Opinión
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La revolución de la verdad

Occidente vs. Assange

Secuelas del Conquistador

Pedro Miguel
Foto
Bradley Manning y Julian Assange
A

nadie le gustaría, claro, que su sicoanalista grabara las sesiones y luego las difundiera en Internet y que de allí pasaran a la radio, la televisión y los periódicos. Así se ha de sentir el gobierno de Estados Unidos con las revelaciones de Wikileaks. La furia de la reacción ha sido proporcional a la humillación y Washington ha puesto a buena parte del mundo contra Julian Assange, quien a estas horas almuerza en una oscura cárcel londinense, a la espera de que se apruebe la petición de extradición a Suecia, en donde habrá de enfrentar acusaciones por presuntos delitos sexuales. Las autoridades judiciales suecas, por supuesto, además de los gobiernos inglés, francés y australiano, un banco suizo y las corporaciones MasterCard, Visa, PayPal y Amazon, entre otras que ahora se niegan sin motivo creíble a prestar servicios al acosado portal de las filtraciones, han sido alineadas con rapidez a la cruzada de la Casa Blanca y el Pentágono contra el australiano que logró poner al mundo de cabeza, auxiliado por una organización minúscula, un presupuesto ridículo y un par de computadoras. En la acometida participan también dos chavas suecas que en su momento estuvieron muy felices de tener sexo con Assange y que, días más tarde, cambiaron misteriosamente de opinión y se dijeron violadas. Se sospecha, y no sin fundamento, que tal mudanza está relacionada de alguna manera con los servicios secretos de Estados Unidos. Hay razones para pensar también que el poder público de Washington instigó diversos ciberataques contra los servidores de Wikileaks.

Occidente se escandaliza cuando algún imán de Medio Oriente lanza una fatwah –sentencia de muerte de cumplimiento obligatorio para los musulmanes– contra alguien, pero los llamados a asesinar al ciberactivista formulados por la horrorosa Sarah Palin y por el ignoto Tom Flanagan, asesor del premier canadiense, no son algo muy diferente. Tampoco la manera en la que ha reaccionado el gobierno de Obama ante el caso es muy distinta a como habría actuado la parvada de halcones que presidía Walker Bush. O sí: tal vez si Wikileaks hubiese soltado sus revelaciones hace un par de años, Assange, en vez de estar en un calabozo de Londres, estaría secuestrado, y volando en un avión fletado por la CIA, con rumbo a algún centro de tortura y exterminio.

El problema no son las filtraciones, sino el retrato realista y horrendo que resulta, a partir de ellas, de la mayoría de los gobernantes que padece el mundo. El pensamiento en voz alta es casi siempre un ejercicio incómodo en la mayor parte de los tópicos y no hay conciencia personal o colectiva –de individuo, de corporación, de gobierno– que no esté cargada de reflexiones íntimas que, de no serlo, se volverían escandalosas e impresentables. La discreción es indispensable en cualquier orden de la vida humana y la diplomacia (que es, entre otras cosas, una máquina que sirve para decir con eufemismos lo que se piensa en lenguaje llano) ha sido, y es, un instrumento civilizatorio fundamental. Pero nada de lo anterior exime a nadie, a ninguna organización humana, de conducirse en forma ética: es lícito pensar cuantas cosas malas vengan a la cabeza; todo mundo dice, sotto voce, palabras que serían inaceptables en público. Pero en el convertir o no esos pensamientos y expresiones en actos indebidos reside la diferencia entre un comportamiento correcto y una conducta sociopática.

Wikileaks, Assange y Bradley Manning, el soldado estadunidense acusado de haber entregado al sitio internético miles de documentos secretos sobre las atrocidades de guerra cometidas por Washington en Afganistán, son los principales responsables de lo que podría convertirse en una revolución de la verdad, hagan lo que hagan los gobernantes inescrupulosos y los poderes fácticos que controlan a buena parte del mundo. Puede ser, a condición de que las ciudadanías se vuelquen en forma masiva en defensa del derecho a informar y a informarse.

Ante el acoso político-empresarial que sufre, Wikileaks ha conseguido el alojamiento en muchos sitios-espejo dispersos por el mundo. En este enlace hay una lista de ellos:

http://databasept.web44.net/wikileaks-mirrors/mirrors.html

En lo inmediato, el apoyo monetario es crucial para que Wikileaks pueda seguir cumpliendo su tarea y para que la defensa legal de Assange cuente con fondos. Toda vez que Visa, MasterCard y PayPal han hecho imposibles las donaciones vía tarjeta de crédito, la única manera de hacerlas es por medio de transferencias bancarias a cualquiera de estas cuentas:

Skulagötu 19, 101 Reykjavik, Iceland
Landsbanki Islands Account number 0111-26-611010
BANK/SWIFT:NBIIISREXXX
ACCOUNT/IBAN:IS97 0111 2661 1010 6110 1002 80

Bank Account: 2772812-04
IBAN: DE46 5204 0021 0277 2812 04
BIC Code: COBADEFFXXX
Bank: Commerzbank Kassel
German BLZ: 52040021
Subject: WIKILEAKS / WHS Projekt 04

Quienes tengan cuenta en algún banco, por favor acudan a una sucursal y transfieran algo de dinero a Wikileaks. Aunque sea cinco dólares o cinco euros. Pero no basta con eso. Se requiere también de un apoyo sostenido de la gente a ese y a otros sitios y medios que cuentan la verdad.

Tras la torva detención de Assange en Londres han empezado a ocurrir ciberataques a los sitios de Visa y de Mastercard. Quienes no somos hackers podemos recurrir a algo menos divertido pero no menos contundente: cancelar toda operación o cuenta con Amazon, Mastercard, Visa y PayPal. Es perfectamente posible vivir sin los servicios de esos y otros cómplices de la inmoralidad extrema.

* * *

Empecé El último suspiro del Conquistador con la idea de resolver la historia en dos o tres entregas. Fueron 64. Lamento que algunas personas se hayan aburrido y celebro que otras se hayan divertido con eso que terminó siendo una novela por entregas. Los comentarios de ustedes fueron fundamentales en el proceso de ir inventado la trama, y cuando, la semana pasada, apareció el último capítulo (un duende tipográfico borró la palabra Fin de esa entrega, lo que generó alguna duda sobre si se había llegado al final de la historia), recibí un par de reclamos por quienes estimaron que el desenlace había resultado abrupto, precipitado y al aventón. No niego que puedan estar en lo cierto, aunque a mí me habría gustado terminar 10 o 20 capítulos antes. Como lo hice en este primer tratamiento de la historia, tomaré en cuenta sus opiniones para convertir esos 64 episodios deshilachados en un libro coherente. Ya les aviso. Gracias por haber leído, por las muchas palabras de aliento, de crítica y de reflexión que recibí en el año y tres meses que duró el empeño. Descansemos unas semanas y en enero volvamos a navegar. Vaya esto de colofón:

No ha sido buena, fácil ni sucinta
toda esta narración del alma en pena
que, prisionera, cumple su condena
en el frasco robado por Jacinta.

Podemos dar la trama por extinta
y la leyenda fin, tener por buena,
cuando rebasa ya la sesentena
y en otro frasco se agotó la tinta.

Mas del relato al fin, no será cierto
que Hernán Cortés, enfermo de sí mismo,
esté definitivamente muerto,

pues ya ven lo que ocurre: esta carroña
muere una eternidad, y otro organismo
le sirve de aposento a su ponzoña.