Opinión
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¿Con quién quieres hablar, amo?

Pedro Miguel
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H

acía tiempo venía pensando que los objetos maravillosos de los cuentos requerían de una actualización: la lámpara de Aladino era de aceite, no de pilas, y menos de leds, y no llevaba radio FM incorporado. El espejo mágico de la madrastra de Blanca Nieves no habrá tenido una buena resolución en megapixeles, fuera cual fuera su respuesta, y por descontado carecía de captación nocturna para devolver en imágenes monocromáticas verdes la hermosura o la fealdad de la señora. Las habichuelas que dieron origen al árbol que trepaba hasta el cielo y en cuya copa vivía un gigante mala onda no eran hidropónicas y mucho menos transgénicas. La credibilidad de esos objetos entre los niños actuales, por consiguiente, tendría que verse un tanto mermada por el arcaísmo de su tecnología, sobre todo ahora que ya hay cámaras digitales que hacen solas ¡clic! cuando alguien sonríe –siempre y cuando, supongamos, el o los protagonistas de la imagen no tengan los dientes negros o no se hayan quedado chimuelos.

Distraído en esas cavilaciones, el otro día, mientras caminaba hacia alguna diligencia en mi barrio, metí el pie en un montoncito de arena que se hallaba en la acera, al lado de una casa en remodelación. La consistencia blanda me hizo mirar hacia abajo y vi un pequeño objeto negro que se había quedado enterrado y al que pateé sin querer. Caminé unos pasos, me agaché a recogerlo y caí en la cuenta que se trataba de un teléfono celular, descascarado, con un par de fracturas y de modelo nada reciente. Mi primer impulso fue dejarlo en la arena de donde había salido, pero mi afición por guardar basura me hizo recapacitar, así que lo sacudí, me lo eché a la bolsa trasera del pantalón y seguí mi camino. Al volver a casa lo puse bajo la mesa y lo examiné con la piedad que uno guarda para con las cosas difuntas. Era un celular barato, feo y viejo y de seguro no funcionaba. Sólo por no dejar, oprimí el botón de encendido y de inmediato el trebejo emitió el característico sonidito de su marca, la pequeña pantalla rota se iluminó y en ella apareció la siguiente pregunta: ¿Con quién quieres hablar, amo?

Elogié en silencio el ingenio de quien hubiese programado semejante saludo inicial y lo celebré con una risita. La leyenda en la pantalla cambió: Je, je, no es nadie con quien pueda comunicarte, escribió el celular. Al leer eso, me asusté, puse el aparato sobre la mesa e instintivamente me alejé y me sacudí las manos como para limpiarlas de su contacto.

Después de un rato de pasmo, se me vino a la mente la idea de que el aparato tenía una conexión abierta con algún bromista y que éste enviaba mensajes de texto para responder a lo que se escuchaba en el entorno. Me aproximé con cautela al celular. La pantalla seguía encendida y había vuelto a la pregunta anterior: ¿Con quién quieres hablar, amo?

Recordé entonces la sonrisa de un viejo amor, una mujer de la que no había vuelto a saber en 20 años, y dije en voz alta, sólo para probar: Con fulana. De inmediato apareció en la pantalla el nombre de fulana, precedido por Comunicando con.... Después de cinco timbrazos escuché –qué impresión– su voz de siempre, cristalina y dulce, sin asomo de pátina, que pronunciaba el ¿Buénoooo..? Volví a quedarme quieto y sentí sudor frío. ¿Buénoooo...?, ¿buénooo..?, hurgó ante mi silencio paralizado la voz inconfundible y acto seguido, colgó.

No sé cuántas horas pasaron antes de que lograra salir del azoro. Cayó la noche y yo seguía parado en el mismo sitio, observando al aparato que, pese a su aspecto deplorable, mantenía su vigilia de pantallita encendida y no daba señales de quedarse sin pila. ¿Con quién quieres hablar, amo?, mantenía, con una actitud que me parecía burlona, en sus caracteres de no muy alta resolución. Hice un segundo intento. Con mi hermano, aventuré, en tono apenas audible, impulsado por el viejo automatismo de hacer trampa con las tarifas de larga distancia. La leyenda cambió: Comunicando con tu hermano, luego, nueve timbrazos, y por fin, la voz soñolienta de Pablo, procedente del otro lado del Atlántico: ¿Aló?

