Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 13 de abril de 2008 Num: 684

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Christopher Something
MARCO ANTONIO CAMPOS

Viaje
PANOS K. THASITÍS

Un mundo hermenéutico
ADRIANA CORTÉS COLOFÓN Entrevista con ANGELINA MUÑIZ HUBERMANN

Saint John Neumann
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA

Carlos Pellicer, cantor perdurable
GUILLERMO LANDA

La “ciencia” contra el cambio climático
LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

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Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
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Directorio
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Lo que pudo haber sido y no fue

En el ya no muy cercano 2006, el Fidecine y la estadunidense Potomac Pictures dieron su apoyo a Creando Films, que es decir a Gerardo Barrera y Patricia Riggen, para que produjeran un filme, dirigido por esta última a partir de un guión escrito por Ligiah Villalobos, el cual en algún momento llevó como título Niño inmigrante, y que ahora se propone en la cartelera comercial bajo el nombre La misma luna.

Muy probablemente, fue la aridez telegráfica de aquel título de trabajo lo que determinó que se le abandonara a favor del definitivo, y si se menciona aquí es porque la diferencia entre uno y otro es útil para señalar, como dice un famoso bolero, “lo que pudo haber sido y no fue” respecto de una cinta cuyo estreno masivo fue precedido por un nivel de expectativas mediáticas incomprensiblemente elevado que se generó, entre otras cosas, por la inclusión del cómico televisivo Eugenio Derbez en el reparto, así como –también fuera de proporción– por el hecho de que Unoscuantos ha querido ver en Riggen, y al parecer ella también, una cuasiheroína cinematográfica, a raíz de que decidió “probar suerte” en el mercado estadunidense, como si propósito semejante no hubiese animado ya, desde hace tiempo, a innumerables directores, técnicos, productores, actores y demás fauna cinera mexicana, con dispar fortuna para cada uno de ellos.

LLORANDO QUIMERAS

Interpretado por Adrián Alonso –niño actor en el que se cumple la inusual combinación de poca simpatía y clichés precoces–, el niño inmigrante, verdadero protagonista de la cinta, es un tal Carlos a quien, por causas que radican en la más ramplona sensiblería, nadie deja de llamar “Carlitos”, estableciendo desde ahí el tono a partir del cual se conducirá una trama aparentemente concebida como si se tratase de un juego de video, a juzgar por las muchas, reiterativas, excesivas trabas, previsiblemente superadas, que Carlos es obligado a encarar una detrás de la otra, sin descanso para él ni para un espectador que, desde la butaca, presencia indefenso la exhibición de la más rotunda obviedad narrativa: Sujeto A –Carlos– va en pos de Sujeto B –su madre–, para lo cual recibe la ayuda de Sujeto C –un inmigrante adulto, interpretado por Derbez. Como de otro modo no habría película, el grueso de la misma consiste en someter a B y C a todas las dificultades y contratiempos que sea dable imaginar mientras se dirigen a un punto específico de la ciudad de Los Ángeles; eso sí, para más complejidad, ni siquiera el propio Carlos cuenta con un domicilio preciso al cual dirigirse, por lo cual él y C no tienen más remedio que acudir a la memoria de B, a quien A solía describirle, mientras le llamaba desde un teléfono público, el entorno que la rodeaba.


Escena de La misma luna

A pesar de que es colocado en el doble fondo de una camioneta conducida por un par de muchachos nerviosos metidos a polleros; de que es perseguido en una pizca de vegetales; de que es puesto a lavar platos en un restaurante; de que una banda de música norteña les da aventón a él y a B a media carretera, como si eso todavía fuera posible; de que ya mero lo agarra la policía… más que niño inmigrante, Carlos acaba por ser un muy inverosímil prodigio de bipolaridad, capaz en un momento de ser y parecer víctima del peor de los desamparos, y a la siguiente secuencia ser mil veces más atingente que B –puesto ahí, el personaje, para cumplir la sobadísima fórmula de ciertos road movies, es decir, la de reunir a dos que no se quieren y acaban adorándose; y puesto ahí ese actor, para que el antagonismo tenga visos de comicidad tierna o ternura cómica, vaya usted a saber.

Quimera, por ende, la intención de exponer con un mínimo de realismo lo que debe ser el desplazamiento de un menor desde México hasta California, en efecto lleno de dificultades, pero de ningún modo presentadas así, una tras otra y fácilmente resueltas, como si se tratara del Juego de la Oca o cualquier otro concurso televisivo.

NO QUIERO ARREPENTIRME DESPUÉS

Quimera también el remate de la historia, obligado al retorcimiento meloso para justificar que A y B, aun a la distancia, están cerca porque todas las noches miran la misma luna, y más todavía, para forzar un final feliz absolutamente inverosímil, con Carlos echado en los brazos de su madre –ésta, por cierto, monumento vivo erigido en honor del miscast en la persona de Kate del Castillo, imposible trabajadora doméstica ninguneada y maltratada por la patrona gringa mala, según dicta el librito de los lugares comunes al uso.

Durante años, al cine mexicano parecieron repelerle o no interesarle gran cosa temas como la frontera y los inmigrantes. Ahora parece que sencillamente no puede con ellos, como no sea desde la más palmaria complacencia.