Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 7 de septiembre de 2008 Num: 705

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

León Ferrari, el iconoclasta
ALEJANDRO MICHELENA

urbes de papel
Voces de Nueva York

LEANDRO ARELLANO

La raza como problema
FRANCISCO BOSCO

Un siglo de Cesare Pavese
RODOLFO ALONSO

Cinco poemas
CESARE PAVESE

Explorador de mundos
ESTHER ANDRADI entrevista con ILIJA TROJANOW

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
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urbes de papel

Voces de Nueva York

Leandro Arellano

Igual que los humanos, cada ciudad posee carácter y fisonomía propios. Y ya sabemos, cada uno habla de la feria según le va en ella. Chicas o grandes, cálidas o frescas, caóticas u ordenadas, contaminadas todas de un modo u otro, nos han ido recibiendo con simpatía o indiferencia. El momento en que se llega a una ciudad no es indiferente; ya en la Antigüedad las más civilizadas acogían al forastero con piedad.

En sus crónicas neoyorquinas, José Martí relataba sus impresiones de la inauguración del Puente de Brooklyn, asombrado con el vertiginoso crecimiento material y urbano de la ciudad. Desde aquella época, Nueva York se erigía en vanguardia del imperio emergente y se convertía en una de las ciudades más pobladas de Estados Unidos; desde entonces desplegaba su influencia en los medios de información mundiales y se levantaba como uno de los mayores centros financieros.

Nueva York ha sido no sólo la ciudad más evolucionada de Estados Unidos, sino también pionera de los rascacielos; y los rascacielos de Nueva York y Chicago, ha escrito Claudio Magris, son las catedrales del siglo XX.

Localizada en la boca del Río Hudson, el clima de Nueva York es enfático siempre. La humedad y el calor estival hacen recordar el carácter tenaz de sus fundadores, y al frío del invierno, magnificado por la humedad, no lo torna menos hostil el sol resplandeciente. La primavera y el otoño muestran apresuradas la punta del paraíso.

A los habitantes naturales del territorio se sumaron en 1614 los primeros europeos que se asentaron en la zona, procedentes de Holanda, por lo que la ciudad fue bautizada como Nueva Ámsterdam. En la segunda guerra anglo-holandesa, los holandeses obtuvieron el control de Run –isla del archipiélago malayo rica en especies con mayor valía en aquel momento–, en tanto que los ingleses consiguieron el control de Nueva Ámsterdam, a la que pronto mudaron el nombre por el de Nueva York.

Cuando aún se alentaba la migración, la Estatua de la Libertad observaba cómo Ellis Island recibía a miles de irlandeses, italianos, judíos y gente de todas partes. Virtud mayor de la ciudad fue y ha sido su capacidad para acomodar, en convivencia armoniosa, a todo el que llega. La mezcla de las distintas corrientes migratorias que se añadieron al paso de los años reforzó su carácter único.

“Conozco más de una docena de las grandes poblaciones yanquis. Nueva York no tiene nada qué ver con eu , ni con ningún otro país”, comentaba Gilberto Owen en una carta a Celestino Gorostiza, fechada hace ochenta años. Si la fisonomía de la ciudad la conforman los edificios, el carácter lo constituye su población. En el espacio geográfico que la sustenta, nada extraordinario en ese país inmenso, Nueva York alberga al mayor número de lenguas, religiones y nacionalidades juntas. En la inauguración del Puente de Brooklyn, Martí fue testigo de “cómo se apiñaban hebreos de perfil agudo y ojos ávidos, irlandeses joviales, alemanes carnosos y recios, escoceses sonrosados y fornidos, húngaros bellos, negros lujosos, rusos de ojos que queman, noruegos de pelo rojo, japoneses elegantes, enjutos e indiferentes chinos.”

La arquitectura de Manhattan fue concebida para convivir y caminar: abiertas sus avenidas, plazas, teatros, parques, iglesias. A pesar de la abultada población y del volumen y altura de los edificios no crea la sensación de agobio, como suele ocurrir en otras partes. Más que una ciudad cosmopolita –un término sospechoso en la actualidad– Nueva York es una ciudad abierta, expuesta a la verdadera universalidad.

