Opinión
Ver día anteriorViernes 8 de octubre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Sicología, sicoanálisis y crueldad
José Cueli
E

n una época que se afana por prestigiar la investigación experimental, la tecnología de punta y la comunicación a través de los mass media, de los datos verificables y cuantificables, de las verdades absolutas (?) ¿Cómo transmutar en análisis experimentales unas imágenes que no llegan a la conciencia y que la mágica sutileza del sicoanálisis, no reclama de nosotros otra realidad que ha de vivirse transportando a otro campo que se nos va de las manos? ¿Cómo transmutarlo si es el sicoanálisis con su instinto de muerte un reactivo al revés, una inopinada visión retrospectiva de lo que es y no es? Si el mundo se nos revela con ínfulas de urbanidad electrónica suprema, pero desmentido por las disonancia de una agitación estruendosa –guerras, hambre, terrorismo, crueldad, tortura, corrupción, violencia y desintegración familiar, desigualdad social, violación de los más elementales derechos humanos–, que lo invade todo, que se diría ser, una etapa masiva de cientificidad, que haga un hombre en trance de transformación y traslado, una partícula perfectamente hábil y anodina para el cumplimiento de unos fines que rebasan a la razón, pero lo adaptan a vivir en sociedad, y cuya finalidad nadie penetra.

El instinto de muerte freudiano es anterior a este desmando crítico, perpetuamente tornadizo apresado en garras de eternidad. Tratar de detener lo que se nos escapa, se nos va de las manos, en un laboratorio es cosa vana. ¿Es la materia la que queda o la que se va, la que se transforma, la que se traspone? ¿Y, las formas se pierden o, más bien, se repiten, se eternizan como anunciaba Sigmund Freud en Más allá del principio del placer? ¿Qué da movimiento al instinto de muerte, a la crueldad, a la violencia y a la tortura?

Freud amplía la noción de sique y al lado opuesto de la razón encuentra el inconsciente, y en oposición al instinto de vida encuentra el de muerte; estableciendo de este modo la posibilidad de concebir, como parte constitutiva de lo humano, esa fuerza contraria a la razón, determinante para explicar lo que hasta entonces había quedado inaccesible a la ciencia.

Esta pulsión es parte constitutiva tanto de la víctima como del victimario, pero que es lo que conduce al victimario enceguecido a infligirle a la víctima el sufrimiento, la tortura y a privarle de la vida, mientras que la víctima puede mantener en sus cauces esta parte pulsional sin atentar contra los derechos de los demás. ¿Qué circunstancias son las que condicionan que en algunos individuos la pulsión de vida (ligadora) predomine sobre la pulsión de muerte (desligadora)?

Los seres humanos no somos ni totalmente lobos ni totalmente corderos. En la clínica sicoanalítica vemos frecuentemente aquello que ya Freud había señalado en cuanto a la pulsión de destrucción. Nos encontramos con individuos que ocupan el lugar de víctima, pero que asimismo ejercen de victimarios con otras personas. En otros casos la pulsión de muerte los conduce a la propia autodestrucción no sin la fantasía inconsciente (por ejemplo, los suicidas) de que al matarse matan al otro que llevan consigo en el interior.

Lo que pretendo destacar con esta reflexión es que no basta con legislaciones ni con marcos jurídicos, ni con debates sobre la legalización de la pena de muerte para intentar abordar un problema tan complejo como la violencia y la delincuencia. Sería conveniente profundizar en la complejidad de la naturaleza humana y en esa fuerza oscura y silenciosa que es la pulsión de muerte.

Freud no es aceptado por la academia positivista propietaria de la ciencia, porque ésta es hija de la razón, y la razón no acepta al inconsciente, al no ser medible, ni predecible ni verificable.

Es el siglo XX, ¿y lo será el XXI? el de la ciencia de los hechos, el método experimental, el de intervenir en su conjunto, incluyendo al hombre dándole las formas más caprichosas. La estructura del universo se va descifrando por la actitud omnipotente del hombre que no considera límites físicos, ni sociales, ni morales a sus actos, pues cree que el mismo ser es quien los inventó.

Sin embargo, tanto cientificismo que deja de lado a la sicología de las profundidades de Freud no ha podido, sino por el contrario, frenar la descomposición social y la violencia y capacidad de la destructividad humana. No es ignorando al inconsciente y a la parte negra que nos habita y constituye como lograremos, si es que es posible dar todavía esperanza al futuro de la humanidad.

De nada ha servido la ciencia medible, precisa y aséptica que ha dado paso a la creación de tecnología de punta para crear armamento sofisticado para matar y aniquilar. Hartos estamos de escuchar discursos cargados de estulticia donde se habla y actúa desde la prepotencia imperialista de bombas Inteligentes, guerras (léase masacres) preventivas. Ya no cabe el engaño.

A pesar de la manipulación y el uso alevoso y perverso de los mass media, las imágenes de tortura no hacen sino constatar que hemos perdido el rumbo. Quizá aún haya tiempo de enmendar tantos errores. Pero para ello habrá que estudiar con más profundidad la naturaleza humana.