Opinión
Ver día anteriorViernes 27 de marzo de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La muerte nos mira
L

a muerte nos está mirando. Juan Ramón Jiménez, el poeta, lo vio con claridad: ¿Cómo muerte no tenerte miedo?/ ¿No estás aquí trabajando?/ ¿No te toco en mis ojos, no me dices/ que no sabes de nada, que eres hueca/ inconsciente y pacífica? No gozas,/ conmigo, todo: gloria, soledad/ amor hasta los tuétanos?/ ¿No te traigo y te llevo, ciega,/ como tu lazarillo? No repites/ con tu boca pa-siva/ lo que no quiero que digas?/ ¿No seré yo, / muerte, tu muerte, a quien tu muerte/ debes temer, mimar, amar?

La muerte está presente en la vida mexicana en toda su intensidad. Lo extraño no es morir, sino sostenerse en la vida tan zozobrante que nos toca vivir. La muerte en México es algo más que un accidente implícito en la vida, es una situación límite en el margen, los márgenes que nos tienen de rodillas en la contemplación cotidiana de las luchas de grupos poderosos y sanguinarios que nos mantienen entre la zozobra y el pánico. Las cifras por violencia cruel y extrema crecen día con día, los cuadros dantescos de asesinatos perpetrados ya casi en cualquier lugar y a cualquier hora del día son la pesadilla cotidiana de los mexicanos.

En el México actual la muerte se pasea triunfal y despiadada. A la vista de todos se muestra con descaro por los medios de comunicación o en cualquier barrio o colonia de la ciudad. Incluso a veces nos toca ver tiro-teos que ya ni siquiera salen en la televisión. Políticos, narcos, soldados y ciudadanos comunes, ya no hay respeto por la vida de nadie. La violencia citadina es nuestra cruel acompañante cotidiana y vivimos como paranoicos, porque en la actualidad la paranoia ya no es tan sólo un rasgo patológico de la personalidad, sino una medida adaptativa para la sobrevivencia.

De esa necrofilia que nos inunda, emerge una gusanería viscosa y repugnante, va penetrando en las diferentes capas sociales sin que nadie pueda o se atreva a detenerla.

En realidad malvivimos con el tema de la muerte como una constante en nuestro quehacer cotidiano. Al vivir con esta incómoda presencia empezamos, algunos, a registrar lo auténtico de la vida. En la misma forma en que sólo hacemos conciencia de nuestro cuerpo cuando el dolor aparece en él.

Día a día aprendemos a mirar la muerte como algo familiar e ineludible.

La muerte sea por asesinato con balas, por contaminación o por hambruna. Nuestra tradición nos enseña que si bien la muerte es dolorosa, también duele la vida.

Nada es la muerte sin el hombre que muere, dejando en lo invisible la realidad completa del anhelo.

En la misma forma que bulle la obsesión por la muerte en casi todos los poetas andaluces, de quien heredamos esa obsesión que se intrincó con la que existía entre los aztecas. Federico García Lorca dice:

Por el llanto, por el viento/, jaca negra, luna roja,/ la muerte me está mirando/ desde las torres de Córdoba.

México está en la muerte, se le siente, está presente, se le teme, se le espera. Nos acecha en tiempos aciagos y desesperanzados que no sabemos cuándo ni cómo terminarán.