Sociedad y Justicia
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Mar de Historias

Luces de bengala

Cristina Pacheco
L

a historia de aquel diciembre inolvidable está asociada a mi primo Rafael: ojos amarillos, pómulos salientes y hombros huesudos. A los seis años quedó huérfano de madre. Mi tío Herminio, su padre, tuvo que llevárselo a su carpintería: un cuarto hecho de láminas, siempre cubierto de aserrín, repleto de tablones, lienzos y muebles desvencijados. El techo era una lona amarilla que, a la luz del sol, lo bañaba todo de un color áureo que convertía el taller en una especie de gruta mágica. Tal vez a ese efecto se hayan debido la extraordinaria imaginación de mi primo y su eterno optimismo.

A la muerte de su padre, Rafael quedó al frente de la carpintería. En diciembre, cuando se le cargaba el trabajo, nos pedía a los niños de la vecindad que lo ayudáramos con las tareas menudas a cambio de darnos refrescos de grosella, panes dulces y unas cuantas monedas para que, por consejo suyo, compráramos luces de bengala.

Explica su exigencia el hecho de que frente a nuestra vecindad hubieran construido para los trabajadores de la fábrica de vidrio una serie de casitas de una sola planta y con un pequeño jardín. Por el simple hecho de vivir allí los considerábamos ricos.

Los niños de esa unidad nunca nos invitaron a celebrar con ellos las posadas. Las disfrutábamos desde el quicio de la vecindad cantando la letanía o sumándonos al coro en el momento en que ellos iban a romper la piñata: ¡Dale, dale, dale/ no pierdas el tino/ porque si lo pierdes/ pierdes el camino! Al final encendíamos nuestras luces de bengala. Su fugaz resplandor nos igualaba por unos instantes con los niños ricos.

Muchas veces mi madre se dolió de que nosotros no pudiéramos festejar la Navidad de la misma forma en que lo hacían nuestros vecinos. A su lamento se sumaban muchos otros. El único optimista era Rafael: Calma, calma, ya verán que el año que entra, a estas horas, estaremos celebrando nuestras posadas y preparándonos para la cena. Sí, claro, decía mi madre sin esperanza, tomando los buenos deseos de mi primo Rafael como otra más de sus locuras.

II

Nunca olvidaré aquel 19 de diciembre. Al entrar en la carpintería, en vez de saludarnos, mi primo nos mostró un sobre. Estaba dirigido a él en términos de Afortunado suscriptor. Durante unos segundos nos mantuvo en suspenso acerca de su contenido y al fin extrajo la carta en la que sobresalían una cifra –5 mil pesos– y una llave garigoleada. ¿Qué creen que es esto? Nuestra imposibilidad de responder le brindó ocasión de darnos la buena noticia:

Al fin, después de nueve años de estar suscrito a una publicación deportiva, había sido premiado con un bono de 5 mil pesos. En nuestras condiciones, la cifra significaba todo el dinero del mundo, más que suficiente para celebrar en la vecindad el resto de las posadas y tener una cena colectiva con pavo, uvas y sidra burbujeante digna de provocar la envidia de nuestros enemigos: los niños ricos.

Corrimos a darle la buena noticia a mi madre. Ella se la comunicó a nuestras vecinas. Juntos fuimos a la carpintería para felicitar al primo Rafael. La carta pasó de mano en mano hasta que llegó a mi padre. Con expresión adusta señaló un renglón escrito con tinta roja: Oigan esto: En enero, al renovar la suscripción, usted podrá hacer efectivo este bono.

Por supuesto, mi primo Rafael lo había leído y solucionado el escollo que significaba la demora en el cobro: adquiriría en las tiendas y en el mercado en donde era muy conocido todo lo necesario para nuestras celebraciones. Ninguno de los proveedores le negaría el crédito y menos si él les mostraba la carta con la llave garigoleada: señal inequívoca de que tenía acceso al cofre del tesoro.

III

Aquella mañana, bajo la luz dorada que bañaba el taller, se tomaron decisiones. Por lo pronto, cerrar por unas horas la carpintería para que Rafael pudiera respaldar con su carta las compras. Para hacerlas fueron designadas mi madre y Justina, la portera a quien se atribuían poderes curativos y una sazón incomparable demostrada en las fritangas que vendía por las noches en el quicio de la vecindad.

Nunca habíamos vivido nada tan emocionante, así que a los tres compradores se sumó quien quiso. Todos fuimos testigos de los poderes mágicos de aquella carta que nos autorizaba a entrar en las tiendas y en la pastelería para ordenar lo que hasta ese momento había sido inalcanzable: pasas, nueces, dátiles, colaciones, chocolates, tartas glaseadas rellenas de merengue.

