Opinión
Ver día anteriorJueves 9 de diciembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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WikiFloods
Jorge Eduardo Navarrete
N

adie duda que se enfrenta mucho más que una filtración, de las que se producen de tiempo en tiempo con consecuencias más o menos trascendentes. Esta vez se trata de una verdadera inundación: un cuarto de millón de despachos diplomáticos, algunos de data muy reciente, provenientes de embajadas y consulados estadunidenses en todo el mundo, literalmente. Cables que no fueron redactados para hacerse públicos, sino tras largos periodos y, algunos de ellos, quizá nunca. Documentos que no incluyen los más impenetrables –los etiquetados sólo para los ojos del presidente, frase preferida por los autores de novelas de intriga internacional.

Se supo desde el principio que los cables más secretos, como los originados en otras dependencias –Defensa, Consejo Nacional de Seguridad, por ejemplo– no estaban alojados en los servidores de los que se extrajeron los textos que fueron puestos en manos de Wikileaks.

Mientras no se demuestre lo contrario, hay que atribuir a quienes directamente se apoderaron de los cables motivos políticos altruistas: romper o rasgar el velo de cerrada opacidad que hace de la diplomacia y la política exterior uno de los ámbitos menos transparentes. Es claro que una operación de esta naturaleza tiene sus costos y en este caso el más alto ha correspondido a la diplomacia estadunidense y a sus estilos y procedimientos.

Pienso que Wikileaks se sintió abrumada por el volumen de la información recibida y no tuvo empacho en reconocer, al menos de manera implícita, su incapacidad para procesarla en forma directa. Por ello delegó esa tarea en cinco medios de prensa, procurando un cierto equilibrio geográfico e idiomático. Es claro que se quedó corta. Dos o tres medios prestigiados del mundo en desarrollo debieron quedar incluidos para asegurar mayor variedad en los criterios que gobernarían la selección y la secuencia de divulgación de los materiales.

Las revelaciones, iniciadas hace 12 días, continuarán capturando la atención de la opinión publica mundial por semanas o meses. Cuando el polvo se asiente, cuando retorne la tranquilidad perturbada ahora por los enfoques y reacciones amarillistas y excesivas, podrá verse qué conocimientos valiosos habrán de derivarse de esta wikifiltración con proporciones y alcances de wikinundación.

Conviene recordar, desde luego, el más egregio de los antecedentes. La filtración de los papeles del Pentágono realizada hace 30 años por Daniel Ellsberg. El carácter reservado de la información y su apropiación no autorizada no impidieron al New York Times reconocer su inmenso valor informativo y proceder a su divulgación, a pesar de la tormenta de invectivas y amenazas que se abatió sobre Ellsberg.

Hay un evidente paralelo con las censuras y acciones que ahora se enderezan contra Julian Assange y su organización. Es difícil justificar el acoso de que son víctimas: privarlas de sus plataformas informáticas y sostenes financieros, alimentados con aportaciones voluntarias, con argumentos claramente banales; excluirlas de los sistemas de búsqueda en la red, alegando incumplimiento de vagos requisitos o criterios administrativos; negar la fianza al inculpado tras su presentación voluntaria en una estación de policía londinense, dejando en claro que no pretende evadir la acción de la justicia, son reacciones excesivas e injustificadas que sólo aumentarán la simpatía con que son vistos en amplios sectores de la opinión pública.

Sin tener una idea del contenido del conjunto de documentos liberados es difícil enjuiciar los criterios a los que han acudido los medios a los que se encomendó la divulgación y el ritmo y secuencia de ésta. A primera vista parecería que se optó por divulgar primero los despachos referidos a las zonas calientes del momento.

Así, cables referidos a Irán (74, según la cuenta de The Guardian al 7 de diciembre), Pakistán (61), Afganistán (59), países de Medio Oriente (33) e Irak (20) han sido los más difundidos. Un enfoque no carente de amarillismo –característica no exclusiva de ciertas notas periodísticas– tiñe los despachos divulgados sobre Francia, Libia, Nicaragua, Rusia y Venezuela, por ejemplo.

El País ha dado especial prominencia a los despachos referidos a España y América Latina. Lo que he podido leer hasta ahora no contiene elementos que provoquen terremotos o inundaciones. Más bien se confirman circunstancias o apreciaciones ya conocidas, precisamente porque la información original pudo estar basada en los despachos que ahora se divulgan.

Un ejemplo de esto se halla en las apreciaciones sobre la eficiencia y honestidad de las fuerzas del orden en México. Los juicios despectivos contenidos en algunos cables ya habían sido mencionados, sin citarlos directamente, en declaraciones de funcionarios estadunidenses. En un número de casos mayor del que sería de esperarse, tratándose de un servicio diplomático profesional, los contenidos son abiertamente banales. Como hizo notar un comentarista, no ayuda mucho a nuestra comprensión del mundo saber que el jefe de Estado de Libia tiene preferencia por las mujeres eslavas, altas, rubias y esbeltas, mientras en el caso del jefe de gobierno de Italia, como el don Giovanni de Mozart, sua passion predominante é la giovin principiante.

Mucho más preocupante es, como subraya Timothy Garton Ash en The Guardian el 28 de noviembre, la naturaleza de las instrucciones que, en ocasiones, el Departamento de Estado remite a sus agentes diplomáticos: “Es muy perturbador –escribe– encontrar cables firmados por Hillary Clinton que parecen indicar que se instruye a agentes diplomáticos regulares realizar tareas que se esperaría fueran confiadas en todo caso a espías de baja estofa, tales como averiguar detalles del uso de tarjetas de crédito o información biométrica de funcionarios de la ONU”. Es natural que resulte embarazoso que estas cosas salgan a luz.

Una palabra sobre la reacción de la cancillería mexicana. Junto con Libia, es quizá la única que ha puesto en duda la autenticidad de los cables divulgados, al hablar de documentos cuya autoría se imputa a la diplomacia estadunidense (Comunicado 395, 2 de diciembre de 2010). Incurre además en un acto fallido clásico: desestima el contenido de los cables porque incluyen un énfasis subjetivo por parte de quien los elabora en lo que considera que es del interés de sus superiores. Es curioso, dada esta apreciación, que uno de los cables señale que Calderón advirtió al jefe estadunidense de inteligencia la necesidad de que EU reconociera el peligro que significa la actividad diplomática de Libia en América Latina. Precisamente lo que ese superior quería oír.