Opinión
Ver día anteriorLunes 5 de abril de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Afectan lluvias y deforestación a la monarca
Iván Restrepo
N

o sale de su tragedia la región donde se enclavan los municipios de Angangueo, Tuxpan, Zitácuaro, Ocampo, en los cuales hubo pérdidas humanas y daños materiales por los deslaves de tierra ocurridos en febrero pasado. A los bosques de oyamel de esa región llegan a invernar millones de ejemplares de la mariposa monarca, símbolo de la cooperación ambiental entre Canadá, Estados Unidos y México. Arriban a finales de octubre y regresan en febrero a Canadá. Viajan 5 mil kilómetros.

Esta temporada la estancia de la mariposa estuvo marcada por las intensas lluvias de principios de febrero y causaron la muerte de 36 lugareños y tres empleados de la Comisión Nacional del Agua que trabajaban en las tareas de rescate. Los aludes de tierra que se desprendieron desde los cerros arrasaron con lo que encontraron a su paso: desde personas hasta vehículos de gran tamaño y más de mil viviendas. En Angangueo, cerca de 500, esto es, 80 por ciento de las que existían.

Cada vez que pasan estas tragedias se culpa a la naturaleza. En este caso, a que llovió como nunca durante unos cuantos días y en una temporada catalogada de secas. Y es verdad, fueron lluvias atípicas. Pero la culpa no puede atribuirse únicamente a ese fenómeno. Una muy buena parte de lo ocurrido se debe a la deforestación de las partes altas de esa región, con la cual se eliminó el techo verde que regula la caída del agua de las lluvias sobre la tierra. Ya sin su paraguas natural, ésta se reblandeció y desprendió mientras el agua desbordó el cauce de los ríos y arroyos (todos azolvados) y arrasó con las viviendas que estaban cerca o aguas abajo. No se advirtió a la gente sobre la necesidad de abandonar sus hogares y ponerse a salvo en sitio seguro. Ello explica el alto número de víctimas mortales en unas cuantas horas. Otro habría sido el panorama si se hubiera prohibido que cientos de familias levantaran sus casas en sitios frágiles, peligrosos, cerca de donde corren ríos y arroyos que llevan mucha agua cuando llueve.

Las partes altas de Angangueo, Zitácuaro, Ocampo, están devastadas por la tala de árboles y los incendios forestales. Ni siquiera se salva de la deforestación el santuario de la mariposa, que es reserva natural y por tanto debía estar libre de talamontes. Lamentablemente, y pese a tantos sellamientos de la zona por la fuerza pública, cada año la extensión arbolada de la reserva es menor.

Para los 10 mil habitantes de Angangueo volver a la normalidad requiere tiempo, recursos y el esfuerzo coordinado de autoridades y población. Ya en 1953 el pueblo sufrió una gran tragedia, cuando murieron 25 trabajadores en su mina, que cerró definitivamente en 1991 y terminó así la historia de Angangueo como productor de cobre y plata. Una nueva vida le llegó con la mariposa, con el turismo ecológico que acude anualmente a gozar de su presencia. Este año fue crítico, pues disminuyó el número de visitantes.

Ahora se exacerban las carencias, la falta de empleo; hay más pobreza. El secretario del Medio Ambiente y Recursos Naturales anunció la posibilidad de convertir el poblado en una villa sustentable, ejemplo para muchos otros sitios del país. No tuvo eco. Mientras, urge dar techo seguro a los que perdieron sus casas o negocios. Decenas de ellos todavía viven en un albergue provisional. Hay que limpiar la zona de árboles muertos, pues en tiempo de lluvia represan el agua en las partes altas. Urge también reubicar las viviendas que están en sitios peligrosos, no permitir una más en ellos, limpiar de desechos los cauces de ríos y arroyos, acabar de demoler las estructuras que quedaron en mal estado, crear fuentes de trabajo y, ahora sí, impedir la acción de los talamontes.

Porque si sigue la tala no tendrá dónde llegar la mariposa, que por eso figura entre las 10 especies prioritarias de conservación. Este año fue fatal para ella, pues registró un alto índice de mortalidad por la nieve, los vientos y la lluvia.

Pero así como debe garantizarse la existencia de la monarca, hay que rescatar de la pobreza y la inseguridad a los habitantes de Angangueo y municipios vecinos. Para lograrlo no basta con que la UNESCO haya declarado la zona Patrimonio Mundial Natural.