Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 10 de febrero de 2008 Num: 675

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La memoria y guerra
del agua

VILMA FUENTES Entrevista exclusiva con DANIELLE MITTERRAND

Fernando Leal Audirac,
un hombre pentafásico

SERGIO FERNÁNDEZ

Dos poetas

Fandangos de la
lengua española

RICARDO BADA

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Columnas:
La Casa Sosegada
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Las Rayas de la Cebra
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Fernando Leal Audirac, un hombre pentafásico

Sergio Fernández


Fernando Leal Audirac, Autorretrato, 1995

Debo reconocer que se deben saber múltiples cosas para entender La monumentalidad de lo íntimo, porque a veces entre líneas, otras explícitamente dichas, contienen un saber esotérico. Lo primero que se apunta es una ley directa y absoluta: “Lo que es arriba es abajo”, afirmación que en parte rige el texto. Lo que se apunta de inmediato es que La monumentalidad … es una especie de autobiografía en la cual el pintor –un pintor de altura– es varias personas a un tiempo, pues el autor tiene para sí que posee ubicuidad, o múltiples brazos y manos que, semejante a una deidad brahamánica, puede, además de pintar, esculpir, filosofar, teosofar, poetizar, edificar, sonorizar, aguar (valga el término, o sea, provocar una inundación que empapa al libro) y algunas cosas más que naturalmente se me escapan, pero no la metafísica. ¿Será que su vida –su autobiografía– no es inmanente sino trascendente?

La Cábala es una clave pleonásticamente profunda e indispensable, con las ciencias esotéricas que la avalan: numerología, gematría, psicología, cromatística y todas las anteriormente mencionadas. El libro, pues, para mí tiene un pro y un contra: el pro es su ejemplar manera de sepultar la poesía con la filosofía –o ensamblarlas– y viceversa, en esto semejante (digo semejante y no derivado) de los escritos de María Zambrano, ambos italianizantes o italianos, para explicarlo brevemente. Para saber de literatura hay que saltarse la literatura, como en una antigua fiesta de toros en los tiempos de Goya. El contra es que su lectura es una especie de precipicio, que como reza el dicho, “el que no cae resbala” por lo que lo maravilloso, en él enfatizado, se expone a que vuelva a leerse más y más, lo que le ocurre también a Farabeuf por el lado de lo terrible, de lo sádico, de lo maldito, no en balde citado por el propio Leal. Y ambos lo son (es decir, diabólicos), simplemente porque –como en el Doctor Faustus– están regidos por el demonio. Leal Audirac lo sabe, pero no por ello deja de convertirse en Zeus, señor del Olimpo, que por ello mismo señala y demanda a los dioses lo que él, voluntariamente, caprichosamente como todos los dioses, piensa que debe hacerse. De no ser así el castigo no se hace esperar y el lector, como el Acis del poema de la “Fábula de Polifemo y Galatea”, cuyas octavas reales permiten al cíclope, enloquecido por el dolor de los celos, arroje una piedra al bello amante que plácidamente duerme sobre el pasto. De esa manera lo aniquila, lo que en este caso es hacerle sufrir una dolorosa metamorfosis (toda metamorfosis lo es) que lo convierte en río, inmortal pero absolutamente inhumano. Qué ocurre después es fácil deducirlo: no hay amor que sea correspondido pero, de haberlo, algo en la vida se interpone para desgarrarlo.


Principio posible, 2000

¿Y qué desea un escritor como Leal Audirac, ser comprendido o ser admirado? ¿O ser admirado y comprendido por un puñado de personas que ya en Milán, ya en México, lo escuchan (el libro se oye) sin ir más allá de pensar en un estilo que el libro pide para que en su caso nadie lo repita? Porque todo libro, independientemente de quién lo escriba, demanda un estilo y no al revés; no en tanto que el escritor lo imponga y –como decía J. C. Orozco– “caiga quien cayere”.

Pero sea como sea, al escritor le entusiasma nombrar lo que sabe que un lector desconoce, como cuando afirma que los “espacios de doble curvatura (hipercubos) son apenas algunos de los recursos para abrir la puerta áurea del recinto prohibido (que alberga la metafísica) donde el tiempo-espacio se doble como pañuelo sujeto a la voluntad de Dios”.

Las propias palabras de Leal Audirac confirman lo que digo cuando afirma que el Adam-Qadmon pasase de los cánones de Leonardo a los de Valéry, enjundiosa frase que nos remite al repaso de lecturas oblicuas, que nos llevan, como si fueran rectas, a uno de los muchos finales que el libro contiene.

Por mi parte La monumentalidad… es un círculo, por lo que me admiró, al oír hablar del libro con un su amigo, que se refirieran a “ensayos” concatenados, porque lo son, sí, para formar la unidad que leemos.