Cada domingo, luego de un desayuno a la americana –huevos fritos con jamón o tocino, hush potatoes, hotcakes y mucho café– en un restaurante de los alrededores, nos echábamos a andar jubilosos. A ciertos oficios los identificamos pronto con nacionalidades específicas. Al montarse a un taxi, por ejemplo, con seguridad hallaba uno que el chofer provenía de Pakistán; topar a un patrón coreano en una tienda de abarrotes era común; nuestros paisanos de Puebla dominaban la venta de flores en las esquinas y lentamente se apoderaban de las cocinas de Manhattan. Puertorriqueños, dominicanos y uno que otro cubano los encontrábamos en los grandes almacenes, comercios y hoteles –hablando español en todas partes–; constituían el nervio de varios suburbios y nadie como ellos producía música llamativa y pegajosa.


Foto tomada de banifworld.com

Los italianos contaban con su “Pequeña Italia” en el Bajo Manhattan, los chinos poseían, como en todas partes, su barrio propio y los polacos tenían rumbos conocidos. Pero las facciones más afiladas las conservan los irlandeses, huéspedes joviales de la ciudad, cuyo santo patrono admite en la Catedral a católicos y no católicos que la visitan. Los judíos se nos aparecían por todas partes. Son muchas las voces neoyorquinas que llevan sangre hebrea. Una tarde de vuelta a casa desde la Misión de México, descubrimos una de las manifestaciones más vistosas que nos hayan tocado en la vida: unos tres mil ortodoxos protestaban por no sé qué causa, sobre la Tercera Avenida. Aquel batallón de varones uniformados de negro, de levita y sombrero, con rizos que les escurrían hasta los hombros, nos produjo cierto recelo. La observamos unos minutos y luego alteramos nuestra ruta. Por la noche recurrimos a i. b. Singer, buscando entender.

Después de San Patricio nos encaminábamos, casi siempre, hacia el norte, serpenteando por calles y avenidas. Calles amplias y bien trazadas, aceras planas, anchas y rectas, que permiten al visitante orientarse con facilidad. Aptas también para ir descubriendo las cosas menos pensadas. Son ciudades generosas aquellas que abonan el andar y no merecerían llamarse así las que carecen de aceras.

Nueva York es la mayor ciudad en eu, en donde no impera el uso del coche, una cualidad que la distingue en ese país cuya cultura deifica el empleo del automóvil. Por ello ocupa un lugar destacado en el ahorro de energía. Durante nuestra estancia allí no tuvimos coche, haciendo todo a pie o, si el tiempo apremiaba, abordando uno de tantos taxis, los que en verdad se detienen como lo muestran las películas: basta con alzar el brazo. Además de taxis existe un eficiente sistema de autobuses y un mejor sistema del Metro. Las veces que usamos este transporte hubo un motivo poderoso o fue para acercarnos a los márgenes de Manhattan: la Universidad de Columbia, al estadio de béisbol de los Yanquis, visitar amistades... La apertura del Metro en 1904 contribuyó a la unificación de la ciudad, formada actualmente por cinco barrios: el Bronx, Brooklyn, Manhattan, Queens y Staten Island.

Así como las iglesias y las universidades muestran perfiles inconfundibles de un pueblo, del mismo modo y con mayor franqueza quizás, lo hacen sus mercados. De Manhattan no recordamos un mercado público, pero conocíamos con exactitud las aceras que nos guiaban a Macy's, a Saks de la Quinta Avenida y a otras tiendas y almacenes, donde parábamos cuando había necesidad. En cambio, el abanico culinario era tan vasto como la población: un muestrario universal de todas las cocinas, un paraíso de sabores que ennoblece a la ciudad. A la comida judía, italiana, china, mexicana, japonesa, tailandesa, polaca, rusa, alemana, etíope, húngara, india, francesa, ucraniana, paquistaní, marroquí, libanesa, añada el lector la que se le antoje.

Junto a la mala comida, la junk food, ésa que se consume más por holgazanería o insensibilidad que por hambre, había centenares de restaurantes asequibles a todos los gustos y posibilidades. Sobraban los italianos auténticos, igual que currys genuinos de todos los precios; chinos y japoneses contaban con muestras excelentes de sus ricas cocinas. ¿Que de cortes americanos se trataba? Es la especialidad de muchos restaurantes de la urbe. ¿Internacional? Nos dirigíamos al infalible Joe Allen's. ¿Las fusiones de moda? Se anunciaban en todos los rumbos. Como en ninguna otra parte, allí probamos el kosher, haciendo largas colas para ingresar al Carnegie Delicatessen. ¿Antojitos? Los vendían por cualquier parte, sabrosos, limpios y baratos: bagels, somosas, hotdogs, pretzels, hamburguesas, pizzas, salchichas, empanadas, tacos...

