Opinión
Ver día anteriorViernes 7 de enero de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Eso que llaman comunalidad
Gilberto López y Rivas
J

aime Martínez Luna, conocido intelectual zapoteco, publica un libro de obligada lectura: Eso que llaman comunalidad (Colección diálogos, Pueblos originarios de Oaxaca, Conaculta, 2010). Prologado con agudeza por Gustavo Esteva, la obra compila una hilvanada cuenta de capítulos que bordean acerca de lo que el autor –y el prematuramente fallecido antropólogo mixe Floriberto Díaz– definieron como comunalidad. El propio Jaime caracteriza su trabajo como “materiales que leídos de manera integral… se nos ofrecen como resultado de una investigación cotidiana de una actividad intelectual comprometida en todos los ámbitos de la vida comunitaria”.

Recordemos que durante el diálogo entre el EZLN y el gobierno federal, del que resultaron los incumplidos acuerdos de San Andrés (1996), fueron asesores de los pueblos de Oaxaca quienes en el debate en torno a la autonomía lograron construir los consensos solicitados por la comandancia zapatista para llegar a la firma de esos históricos documentos. Esa capacidad de convencimiento se debió a la coherencia del planteamiento de la comunalidad.

Martínez Luna reflexiona acerca de la etnocida empresa colonial, cuyo monarca ordenó callar a todo un continente a partir de la supuesta superioridad de una civilización que lo único que le distinguía era su sed de oro. El por qué no te callas de hace siglos, revivido por el rey de la España contemporánea en prepotente interpelación dirigida a Hugo Chávez, puede responderse muy fácilmente –afirma nuestro autor– porque estamos vivos (...) América originaria y la que ha surgido de la conquista ha dejado de ser súbdita, como tal expresa en su lenguaje lo que considera pertinente.

Esa pertinencia lleva a una crítica a las raíces de la conquista a partir de la dignificación del pensamiento de los pueblos originarios, de su energía, conocimiento, redescubrimiento e incluso reinvención. Somos comunalidad, lo opuesto a la individualidad, somos territorio comunal, no propiedad privada; somos compartencia, no competencia; somos politeísmo, no monoteísmo. Somos intercambio, no negocio; diversidad, no igualdad, aunque a nombre de la igualdad también se nos oprima. Somos interdependientes, no libres. Tenemos autoridades, no monarcas. Así como las fuerzas imperiales se han basado en el derecho y en la violencia para someternos, en el derecho y en la concordia nos basamos para replicar, para anunciar lo que queremos y de-seamos ser.

En su argumentación, que suma resistencia y existencia, Martínez Luna critica el raciocinio colonial, incluso antropológico y literario, que ha interpretado el pensamiento indígena. No obstante, el autor no cae en un maniqueísmo dicotómico.

Es consciente de que el pensamiento actual de los pueblos indígenas es producto de la contradicción entre lo originario y lo impuesto: “en el violento cruzamiento de dos civilizaciones podremos encontrar la explicación del comportamiento actual de nuestros coterráneos… nuestras comunidades no son puras, precisamente porque somos resultado permanente de presiones externas y energías internas que nos plantean una situación nueva cada vez”.

Reconociendo esta dialéctica de la realidad indígena, Martínez Luna establece las tendencias intrínsecas y entremezcladas de cada fuente civilizatoria: lo occidental, ligado a los estados-nación, a la noción antropocéntrica del universo, a la comprensión de la naturaleza como mercancía, como materia prima, como objeto de compra venta, a la individualidad, a lo que el autor denomina homólatra, versus la perspectiva comunitaria considerada naturólatra, basada en la relación con la naturaleza y a los seres humanos como parte de ella, en la comunalidad que se desarrolla en los espacios de la región, en el actor colectivo.

Un aspecto central de la imposición de los valores coloniales es el sentido del poder, del poder de un hombre sobre otro. La sumisión a un dios, a un maestro, a un corregidor, a un virrey, a un rey. Es decir, entender que siempre tienes a otro hombre que es superior a ti, a quien le debes obediencia, no sólo respeto, sino sumisión. El poder lo vemos y lo sentimos ahora en el padre de familia, en el maestro de escuela, en el cura, en el diputado, en el funcionario, en el senador, en el presidente de la república, etcétera.

Uno de los capítulos más esclarecedores refiere a la comunalidad y la autonomía, y en él se elabora en torno a sus bases sustantivas e integrales: territorio, economía, educación, jurisprudencia, cultura, y acertadamente Jaime afirma: Quizás en ningún momento de nuestra historia los pueblos indígenas habíamos tenido una coyuntura histórica tal, en la que el análisis sobre nuestra autodeterminación fuera la ventana más segura para garantizar nuestra sobrevivencia como pueblos, como sociedad.

Base fundamental de la vida comunitaria es la asamblea, el espacio de la democracia participativa, la instancia que se fundamenta en el consenso, la diversidad y la pluralidad. Por ello, el Estado ha buscado su manipulación, mediatización o destrucción, objetivo logrado en muchos casos.

También Jaime expone otras instituciones que reproducen la comunalidad: el respeto a los cargos de representación, la responsabilidad en el trabajo comunitario y la participación en la fiesta; éstos, junto con los mencionados, mantenimiento del territorio y defensa de la asamblea, alimentan planos identitarios de carácter primario, seleccionados por su trascendencia histórica y por dar base y energía a los procesos de resistencia ante la imposición de valores y modelos de vida no aceptables por la comunidad.

Martínez Luna comparte toda la riqueza de un pensamiento original, provocativo, iconoclasta, despojado de complicidades con lo establecido en la academia o la política. Su obra estimula la imaginación, induce a la discusión y al pensamiento libre de ataduras y rutinas.