Tomé el teléfono. No me vas a creer, le dije, sin más preámbulo ni consideración por despertarlo a las tres de la madrugada. Y le conté de un tirón lo que me estaba pasando. Él no pareció entender ni interesarse mucho en mi historia; se quedó, como punto central, con el ahorro de largas distancias, se felicitó por ello y me propuso que siguiéramos ensayando la comunicación en horas en las que tanto él como yo estuviéramos despiertos. La indirecta era terminante, así que me despedí con efusión de disculpas, abrazos telefónicos y saludos a la familia, y pulsé el botón de colgar. A continuación, me vino una idea malévola: acababa de interrumpir el sueño de un ser querido, pero bien podría utilizar el chunche para molestar a uno que otro detestable. Cuando interrumpí la comunicación con Pablo, la pantalla del celular había vuelto a lo de siempre: ¿Con quién quieres hablar, amo?.

–Con Aznar –le dije, ya más resuelto, mientras calculaba la hora de Madrid.

–Comunicando con Aznar –obedeció el aparato.

Después de tres timbrazos me respondió (¿Sí, diga?) una voz arrogante y rasposa que ya había escuchado en los noticiarios de la tele, a todas luces jadeante, y rodeada de un coro de risitas femeninas. A lo que podía verse, el pobre hombre seguía sintiéndose tan importante que dejaba encendido el móvil mientras se encendía de otras formas y con otros aparatos: no se le fuera a pasar una llamada histórica. El sonido era concluyente. Colgué de inmediato y, ya francamente divertido, le pedí a mi teléfono: Comunícame con Ana Botello. Once veces sonó el teléfono de la pobre mujer, la cual estaba claramente medio dormida cuando respondió. Ana, sólo para avisarte que ahora mismo tu marido anda de putas, le dije, gozando la situación con toda maldad.

Después de eso, me sentí tan eufórico que yo tampoco logré conciliar el sueño. Examiné con más cuidado el celular mágico, aunque no me atreví a apagarlo por temor a interrumpir para siempre el milagro; caí en la cuenta de que carecía de conexión para cargador de corriente y de cualquier otra para accesorios. Tenía, en cambio, unas ranuras características de un pequeño altavoz. ¿También hablas?, le pregunté, súbitamente inspirado. También hablo, respondió por el altavoz, con tono sintético y asexuado y un cierto acento de Miami. ¿Y no hay que cargarte nunca? Nunca, dijo. ¿Qué eres o quién eres?, aventuré. Soy tu teléfono celular, respondió con cierto dejo de humildad fingida y un despiadado hermetismo.

Seguí disparando preguntas en total desorden: ¿Mandas mensajes de texto? ¿Cuánto saldo tienes? ¿Me puedes comunicar con Dios? Y llegaron las respuestas, estrictamente ordenadas por turno: Mando mensajes de texto. Mi saldo es infinito. Dios no existe, o bien se encuentra temporalmente suspendido.

Capté de inmediato la ironía y concluí que me encontraba ante un ser dotado de inteligencia. “Estoy regresando de vacaciones, tengo la mente en blanco y debo escribir una columna –le expuse, rogando su comprensión–, ¿podrías ayudarme?”

Si deseas que te la dicte, marca 1; si quieres recibirla, párrafo por párrafo en mensajes de texto, marca 2; si quieres que la envíe a tu buzón de correo, digita 3, respondió obsequioso y abiertamente guasón. Oprimí el 3, fui corriendo a la compu a abrir mi email, encontré este texto y ahora no hago más que reenviarlo al periódico. Otro día les platicaré las aplicaciones novedosas que se me vayan ocurriendo con mi celular mágico.