acababa en el cajón mortuorio de su propiedad, aumentando sus beneficios.)

Por otro lado, en cualquier guerra, máxime en ésta de "última generación", se trata de usar todo el arsenal previsto: misiles, aviones, helicópteros, tanques y demás pertrechos militares. Nada debe quedar al margen de la contienda. Se trata de un bacanal en honor al dios de la guerra. Poner en funcionamiento, probar y gastar el armamento es un ritual. Entre más cantidad se demande, mejor para la industria bélica y el complejo militar-industrial. No hay que escatimar. Ahorrando munición no se gana una guerra. La demostración del poderío se inicia con un acto de soberbia en potencial destructivo. Mil misiles en una noche, 30 mil toneladas de dinamita, 5 mil obuses. El despliegue de fuerzas debe apabullar al enemigo. Doscientos mil soldados. En fin, una ostentación de la fuerza imperial. Las bajas son lo de menos. Hombres, mujeres, soldados, civiles, personas en definitiva que se convierten en datos estadísticos. "Esta guerra tiene pocos muertos". "Las víctimas colaterales son escasas". "Es una guerra limpia". Frases que indican el grado de deshumanización de sus hacedores.

Los carros de combate blindados, los misiles, las metralletas, los uniformes, los misiles, los aviones espías, los B-52, portaviones, etcétera, pueden ser repuestos. Nada es irremplazable si se habla de una guerra. La muerte alienta a los halcones y a la industria bélica. Por ello, si se inutilizan mil carros de combate y se convierten en chatarra no importa; el objetivo lo han cumplido: sirvieron para derrotar al enemigo. El problema está resuelto, basta con pedir a las empresas de fabricación de tanques otros 5 mil de nuevo tipo. Pingües beneficios para todos los implicados: militares, fabricantes, científicos, ingenieros, técnicos, académicos, personal del gobierno e intelectuales institucionales prestos a cumplir la función de legitimar dicha proliferación de armamento en nombre de una guerra preventiva. También es un reto para los hacedores de la nueva corrupción. Trabajo a destajo. Maletines con sobornos, regalías para políticos débiles de carácter y banqueros ávidos de ganancias fáciles. Nada se deja al azar. Por ello cualquier actividad dependiente de la guerra cobra tanta importancia en el proceso de toma de decisiones. Así, por ejemplo, un ex general colaborador de Donald Rumsfeld, Jay Garner, será el coordinador de la oficina para la reconstrucción y ayuda humanitaria. El ex director de la empresa SY Technology, fabricante de sistemas de comunicación y dirección de misiles, manejará un total de mil 900 millones de dólares considerada "ayuda humanitaria". Las compañías privilegiadas serán estadunidenses, aunque algo caerá a los incondicionales. Por ello, más misiles lanzados, más misiles repuestos. Más edificios en ruinas, más inmuebles redificados. Más miseria engendrada por la matanza, más ayuda humanitaria.

No estamos ante una catástrofe natural en la que las organizaciones no gubernamentales prestan su colaboración y demuestran su grado de altruismo o misericordia humana. Huracanes, tifones, terremotos, maremotos, erupciones volcánicas, etcétera. Un conjunto de "plagas" naturales en las que el ser humano sólo puede levantar un grito de rabia y dolor. Nada de ello es producto de su voluntad. Por esta razón poco que objetar a países y organizaciones prestos en enviar ayuda con el fin de disminuir el sufrimiento humano en los casos de tragedias en las que la voluntad humana no es responsable. Destinar fondos pecuniarios para tales efectos podemos considerarlo desde todo punto de vista una acción fundada en valores solidarios. Pero, Ƒsucede lo mismo cuando la ayuda se produce como consecuencia de una guerra y quienes deciden y determinan su contendido y dirección son parte beligerante del conflicto?

La respuesta no puede ser más que condenatoria. La prostitución de la ayuda humanitaria llega cuando ésta cumple funciones de apoyo logístico al bando invasor, en el caso de la guerra contra Irak. España envía buques de guerra y hospitales móviles para atender a los soldados agresores. Los barcos ingleses con supuesta ayuda humanitaria tienen como objetivo apoyar a sus fuerzas desplegadas en el desierto. El agua, los alimentos, las medicinas cumplen una doble función: 1) solventar problemas de logística de las tropas y 2) utilizar dichos pertrechos como señuelo para comprar a la población y evitar resistencia. En cualquier caso no es ayuda humanitaria, es complemento de la acción de guerra. No estamos en presencia de la Cruz Roja o la Media Luna Roja, cuyo cometido es asistencial y neutral. Asistimos a una interesada concepción de la ayuda humanitaria, entendida como parte de la invasión. No resulta extraño que muchas organizaciones no gubernamentales se hayan planteado declinar la oferta para participar en el reparto espurio ofrecido por los gobiernos británico o español y por Naciones Unidas al eufemísticamente nombrado proceso de reconstrucción de Irak. Un callar la boca y comprar voluntades. Otros, sin embargo, aprovechándose de las circunstancias se montan en el carro para fortalecer sus organizaciones, caso de OXFAM Intermon, que reclama nuevos socios para luchar contra la guerra.

En fin, son intereses bastardos los principios que en la guerra de Irak se presentan como ayuda humanitaria. Su denuncia debe hacerse para evitar posteriores malentendidos. Otra cosa es apoyar esta matanza en nombre de la guerra preventiva.

Números Anteriores (Disponibles desde el 29 de marzo de 1996)
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