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Crisis en Haití
Denuncian manipulación de Preval para no dejar el poder al terminar su periodo
 
Periódico La Jornada
Viernes 21 de enero de 2011, p. 3

Desde su despacho acondicionado a espaldas de las ruinas del Palacio Nacional, en la fantasmagórica Avenida de la República, en Puerto Príncipe, René Preval manipula los tiempos legales y políticos para no abandonar el poder el 7 de febrero, como establece la Constitución. Ha declarado su intención de mantener la presidencia hasta el 14 de mayo. O más allá, si puede, advierte el director de Radio Kiskeya, Marvel Dandin, en entrevista con La Jornada.

Preval, político aparentemente tímido y sin dotes de comunicador, es, en realidad, un hombre que conoce el juego del poder, que se mueve en las altas esferas desde hace 20 años y que, según nos explica Frantz Duval, director de Le Nouvelliste, tiene en la mano todos los hilos para controlar su sucesión, manipulando incluso las presiones internacionales.

Por lo pronto, justo cuando una recomendación de la OEA lanzaba a Preval contra las cuerdas y sacaba de la terna para la segunda vuelta electoral a su delfín, Jude Celestin, candidato de la Inité, una cortina de humo bajó el domingo de un avión de Air France, en la figura del ex dictador Jean Claude Duvalier.

Hoy día, la especulación mediática se centra en saber si el heredero de la negra leyenda duvalierista se decide a perder su billete de avión de regreso a Francia y sigue provocando olas en el escenario político, o si el golpeado Poder Judicial tendrá la envergadura suficiente para llevar a juicio al antiguo tirano, acusado de robo, fraude y crímenes de lesa humanidad.

En tanto, otra tormenta, mucho más peligrosa, se forma en el horizonte, hacia los rumbos de Sudáfrica. Jean Bertrand Aristide, otro ex presidente en el exilio, pero éste sí con fuerza capaz de desestabilizar el tablero, prepara su retorno, después de su violento derrocamiento en 2004. El ex cura presidente, que representó en un primer momento la esperanza de la democracia para un país que se liberaba apenas de la pesadilla duvalierista y que al cabo de los años sumió a su país en el caos, ha anunciado su voluntad de regresar. Sus bases sociales, siempre nostálgicas y fanatizadas, organizan en los barrios más pobres veladas de oración para su retorno.

–¿Aristide sigue siendo un factor que juega en el escenario político?

–Ah, sí –responde Dandin, el locutor más popular de una de las radios de mayor audiencia–. Sigue teniendo una base social incondicional en capas populares muy marginales. En estas elecciones él prefirió guardar su opinión, pero si él hubiera manifestado su preferencia por alguno de los nueve o 10 candidatos cercanos al movimiento Lavalás, ese hubiera ganado. Sin duda.

Además de Aristide, hay otros dos ex presidentes en el exilio, militares golpistas ambos, que podrían también querer contribuir al escenario de caos que se avecina: Henri Namphy (derrocado en 1988) y Raoul Cedras (expulsado por los marines en 1994).

Enfermedad crónica de los presidentes haitianos

Aquí hay mucha historia. Esto de querer aferrarse al poder es una enfermedad crónica de los mandatarios de Haití. Pasó antes del duvalierismo, durante el reinado de la casa Duvalier y también con Jean Bertrand Aristide, que no se proclamó presidente vitalicio pero que manipuló para colocar en el poder a su sucesor para volver al Palacio Nacional al siguiente término. Lo mismo que ahora Preval.

–¿Cuál puede ser la consecuencia? ¿Una sublevación popular?

–Va a pasar. Hay que ver qué pasa después del 7 de febrero. Cualquier cosa puede suceder.

En este contexto, la comunidad internacional –OEA, ONU, Estados Unidos y Francia– busca desbloquear este impasse al costo que sea, así sea con una solución superficial y poco democrática, se lamenta el periodista. Al no encontrar condiciones para anular la primera vuelta electoral, que reconocen viciada, buscan realizar la segunda para darle cierta legitimidad al proceso. Está de por medio el desembolso de 10 mil millones de dólares.

–¿Cómo deja el gobierno Preval?

–Mi impresión es que no quiere dejarlo, para empezar. Aunque probablemente no pueda conservarlo. Si en el país hay un consenso, ése es que Preval debe irse a su casa este 7 de febrero, aunque hay diplomáticos que estiman que si el presidente se queda un par de meses más no es tan grave. Me va a disculpar, pero los extranjeros no suelen entender bien el sentir de los haitianos. Puede ser también que llegue el 14 de mayo y todavía no exista un presidente electo.

–¿Preval ha cambiado o siempre incubó las ambiciones que ahora revela?

–Siempre fue el mismo. Quienes lo conocen lo saben, siempre tuvo el proyecto de quedarse en la presidencia.

Otra opinión es la de Frantz Duval. Responde a la entrevista mientras atiende la conducción de Le Nouvelliste –el decano de la prensa haitiana, con 113 años de vida– en un tejabán improvisado en el estacionamiento de un centro comercial, ya que el vetusto edificio del diario, en el centro histórico, está en proceso de restauración después del sismo. Se queja del papel de los organismos internacionales.

La recomendación de la OEA vuelve a jugar en condiciones de ambigüedad. Preval sigue teniendo la sartén por el mango.

Duval recomienda no perder de vista este 7 de febrero. Su apuesta es que el actual presidente seguirá despachando en la carpa del Palacio Nacional en ruinas después de esa fecha.

No hay que olvidar quién es Preval. Hace 20 años que está en el poder, como presidente, como primer ministro y como presidente nuevamente. Conoce todas las cañerías de la burocracia, sus hilos, sus puntos flacos. Tiene elementos para negociar casi con todo el mundo, con Mirlande Manigat, puntera en las elecciones y segura candidata a la segunda vuelta, con Michel Martelly, que probablemente compita contra ella, si hay segunda vuelta. Ambos vienen de fuerzas políticas débiles, con pocas fichas en el tablero. Aun si queda en la presidencia cualquiera de estos dos, él tiene todavía mucho peso para imponer su voluntad.

–¿Y qué quiere negociar?

–Impunidad, sobre todo. Para él y sus amigos. Él quiere pasar a la historia como el único presidente que no salió al exilio.