El declinar de lo Absoluto, 1994


El juramento de lo Imponderable, 1994


Saliendo del espejo, 1995

Pero una vez repasado de punta a cabo me siento complacido. Como los Ejercicios espirituales , de San Ignacio, que nos ponen a prueba –comparándonos con Jesucristo– nuestra minimización se realiza ya que, de lograrla, nuestro anhelo de perfección, pleonásticamente se cumple. Me ocurre lo propio con La monumentalidad… que nos pone a prueba –inteligencia de por medio– para saber que muy poco, o nada, entendemos de la vida y el mundo. Muy poco, repito, porque ahora que los físicos contemporáneos hablan tanto de los llamados “hoyos negros” –y se arrancan los pelos por no saber qué son– ya la Cábala, desde el siglo XII dC nos enseña que miremos los Qlippoth, revés espacial de las luminarias del “Árbol de la vida”, pues detrás de ellos está la nada, el agujero maldito que traga estrellas como ostras.

Audaz y bellamente logra distinguir lo artístico de lo estético “es decir, del arte en sí, en su relación del arte para sí y fuera de sí”. Y en esta ontología de lo explicado podemos extendernos indefinidamente, no sin cierto sentido de humor intercalado, gracias a la bienaventuranza literaria de Fernando, que de esa manera nos acorta, sin recortar, estas sus páginas originales por sofísticas, aunque aquí y más allá, en él lo sofístico se convierta en su contrario, es decir, lo verdadero.

Como la poesía es, acaso, una sola desde Homero hasta Asturias (recordemos “Mulata de tal”, poesía en prosa) no es arduo ver a nuestros poetas –los Contemporáneos– aleteando por el texto de Fernando sin siquiera llegar a tocarlo. Son inteligentes palomillas que, atraídas por la luz, a ella se acercan sin siquiera quemarse. Pongo los ejemplos de José Gorostiza (“La luz se genera a partir de la intimidad magnífica”); como también los ensayos de Jorge Cuesta cuando Leal afirma: “Inútil decir que la poesía –no el poema– se resiste al análisis.” ¿No lo comprueban además los “Sonetos” y el “Canto a un dios mineral”? del dostoievskiano poeta? Dan ganas de que Fernando no los margine porque él sabe de cierto su cercanía, cuya prosa –la de Leal– posee como característica la elipsis, tropo aterrador tan a tono con La monumentalidad…

Pero ¿por qué adjuntar la reseña que del libro hace Gabriel García Granados si explica “fácilmente” el libro de Leal y sus múltiples dificultades? ¿Es sobra de generosidad o por lo contrario carencia de seguridad? Quede la pregunta en puntos suspensivos.


Silla a la distancia, 1997

Hay que decir, sin embargo, que a veces –varias veces– el lector que soy yo no está de acuerdo con algunas afirmaciones del libro, ya que el propio Granados afirma: “Los maestros del Seiscientos buscaron soluciones al insoluble problema de yuxtaponer lenguajes tan diversos –en realidad opuestos– como el óleo y el fresco al que, sin embargo, llegaron a dotar de una notable materia, ya propia de la realidad bizantina, en la cual Venecia tuvo una participación de primer orden. Semejante trama ha sido fuente de inspiración fundamental en la búsqueda de Leal Audirac, quien retoma hoy el dilema de la división entre Occidente y Oriente, resuelto en la emblemática figura del Papa.” No sé, en realidad, cómo este encuentro –habido desde Felipe XI contra el “turco” hasta Bush y Al Qaeda– pueda resolverse sólo por el lado –tal vez el más conspicuo– de Occidente, en la figura papal, pues aquí se olvida desde lo que dice Dante:

Ai, Constantin, di cuanto mal fu matre
Non la tua conversión, ma quella dote
Que da te prese el primo rico Patre


El cielo arriba y el cielo abajo, 2000

Desde il nostro poeta –como lo llama Boccaccio, hasta nuestros días, en que ni el Papa ni nadie resuelve el dilema Oriente-Occidente. Pero estos tal vez sean pelillos a la mar, pues si Leal Audirac en cierto momento se refiere a la dualidad Cervantes-Velázquez, ya que acaso el propio Leal –lo que debe tomar como gran beneficio– se halle en la dicotomía que el mismo Fernando desearía proponer (no olvidemos de ya que más allá del espejo no devuelve su imagen –porque él es un vampiro) a sí mismo ha encontrado “en la pintura al fresco un punto intermedio justo entre la tradición oriental y la occidental, aunque la paradoja sea, en el mejor de los casos Tiziano-Leal, que tanto le debe a la oriental Venecia, sin la cual Bizancio no se entiende, como tampoco Bizancio sin Venecia, la pútrida, la maravillosa, acaso como el centro mismo que da cabida a este puñado de páginas inspiradas por nuestra muy vieja amistad.