Cultura
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La vida en la danza
Bailaron como los dioses
Pablo Espinosa
 
Periódico La Jornada
Viernes 10 de diciembre de 2010, p. 5

La tarde del domingo 28 de noviembre marcó impronta en la vida de muchas personas que han entregado la vida a un proyecto monumental: la danza.

El epicentro fue el matrimonio formado por Sandra Bárcenas y Raúl Fernández, quienes esa tarde coronaron una carrera deslumbrante.

En el flamante, por recién remozado, máximo foro cultural de México, llevaron a cabo la decisión que tomaron juntos: retirarse justo cuando están en la cúspide.

Así, delegaron el cargo de primer bailarín que cada uno de ellos tenía en la Compañía Nacional de Danza (CND). Y lo hicieron de manera portentosa: protagonizaron con derroche de dominio técnico, alarde creativo, emoción crispada en cada uno de sus músculos, la coreografía del sudafricano John Cranko, que a su vez sustituye a la de Marius Petipa, para el relato con cuerpos del texto de Alexander Pushkin: Onegin, con música de Chaikovsky.

Chas chas chas. En los silencios improbables de la Orquesta de Bellas Artes, también formidable desde el foso, se escucha algo mejor que el volar de una mosca: el sublime revoloteo de la carne y su roce infinitesimal de muslo contra antepierna, rodilla contra el viento, pantorrilla que se estrella y se forma en milésimas de segundo una tortilla de tejido óseo contra los andamios invisibles del aire. La música más íntima del cuerpo cuando baila. Chas chas chas.

Hay una expresión metafórica que describe el rendimiento artístico de Sandra Bárcenas y Raúl Fernández la tarde de su despedida de los escenarios: bailaron como los dioses.

La gran familia de la danza: al final de los tres actos, los gritos de aprobación se desgranaron desde el tercer piso y recorrieron el segundo y el primero y todo el butaquerío, también flamante, del Teatro de Bellas Artes e inundaron todo el coso, mientras decenas de flores volaban desde los balcones hacia el proscenio. Algunas de esas flores quedaban sembradas, tallos verdes diamantinos, en las manos de alguna de las excelentes atrilistas de la Orquesta de la Ópera, en el foso (Dominique Petrich, por ejemplo, en primer plano sonoro con su violonchelo).

No solamente emotiva ceremonia transcurrió sino llena de significados. Subieron al proscenio otros primeros bailarines de la CND que también tomaron, hace años, la decisión de retirarse de los escenarios: Tihui Gutiérrez y Sylvie Reynaud, actual directora de esa compañía, entre otros.

La presencia más significativa: las de Julieta Gutiérrez Bárcenas, a sus 10 años bien plantada en el escenario, cuerpecito erguido, botas de bailarina de civil, en posición de danza, mientras su hermano, Darío, a sus siete años también firme en escena. A ellos y a otros quehaceres de la danza dedicarán ahora el tiempo sus papás: la capitalina Sandra Bárcenas y el cordobés Raúl Fernández. Bailan como dioses, viven su vida de personas nobles y buenas. Esas existencias que conforman patria, identidad, orgullo, progreso.

Porque elegir entregar sus cuerpos como instrumentos para crear belleza y al mismo tiempo entregar sus almas a una vida noble, son valores definitiva y absolutamente culturales.

Sandra Bárcenas y Raúl Fernandez, como todos aquellos que entregan su vida a un proyecto monumental: la danza en sus vidas, tienen la admiración, el reconocimiento y sobre todo el agradecimiento de miles de mexicanos.

¡Enhorabuena¡