Opinión
Ver día anteriorJueves 9 de diciembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Sin sangre
Olga Harmony
E

n corta temporada que se prolongará en 2011, y con el apoyo de importantes instituciones culturales, se presenta la adaptación que hicieron José Caballero y Silvia Ortega Vettoretti de la novela corta Sin sangre del escritor italiano Alessandro Baricco, con dirección de ambos adaptadores y en traducción de Caballero. El texto original da nombres en español a los protagonistas del relato lo que, según palabras del traductor en el programa de mano, podría ser una inconsciente –o no tanto, añado yo– manera del autor de referirse a las crueldades habidas en muchos lugares de Iberoamérica, con un generoso llamado a hacer las paces con el pasado. En versión también teatral chilena, Sin sangre se presentó en un festival de Buenos Aires e ignoro las reacciones de los públicos de ambos países, pero deben haber sido muy encontradas ya que los sectores más progresistas de los países sudamericanos que sufrieron crueles dictaduras se han resistido a las leyes de perdón y olvido, con heridas que sólo cicatrizarán cuando sean enjuiciados los verdugos –sin sangre pero con justicia–, lo que sigue dividiendo a sus sociedades. Lo mismo ocurre con España y la persecución al juez Baltasar Garzón por poner en el banquillo de los acusados a los criminales franquistas lo demuestra, por lo que lo que asimilen los espectadores dependerá del contexto, la información que tengan e incluso su tendencia ideológica como ocurre con todas las historias que sustentan alguna tesis social o política.

Bienvenida, pues, una escenificación que puede llevar a debates aun entre nosotros los mexicanos. Tanto José Caballero como Silvia Ortega Vettoretti optan por el teatro narrado, ya sea que lo cuenten los dos protagonistas o los cuatro narradores que intervienen, a partir de la llegada de la mujer hasta el tenderete del viejo, desde el presente que se extiende hasta el final del montaje, con retrospectivas escenificadas por actores que encarnan a los narradores y con apoyo de videos de Armando Zafra, entre los que destaca el reiterado de la granja de Manuel Roca en donde se inicia la serie de venganzas y con hincapié en un caracol, quizás metáfora del devenir de los años o la lentitud de los tiempos de venganza. La trama se hila de tal modo que poco a poco se adivinan las identidades verdaderas y antaño antagónicas de la mujer, que es Nina y del viejo que resulta ser Pedro Cantos y el papel que jugaron en el antiguo drama, aunque las posibilidades de un añoso amor y el final de la historia se antojen más soluciones de autor para reforzar una tesis que hechos verosímiles, pero eso sería culpa de Baricco y no de los adaptadores que hicieron un trabajo muy encomiable.

La labor de dirección al alimón de Caballero y Ortega Vettoretti es muy pareja, tanto que no se pueden distinguir los trazos de uno de los de la otra que resultan igualmente afortunados. En un escenario diseñado por Jorge Kuri Neumann, consistente en dos óvalos superpuestos, uno central blanco y otro exterior negro que giran en diferentes sentidos mediante poleas manejadas en un extremo por los actores narradores, con muy pocos adminículos que se tornan en otros y los videos antes mencionados se dan los tres escenarios –iluminados por Kuri Neumann y Patricia Gutiérrez Arriaga– en que Nina y Pedro Cantos desarrollan la historia, privando la del bar en donde los narradores hacen las veces de meseros, pero también actúan las escenas retrospectivas como actores comodines (Pedro Astiazarán, Juan Manuel Bernal o Miguel Loyo, Carlos Alberto Orozco y Miguel Alvarado) que cumplen con gran dignidad sin desmerecer de esos excelentes actores que son Silverio Palacios como el Viejo y Lucero Trejo como Mujer que conforman un dueto actoral de primer orden y a los que querríamos ver más seguido en nuestros escenarios. La escenificación se apoya con el grupo de jazz formado por Carlos Alberto Orozco al piano, Rodrigo Valenzuela contrabajo, Julio Espinosa saxofón, Ernesto Juárez batería y la voz de Luz Haydée Bermejo con música original y arreglo de canciones de Alberto Rosas, el vestuario diseñado por Georgina Stepanenko y la caracterización de Amanda Schmelz.