Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 14 de diciembre de 2008 Num: 719

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Antonio Machado: poesía perdurable
ALEJANDRO MICHELENA

Explanations of love
NASOS VAYENÁS

Rafael Escalona, gran maestro vallenato
entrevista de JUAN MANUEL ROCA y MARCO ANTONIO CAMPOS

Ricardo Piglia la alegría del lenjuage
RODOLFO ALONSO

Manuel Scorza: réquiem para un hombre gentil
RICARDO BADA

Charco de tormenta
SALVADOR CASTAÑEDA

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


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Juan José Gurrola: memorias

Cesado el aliento, legados los frutos de una vida dedicada en buena parte a desentrañar los mecanismos y los secretos de un oficio, apenas queda la palabra como contenedora de la evocación. Y en el caso de una biografía tan copiosa y significativa como la de Juan José Gurrola (1935-2007) pareciera que cualquier ejercicio rememorativo ha de quedarse corto; el lenguaje, cárcel para el ideario y la emoción, apenas señala la impronta brumosa de un pensamiento sin duda decisivo en el desarrollo del teatro mexicano del siglo xx. Pese a estas limitaciones inherentes, pese a la hondura inabarcable del personaje y de la biografía a evocar, la empresa de la crítica teatral y periodista Alegría Martínez contribuye a contrarrestar la tendencia ahistórica y acrítica de nuestro medio, cegado permanente por los fuegos fatuos de la urgencia y de la inmediatez. Juan José Gurrola, puesto en circulación a principios de este año por Ediciones El Milagro dentro de su colección Memorias, se une a los volúmenes dedicados a repasar y examinar la vida de otras personalidades del teatro mexicano contemporáneo, como Ludwik Margules y Olga Harmony, acaso como una advertencia hacia quienes practican el olvido y la desmemoria.

Alegría decide respetar la ciclotimia característica del maestro Gurrola: saltos temáticos, tautologías argumentativas, contradicciones varias. En este sentido, la escucha cumple con un retrato fehaciente, aunque su prosa parece descuidarse al priorizar fidelidad sobre estilo. Con todo y esto su labor de entrevistadora consigue rescatar de la noche de los tiempos la voz rectora de Juan José Gurrola. Casi un homenaje al registro oral del director de escena, arquitecto, cineasta, dramaturgo, actor, traductor, pintor y precursor del happening en México, el libro trae al presente de la lectura el anecdotario y el ideario irregular de un artista para muchos tocado por la genialidad; el propio Margules solía señalar, para satisfacción del ego inconmensurable de Gurrola, que su puesta en escena de Despertar de primavera, de Wedekind, marcó el nacimiento del teatro mexicano moderno.

Las memorias de Gurrola despiden un penetrante olor a licor y a mujer, ambas constantes rectoras de su vida e incluso de su teoría personal acerca del teatro y de la escena. Más allá de ocurrencias y/o exabruptos, lo anterior ilustra con elocuencia lo más destacable de lo que de Gurrola se revela a lo largo de 191 páginas: la manera en que las experiencias incontables de una vida vivida al límite coadyuvaron a articular un pensamiento, por momentos sumamente lúcido, acerca de la profesión teatral. Las teorías de Gurrola, que Martínez consigue compilar en estas memorias, son entonces las derivadas de una búsqueda dionisiaca y totalizante por hacer del hecho escénico una ramificación ejemplar de una serie de obsesiones vitales. La tesis gurroliana del epifenómeno, o su disertación sobre la pornografía, por ejemplo, vinculan los impulsos primigenios del ser con algunas motivaciones esenciales del artista: incitar mediante la creación un reordenamiento sensorial y expresivo que refleje, reelaborándolas y sublimándolas, los matices más profundos de la condición humana.


Fotos: Marco Peláez/archivo La Jornada

Para quienes por un mero accidente temporal de algunas décadas apenas fuimos tocados por los últimos coletazos del meteoro gurroliano, el libro es una lectura improrrogable. En parte porque, como en cualquier ejercicio historiográfico, aquí se rememora un país ido para siempre, la trayectoria de medio siglo de un artista siempre rebelde, incluso sin tener siempre contra qué rebelarse. Y también porque podrá encontrar en el libro la confirmación de que lo que no le faltó nunca a Juan José Gurrola, por paradójico que suene, fue la congruencia. Una congruencia descifrable aun en su torrente de contradicciones y de intermitencias, pues las baterías del ideario gurroliano, con todo y las intromisiones de su carácter y de sus excesos, se concentraron siempre en la evasión de la complacencia y de la medianía.

A saber si Gurrola cumplió este último cometido. A saber si la lucidez postrera, que el libro de Alegría Martínez aglomera, tomó cuerpo tangible alguna vez sobre los escenarios. En todo caso, la lectura de estas memorias permite abrevar un poco de ese manantial poderoso y latente.