Por afición y por facilidad entrábamos luego al cine, pero la oferta cultural –otro rasgo distintivo de Nueva York– es enorme. Cualquier actividad creativa tiene allí manifestación y acomodo: la cultura se halla verdaderamente al alcance de todos. Concentrados sobre todo en Manhattan, abundan museos, cines, galerías, editoriales, teatros, salas de conciertos, librerías, ópera, teatro, ballet, jazz. Manhattan ha sido cuna de incontables movimientos culturales de eu . Alberga a más de dos mil instituciones culturales y a más de quinientas galerías según una enciclopedia, entre ellos el Museo de Arte Metropolitano, el Museo de Arte Moderno, el Museo Guggenheim, la Frick Collection, el Museo Frank Lloyd Wright, el Lincoln Center, el Carnegie Hall y el mismísimo Broadway.

Es uno de los mayores centros mundiales de educación, entretenimiento y moda, y es también el mayor centro televisivo y de producción musical y cinematográfica. Cada jueves estrenaban nuevas películas en el enjambre de salas que hay en todos los rincones de la ciudad. En una limpieza del escritorio, al contar los residuales, descubrimos que sólo en el año de 1993 habíamos ido al cine ciento seis veces.

Otras tantas debimos haber visitado librerías, a las que nos encaminábamos con cualquier pretexto. Pocas alegrías se conceden al lector con la naturalidad y la fruición como las que nos ofrecieron entonces cruzar los umbrales de Barn's and Noble, Brentano's o el Coliseum. Otras veces el crepúsculo nos sorprendió husmeando en las estanterías de la Virgin Megastore y no faltó ocasión para asomarnos a Knop y Farrah, Strauss and Giraux...

Los neoyorquinos de abolengo, además del New York Times –que nosotros comprábamos cada domingo en un estanquillo minúsculo del que era propietario un viejo yemení con quien sosteníamos conversaciones animadas–, leen con orgullo el infalible New Yorker , y quienes habitan cielos más altos, también la New York Review of Books . Estas publicaciones constituyen parte orgánica de la fisonomía cultural de la metrópoli.

La rutina dominical la adornábamos, de vez en vez, visitando alguna exposición, acudiendo a algún concierto, a una celebración, y regresábamos a casa al caer la tarde. A la noche reservábamos la lectura y otras actividades creativas. Bien que muchos la llamen “La ciudad que nunca duerme”, nosotros preferíamos Nueva York a pleno día. La noche –momento en el que el lado oscuro del sistema muestra sus rasgos más perversos– era para refugiarse.

También era posible advertir esas facciones a bajo el sol: en espacios previsibles, cerrados; en ciertas zonas y rincones; en determinadas estaciones del metro; en recodos de puentes y parques. Como si el ulular de la sirena a toda hora –de ambulancias, policías y bomberos– fuese un termómetro de la salud urbana.

Si el cine de Woody Allen revela una Nueva York burguesa y opulenta, “El boxeador” de Simon y Garfunkel –otros hijos dilectos de la urbe– muestra la otra cara: la de la desintegración social, la orfandad, el crimen, el desamparo. Así como cambiábamos de acera en la ruta al trabajo para evadir a una decena de teporochos que tenían su guarida en un paso del trayecto, nunca dejó de admirarnos la cantidad de personas que marchaban hablando a solas a cualquier hora del día, sin pertenecer a la categoría de los que esperan hablar con Dios. En las ciudades unas cosas son de contento y otras de pesadumbre y enojo, escribió hace siglos Fray Luis de León.

La Babilonia de hierro tituló atinadamente la unam a las crónicas neoyorquinas de Tablada. Como el poeta mexicano, artistas, héroes y escritores de todas partes han hallado en esa ciudad refugio e inspiración. Cada uno la ha evocado según su versión de la feria: todos con admiración y gratitud. Un crítico considera que Tablada debió de haber regresado a Nueva York en 1920 por su atracción hacia la modernidad. La metrópoli estadunidense –escribió el crítico– se había transformado en la capital del siglo xx , en un centro dinámico, pujante y moderno, todo lo cual le era irresistible.

Nuestra estancia en Nueva York nunca dio cabida a la añoranza: la vitalidad de la urbe no lo consentía. Mas el gozo no habría de durarnos mucho tiempo. Alfonso Reyes, sabio entre todos, nos enseñó que la dicha, como la sabiduría y el arte, sólo nos dejan tocar el extremo de su manto.


Foto: Johannes Hepp-ZoneZero, NY un día después del 11 de septiembre