Opinión
Ver día anteriorMartes 21 de septiembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Veracruz
José Blanco
E

s distinto enterarse por la prensa, que vivirlo al lado de los paisanos del terruño. La patria chica sí existe; uno la descubre sobre todo cuando la naturaleza la golpea del modo como lo ha hecho Karl ahora. Emerge el lado provinciano propio, aun cuando no se agote uno en esa dimensión.

Si a un huracán se le ocurre entrar por costas de Veracruz, puede causar más daños que quizá en cualquier otro estado del Golfo. Su geografía defiende al centro de la República de estos meteoros, pero ello ocurre a un alto costo.

A Veracruz lo cruzan 41 ríos, con numerosísimos afluentes, que integran 14 grandes cuencas hidrológicas; entre las más importantes destacan las de los ríos Pánuco, Tuxpan, Cazones, Nautla, Jamapa, Papaloapan y Coatzacoalcos. Los desbordamientos de estos ríos pueden inundar extensiones increíblemente extensas. Esos ríos en territorio veracruzano miden mil 118 kilómetros que reúnen, junto con sus lagos y lagunas 35 por ciento del agua dulce superficial del país.

Pero a Veracruz también lo cruza, prácticamente a lo largo del Estado, la Sierra Madre Oriental, que en algunos puntos alcanza grandes alturas, como el Pico de Orizaba (Citlaltépetl), el de mayor altura en México (5 mil 700 metros sobre el nivel del mar); y el Cofre de Perote (4 mil 267 metros). Xalapa, por ejemplo, está situada alrededor de las faldas del gran cerro del Macuiltépetl y de las estribaciones orientales del Cofre de Perote. Se ubica a mil 460 metros sobre el nivel del mar, pero a sólo 100 kilómetros del Puerto de Veracruz. La orografía es una en la que rápidamente se viaja del nivel del mar a grandes alturas.

En tales condiciones, los huracanes que entran por Veracruz rápidamente se estrellan contra esos inmensos muros formados por su alta orografía cercana a la costa. Los diluvios se vuelven entonces brutales, inmensas precipitaciones líquidas que ensanchan los ríos de manera inimaginable para quien nunca haya visto la velocidad y la fuerza de los aluviones de millones de metros cúbicos de agua que galopan gigantes de regreso a la costa. A su paso inundan campos labrantíos mil, y ciudades y pueblos quedan anegados a profundidades diversas. Y, como siempre, los pueblos más pobres, donde radican los grupos indígenas, con las viviendas más precarias, son los más afectados por esos furiosos meteoros.

Veracruz ocupa el tercer lugar de la República por el número de mexicanos de población indígena. En Veracruz, procedente del sur de Oaxaca se habla una variante del chinanteco en Playa Vicente, en Uxpanapa y en otras comunidades del sur; en el sur mismo, además, se habla popoluca, zapoteca, mazateca, mixteca, zoque y mixe. En el norte se habla náhuatl, totonaca, tepehua y otomí. Una rica diversidad cultural, socioeconómicamente precaria como lo son en general las poblaciones indígenas olvidadas de México.

Karl afectó ciudades como Veracruz, Xalapa, Córdoba, Orizaba, Fortín de las Flores, Huatusco, Cardel y otras, con daños de diverso alcance, pero por el lugar por el que entró, muy probablemente fue afectado seriamente un gran número de pequeños pueblos (Veracruz es uno de los estados con mayor dispersión poblacional), al menos de los municipios de Veracruz, Medellín, Alvarado, Boca del Río, Manlio Fabio Altamirano, La Antigua, Paso del Macho, Paso de Ovejas, Cosoleacaque, Cotaxtla, Jamapa, Úrsulo Galván, Actopan, Alto Lucero, Saltabarranca y Emiliano Zapata.

Como fruto de experiencias del pasado, al parecer por primera vez el servicio de la Secretaría de Protección Civil actuó con la diligencia que le corresponde, desalojando numerosos poblados y aún refugios en los que ya se hallaban guarecidos veracruzanos damnificados de meteoros de hace no mucho más que un par de semanas, que afectaron especialmente a Tlacotalpan y a Minatitlán, evitando el arrasamiento de pueblos enteros. Pero aún así no pudo evitar algunos muertos y desaparecidos probablemente inevitables cuando las personas quieren actuar por su cuenta frente a un fenómeno de magnitud arrolladora.

No obstante los daños materiales son incalculables en ciudades y pueblos, y en infraestructura caminera y de distribución de fluido eléctrico. Es claro que la urgencia mayor está en la población más desprotegida socioeconómicamente.

Quisiera en esta nota hacer un llamado urgente al resto del país –sin olvidar Tabasco, Puebla, Tlaxcala y cualquier otro territorio afectado–, para apoyar la pronta restitución de condiciones que permitan a los cientos de miles de veracruzanos, en los que se incluyen los pueblos más vulnerables, comenzar a rehacer sus vidas. Es extremadamente difícil, a la distancia, imaginar la vivencia de sentir un huracán de gran fuerza sobre las cabezas propias, ver volar los techos, las tapas que fungen de paredes de sus frágiles barracas, caer derribadas, y buscar a toda costa poner a salvo a la prole; los bienes acumulados desaparecer instantáneamente y todos quedar sin alimentos y sin agua para beber y esperar desesperadamente el más pronto rescate. El cielo azota a los más débiles y una angustia indefinible les hace preguntarse ¿por qué?

Es claro que los recursos locales estatales son insuficientes para enfrentar la vasta destrucción que han provocado, primero las torrenciales lluvias de los primeros días de septiembre, cuando la cuarta parte del territorio veracruzano quedó inundada, y ahora, lloviendo sobre mojado, estamos a la espera de saber en su dimensión completa los exorbitantes estragos causados por Karl, y la dimensión del territorio que yace bajo el agua.

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