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México D.F. Domingo 8 de junio de 2003

Guillermo Almeyra

El aparato estatal y el Estado

Es notable cómo algunos sociólogos confunden el aparato estatal con el Estado y, por lo tanto, predicen la derechización ineluctable y el fracaso de Lula debido a las alianzas con la derecha para gobernar y a las políticas de su gabinete, o incluso el derrumbe a partir de septiembre (šdentro de apenas cuatro meses!) de Néstor Kirchner, que "pretende cabalgar entre dos caballos". Uno de ellos, un estadunidense, en una entrevista del 30 de mayo a Portada Argentina, califica a John Holloway (que es irlandés) de "típico imperialista inglés que nunca entiende nada", porque el filósofo y economista de Puebla-Edimburgo pone en duda la utilidad de los clichés sobre el imperialismo y sobre la revolución cuya patente él, y sólo él, tiene en el bolsillo.

Dado que las vociferaciones de los merolicos influyen a algunos ignaros, trataré de recordar cosas archisabidas pero muchas veces olvidadas. El Estado no es sólo, ni es principalmente, el aparato estatal y su coerción. Es relación social y consenso, hegemonía cultural de los dominantes. Pero la misma sólo se ejerce si los dominados aceptan, modificándolas, las ideas de los de arriba, y si establecen nexo con el aparato que representa a éstos; pero tiene que tener también en cuenta toda la sociedad, una relación de interinfluencia. El aparato no domina, pues, sólo con la violencia, ni actúa en el vacío. Debe hacer promesas, guiños a los dominados, precisamente para dominarlos, cediendo terreno en el campo político. Y éstos no dan su apoyo irrestricto al aparato estatal, no le dan un cheque en blanco. Aunque su vigilancia y su resistencia no se vean, los subalternos entienden el pacto estatal como conflicto. Por eso Lula no puede hacer lo que quiera, y en el mismo Partido de los Trabajadores (PT) y en la Central Unitaria de los Trabajadores (CUT) hay resistencias de parte de los aparatos de ambos a las políticas gubernamentales que van más allá del pacto estatal refrendado en las urnas en nombre del cambio. Sería en efecto muy poco lógico pensar que las decenas de años de luchas, que formaron decenas de miles de cuadros obreros y campesinos del PT y de la CUT, llevaron a una relación masiva y pasiva de dependencia de Lula, y a la resignación ante las políticas de éste. La reacción del Movimiento de los Sin Tierra, por otra parte, expresa claramente la interrelación conflictiva existente entre el aparato estatal y la sociedad civil organizada.

Kirchner, por supuesto, a diferencia de Lula, viene del peronismo y no del movimiento obrero y de las luchas sociales. No se apoya en esperanzas sino en el repudio al imperialismo y a los agentes de éste (Menem y López Murphy). No tiene partido ni bases propias sino que espera crearlos al vapor. Sobre todo, no tiene frente a sí una izquierda capaz de hacer política sino un ejército Brancaleone de ultraizquierdistas sectarios que pueden convertirse perfectamente en sirvientes y aduladores. Por eso son peligrosos los gurúes baratos que manejan esquemas que conducen a la pasividad, ya que según ellos todo estaría resuelto por las "traiciones" de Lula, o de Kirchner, Lucio Gutiérrez, etcétera (dirigentes nacionalistas absolutamente previsibles que no querían ni podían hacer otra cosa que la que hacen, pero que sin embargo hay que tener en cuenta y no son perros muertos).

El deseo de cambio que hundió al gobierno del PRI no se explica por Vicente Fox, como creían los ilusos del voto útil, sino que éste se explica por aquél. Detrás de Lula, o de Kirchner (en menor medida), hay procesos sociales que tienen su dinámica propia y su relativa autonomía, y en los que hay que bucear para encontrar cómo se está construyendo, siguiendo zigzagues, una conciencia política independiente del Estado y de los partidos, con elementos de contrahegemonía. Los que en diciembre de 2001 en Argentina ganaron las calles y repudiaron al establishment (del cual formaba parte el duhaldista Néstor Kirchner) tenían niveles de conciencia y de motivación muy heterogéneos, pero en más de un año pudieron aprender algo. Sobre todo, no todos han desaparecido, y Kirchner, como Lula, no tiene sólo frente a sí la presión del FMI sino también la del país trabajador, que se expresará apenas mejore algo la situación económica. El mundo no está compuesto de marionetistas y marionetas: éstas a veces agarran la mano al titiritero y le cambian el guión para la representación. Y aunque existe sin duda el imperialismo, la política se hace en el cuadro del muy abollado y disminuido Estado nación y en el territorio, y ahí se da la lucha de clases con el capital. Holloway, que es marxista y quiere la revolución, se interroga sobre cómo hacerla sin reproducir "la vieja mierda", como decía Marx. Eso es necesario y legítimo: su error consiste más bien en que cree en la antipolítica y no en otra política y contrapoderes que zapen el poder en todas sus manifestaciones individuales y sociales y preparen la agonía del Estado (y no sólo el aparato estatal sino también la introyección del Estado en las cabezas alienadas de la gente) una vez que éste haya sido arrancado de manos del capital.

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