Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 17 de febrero de 2008 Num: 676

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

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La resurrección de
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Ana García Bergua

Sospechas, denuncias, imprudencias e indiscreciones

Ahora que se nos avecinan tantas publicaciones diversas, ya sea sobre la Independencia o sobre la Revolución, difícil será encontrar una novela sobre la gesta de Dolores más moderna y desmitificadora que Los pasos de López, de Jorge Ibargüengoitia. Creo que la suya es una muerte que nunca lamentaremos lo suficiente.

Una gran parte de Los pasos de López, la que abarca la conspiración de Querétaro, es como si el novelista se hubiera ocupado en detallar unos hechos que, por poner un ejemplo, el historiador Ernesto de la Torre Villar despachó como sigue en su clásico La independencia de México: “En ese mismo mes, sospechas, denuncias, imprudencias e indiscreciones delataron la conjura y las autoridades procedieron a detener y catear las casas de algunos comprometidos.”

En efecto, Los pasos de López trata de todas esas vacilaciones y sigue después con la gesta de Hidalgo hasta que lo apresan, con esa mirada de Ibargüengoitia que para mí sigue teniendo algo de misterioso. La narrativa de Ibargüengoitia da mucha risa, pero produce en el lector una especie de seriedad posterior, o más bien la convicción de haberse encontrado con algo de grandeza, con unos personajes de los que el narrador se pitorrea con enjundia, pero cuyo destino trágico provoca tristeza.

Ciertamente la conspiración de Querétaro, con las obras de teatro y las lecturas que se ensayaban para encubrir los preparativos de una revolución, es un tema que puede ser muy ameno; los mensajes encubiertos de la Corregidora, asunto de natillas y alcahueteos provincianos. Ibargüengoitia le dio a la Corregidora un carácter y una sensualidad de los que carecía el personaje. La verdad, yo siempre me la imaginé igualita a Esther Zuno de Echeverría; en cambio, Carmelita, el personaje de Los pasos de López, es una señora tremendamente guapa, atrapada en el juego de simulaciones de quienes llevan buenas relaciones con los peninsulares pero en el fondo le tiran a derrocarlos. La Corregidora de la novela de Ibargüengoitia vive en una casona que no es suya, pero sabe mantener perfectamente las apariencias. Se lleva al narrador, Matías Chandón, a un mirador, y repite fórmulas de señora mexicana capaz de generalidades apabullantes (“Mire las casas de la gente pobre. Qué bonitas son, ¿verdad? Son muy sencillas pero están muy arregladitas. Si usted se fija, en ninguna falta una macetita con flores” o “Aquella arboleda es la margen del río Bronco”) mientras lo engatusa para la conspiración.

Esta mujer es obra de la mala leche de Ibargüengoitia, y aun así tiene algo de entrañable en todo ello. Cuando Carmelita aconseja comenzar ya la lucha armada, pues han sido descubiertos, Matías Chandón dice: “Era consejo propio de una mujer quien, en caso de levantamiento, no tenía más quehacer que esperar los resultados. A mí en cambio ninguna gracia me hacía subir a aquellas horas al cerro del Tecolote para bombardear el cuartel. Por esta razón apoyé a Diego que era de la opinión de actuar con prudencia.” A fin de cuentas, los criollos cultos de la Independencia muy bien podían sentir y hablar como un grupo de intelectuales de los sesenta, convencidos de que era necesaria la revolución pero con ganas de quedarse en casa tomando daiquiríes. Por eso los personajes de Los pasos de López son tan cercanos, tan comprensibles.

En todas sus novelas y sus crónicas, Ibargüengoitia supo mantener un tono que provoca risa y a la vez es tenso. Será, como ya se ha dicho, que siguió una tradición literaria más anglosajona, más dada a la representación paródica, a la paradoja chestertoniana: a los conjurados de Los pasos de López, cuando son descubiertos, no se les ocurre otra cosa más que delatar, y de una delación a otra, la novela termina convirtiéndose en una comedia de enredos. Las huestes insurgentes que van muriendo a miles mientras siguen a Hidalgo-Periñón (en la novela gritan como indiecitos de caricatura: “Viva el señor cura Periñón!”) terminan por estrellarse contra el ejército virreinal justo cuando éste decide no tomar la ciudad de México y van de regreso. Lo peor es que todas estas cosas pasaron, sólo que quizá, con tanto muerto, nadie se había atrevido a verles el lado ridículo.

Y bueno, alguien que escribió en una novela histórica: “Adarviles no me simpatizaba. Yo creo que en las mañanas se alborotaba las cejas con un cepillito y que usaba tacones huecos adrede, para hacer más ruido” fue, definitivamente, un genio.