Opinión
Ver día anteriorJueves 4 de junio de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Amarillo
E

l Milagro abre las puertas de su teatro a montajes que no son producidos por su compañía, pero que –de acuerdo al programa para grupos artísticos profesionales México en Escena– tienen el mismo cariz de su propuesta esencial, o bien experimental, o bien de teatro de arte sin concesiones. El primero de ellos es Amarillo, producto del laboratorio que dirige Jorge A. Vargas para su grupo Teatro Línea de Sombra A.C. al que se deben escenificaciones importantes pero disímbolas como la multipremiada Galería de moribundos de gran trabajo corporal u otras algo más convencionales como El censor o Blod. La línea de sombra a la que se refiere el nombre de su grupo se debe, según Vargas, a la sutil frontera radical del tránsito teatral. En su nueva escenificación esta frontera hacia otras posibilidades, sobre todo visuales, se borra un tanto al grado de rayar casi en el performance.

Surgida de un taller en el que los participantes hicieron propuestas varias, con textos no siempre muy logrados de Gabriel Contreras, Amarillo tiene todos los problemas de la creación colectiva, fundamentalmente la debilidad en la estructura dramatúrgica que no orienta al espectador acerca de lo que se narra, no por las alternancias temporales –que eso ya se ve mucho sin contratiempos en el teatro contemporáneo– sino por la debilidad de su desarrollo que se quiere apartado de los lugares comunes pero que no da cuenta de la razón de que el hombre, emblemático de los migrantes, abandone su tierra y su amada, que es también seña de las mujeres solitarias en pueblos de niños y ancianos. Rehuir la problemática social y dejar sólo en el recuerdo de la mujer la gran fiesta de cumpleaños no es alejarse del lugar común, que de todas maneras no existe en la manera en que la recurrente historia es escenificada y se podría haber guardado el vino viejo en el excelente odre nuevo que el director propone.

El hombre que se dirige a Amarillo, Texas, es todos los hombres que deben cruzar el desierto y en él pocos sobreviven y eso se manifiesta en los muchos nombres que se proyectan en el alto muro, única escenografía como en las ropas que al mismo tiempo que esos nombres se proyectan el hombre (Raúl Mendoza) se coloca unas sobre otras. Siguiendo uno de los caminos de la trayectoria de Vargas, el trabajo corporal está presente y el actor principal lo realiza de modo exacto y contundente, apoyado por esas proyecciones desde arriba que logran fantásticos efectos. Uno de ellos sería el de los botellones de agua y linternas que las buenas samaritanas colocan en el desierto para apoyar a los migrantes perdidos y que en un momento dado parecen estrellas en el muro de marras.

Otros momentos cabalmente logrados son, por ejemplo, el de la mujer que trepa por los asideros del muro y extiende un brazo que en la sombra se topa con la sombra el brazo del hombre sentado abajo, o el final con las bolsas de arena que fluye sobre el piso. Las mujeres sacan de detrás de unas feas estructuras algunos muebles cuando son necesarios para las escenas de recuerdo y tienen también momentos de trabajo corporal bien desarrollado que indican que una es todas las que se quedan aguardando, como el hombre es todos los perdidos en el desierto, que las ropas que el actor ha acumulado en su cuerpo, una vez que se despoja de ellas y las tiende en el piso, simulan desde la proyección cuerpos muertos y olvidados.

A los avatares del hombre en el desierto acompaña un cantor viejo (Jesús Cuevas), guitarra en mano, que canta Clorofila de Jorge Verdin y que de alguna manera simboliza a los hombres de edad que quedan en los pueblos. Las mujeres son Alicia Laguna –que merece mención especial porque siendo parte de la directiva del grupo asume con humildad un pequeño papel de apoyo– María Luna, Viany Salinas y Antígona González. Las excelentes tomas de video se deben a Kay Pérez, Ismael Carrasco y Jazzael Sáenz, los retablos que aparecen son de Juana Inés Luna y los videos de migraciones pertenecen al Centro de Documentación de Voces Contra el Silencio, mientras la iluminación es de Kay Pérez y el audio es de Rodrigo Espinosa.