En el mercado, a los niños nos concedieron el privilegio de elegir las piñatas: una estrella de siete picos, un barco y una princesa con vestido de papel crepé. Eran muy pesadas. Regresaríamos por ellas más tarde, cuando Lázaro, nuestro vecino dedicado a las mudanzas, pudiera facilitarnos su camioneta de redilas.

La compra del pavo en el obrador de Cos fue un momento solemne. Aún recuerdo la circunspección con que mi madre hundía los dedos en la carne maciza de los pavos a fin de optar por el que, según ella, era el de mejor calidad. El primo Rafael, convertido en nuestro afortunado beneficiario, decidió que se cocinara en mole. Eso tarda, sentenció Justina y corrimos al molino de chiles propiedad de don José: un hombre redondo y calvo. La abundancia de vellos en los brazos y los pelos que le salían por las orejas y las hornillas de la nariz le daban el aspecto de uno de esos borreguitos de barro sobre los que germinan las semillas de chía.

IV

Fatigados por tanta excitación entramos en la nevería de las Camilas. Madre e hija eran oriundas de Michoacán y practicaban el recetario de un antepasado heladero. En el establecimiento todo era verde. Como si fueran retratos de familia, las fotografías de las especialidades adornaban las paredes: banana split, tres marías, fresas con crema, leches malteadas.

A la voz de mi primo Rafael –¡Pidan lo que quieran!– ocupamos los gabinetes con bancas corridas. A los niños nos acomodaron en los del fondo. De una mesa a otra nos ofrecíamos probaditas de helado o comentábamos los sabores sin prestar atención a las fastidiosas advertencias de los adultos: Niños: no coman tanto porque se van a enfermar. Tere: el helado está muy frío y tú acabas de tener gripa. Mejor tómate un flan. Nena: ¿para qué lo pediste si sabías que no ibas a acabártelo?

Mi madre, poco habituada a ir a restaurantes, a cada momento limpiaba con una servilleta de papel las gotitas de helado o de refresco que caían en la mesa. Cada vez que se acercaba algún empleado para ver que estuviéramos bien servidos, doña Justina pedía una bolsa para llevarse los trozos de pastel y galletas dejados en los platos.

Llegó la hora de pedir la cuenta. Mi primo Rafael le entregó a la mesera la carta mágica y le pidió que se la llevara a su jefa. Mi madre pensó que debíamos dejar la propina en efectivo. Justina opinó que fuera una cantidad razonable. Estaba discutiéndose el monto cuando Camila, la mayor de las dueñas, apareció enarbolando la carta como si fuese una bandera: ¿Para qué me mandaron esto?

Con su espléndida sonrisa mi primo Rafael la hizo leer el renglón en donde lo señalaban como el ganador de los 5 mil pesos y agregó: En enero, cuando los cobre, vendré a pagarle. Usted me conoce y sabe que soy derecho. Camila permaneció con la boca abierta hasta que al fin pudo hablar: Eso no vale. Todos los suscriptores de la revista recibieron un mensaje igual, entre ellos mi hijo. ¿Qué no leíste lo que dice atrás?

Mi primo Rafael tomó la carta y nos leyó la aclaración escrita con letra menuda en el reverso: “Como una cortesía para nuestros suscriptores, en enero recibirán nuestra publicación conmemorativa: 5 mil pesos. El principio de un imperio editorial y la llave del éxito. Memorias de un luchador con tinta en las venas. Nuestro desaliento superó las dificultades para juntar el dinero de la cuenta, incluida la propina.

Quedaba un problema por solucionar: ¿qué hacer con las compras adquiridas a crédito? Mi madre sugirió que las devolviéramos. Mi primo Rafael opinó lo contrario. Su optimismo le permitía suponer que, en las pocas semanas que faltaban para enero, juntando parte de las tandas y las ganancias extra, entre todos lograríamos reunir lo necesario para saldar la deuda. Era un sueño imposible, pero quisimos creerlo.

En enero mi primo traspasó su carpintería. Con parte del dinero pagó todas las deudas. Enseguida se fue del barrio dejándonos el recuerdo de la más hermosa de nuestras navidades. Espero que Rafael regrese a visitarnos. Cuando lo haga voy a preguntarle si en verdad no había leído el reverso de la carta mágica o si lo ignoró a propósito, para que al menos durante un diciembre nuestra alegría infantil durara un poco más que el chisporroteo efímero y brillante de las luces de bengala.