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Toros

El juez, Eduardo Delgado, regaló orejas y arrastres lentos con absoluta desvergüenza

Sebastián Castella se faltó al respeto a sí mismo al vestirse de luces para una tienta

El número dos de la torería mundial no vendió ni la tercera parte del boletaje en la México

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El tlaxcalteca Rafael Ortega cortó dos apéndices en la décima corrida de la MéxicoFoto Notimex
 
Periódico La Jornada
Lunes 11 de enero de 2010, p. a38

Sebastián Castella, el número dos en el escalafón mundial de la torería, llegó a la Plaza México vestido de luces para tentar una novillada de Teófilo Gómez, y así le fue: no vendió ni la tercera parte del boletaje y se puso en ridículo al faltarse al respeto a sí mismo, ante tres chivos mansos y débiles, que, ojo, no le tocaron en suerte por una mala jugada del destino: él los escogió para echarse a la bolsa decenas de miles de euros, a sabiendas de que saldría a tomarle el pelo al público.

En la décima corrida de la temporada invernal 2009-2010 todo se conjugó para que la fiesta se convirtiera en algo repulsivo, empezando por la absoluta desvergüenza del juez, Eduardo Delgado, quien pese a que ocupó el palco de la dizque autoridad como representante del gobierno capitalino, se comportó, no como empleado (lo cual ya sería reprobable) sino como lacayo del empresario Rafael Herrerías.

De otro modo no se explica por qué, a los dos primeros novillos del encierro, los premió con arrastre lento cuando ni siquiera pelearon en el tercio de varas: eran tan frágiles, que los picadores apenas les acariciaron el morrillo, pues en caso de haberlos sangrado habrían rodado exánimes por la arena.

Al que abrió plaza, que no tenía la edad ni el peso que anunciaba la pizarra, el tlaxcalteca Rafael Ortega lo recibió con suaves mantazos a guisa de verónicas, le dibujó chicuelinas a larga distancia, lo banderilleó sin gracia y lo toreó con la muleta a media altura, ligándolo con oficio, antes de matarlo de un eficaz espadazo.

Pues bien, aunque la faena no había emocionado a nadie, por la nula sensación de peligro que generaba la res, Delgado sacó dos pañuelos blancos y ordenó arrastre lento, ante el estupor de la concurrencia, encabezada por el propio Ortega, quien dio la vuelta al anillo ocultando apenado las orejas. A continuación, Castella se las vio con Maestro, un novillo similar al anterior, que tampoco fue picado ni transmitía.

Con el dominio adquirido en la temporada europea, durante la cual triunfó con toros de cinco años, armados de imponentes cornamentas, el francés, muy vertical eso sí, empleó la muleta para quitarse el frío y el tedio que afligían a los espectadores, y cuajó estampas muy bellas. Para fortuna y consuelo de quienes aún creen en la seriedad de la tauromaquia, pinchó en varias ocasiones, dejando al obsequioso juez con las ganas de otorgarle las orejas, el rabo y las cuatro patas del peludo, al que despidió sin embargo también con arrastre lento.

El resto fue de bostezo, nostalgia y melancolía. Fermín Spínola, deprimido por la muerte de su padrino, el obispo yucateco de Celaya, Lázaro Pérez, intentó brillar con capote, banderillas y muleta, pero estaba apagado por dentro y exhibió un desaliento contagioso en sus dos turnos. Al cuarto de la tarde, Ortega le hizo lo mismo que al primero, es decir, lo mismo que le hace a todos los toros en todas las plazas donde actúa.

A Castella la gente le pitó, por gacho y feo, al quinto del sexteto, y lo obligó a regalar un séptimo cajón, del hierro de Los Ébanos, que resultó igual a los de don Teofilito: era otro chivo sin trapío, fuerza ni casta, que para colmo de males, en un descuido, lo empitonó, le pegó un revolcón, se le pasó de tueste y lo obligó a escuchar un aviso. Pero ni modo: así es esto, cuando uno se falta al respeto a sí mismo y encima cobra una millonada por estafar a quienes lo idolatran. Más decencia para la próxima, monsieur!