Opinión
Ver día anteriorMartes 25 de enero de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Huellas/trayectos
E

n la exposición Huellas/ trayectos, Perla Krauze no se postula como ejemplo de la ultravanguardia, ni siente que es radicalmente distinta o superior a las personas que no son artistas, parece compartir las vicisitudes de los ambientes y personas que la rodean, así como conocer, tanto sus propias posibilidades creativas, como sus limitaciones. No pretende la grandiosidad ni el propósito de impactar, sino la observación, el calibre y la atención en ciertos detalles que pudieran pasar desapercibidos, entre éstos están dos pequeñísimos ramitos de flores artificiales, que parecen naturales, incrustados en la base de los ventanales.

Eso sí, se sabe artista en el sentido en que establece una mediación de matiz antropológico y ecológico entre su yo y los elementos y técnicas que va encontrando para mostrar, más que demostrar, aquello que la mueve: el color, la densidad, las texturas, el peso, la ingravidez, los vacíos que pueden acotarse convirtiéndose en formas, la transparencia, la luz.

No simula sostener la creencia de que el trabajo artístico visual es una forma de escritura. Tampoco rehúye el aspecto decorativo, en el buen sentido del término, que los conjuntos deparan.

Es coleccionista, no de obras de arte, sino de objetos naturales o manufacturados, que pueden servirle para expresarse, y en esto ofrece analogías con su colega Roberto Turnbull, además de que algunas de sus predilecciones acumulativas le emparentan en cierta medida con algunas artistas congéneres, como Laura Anderson, Marina Lascaris y Yolanda Gutiérrez.

La diferencia consiste en que –fuera de los marcos va-cíos de cuadros– no recicla elementos que otrora tuvieron distinta función, como los ornamentos étnicos, palas de madera, cazos, etcétera.

Sus materiales pueden, o no, ser naturales, como el agua, y en los que no lo son deposita intensa atención sobre sus propiedades, como si se auxiliara de la química. Las obras que a primer golpe de ojo se perciben como ensamblajes de cuarzo son resinas ligeras sutilmente coloreadas.

De entrada a la sala, el espectador no advertido pudiera tener la impresión de encontrarse simultáneamente en una bodega más o menos ordenada o en el taller de la artista, a sabiendas de que se trata de una exposición.

Esta tendencia ha estado presente en otras muestras efectuadas en el mismo recinto, en la presente ocasión resultó muy afortunada. El circuito obedece a la misma forma de la sala, no hay divisiones que separen los apartados, pero a la vez es obvio que los conjuntos integran acomodos que obedecen a sus propias articulaciones.

Las que corresponden a objetos de tamaño pequeño dispuestos en bases tipo mesa o en estanterías, estilo que ha sido característico en exposiciones como las de Gabriel Orozco, resultan demasiado consabidas desde el ángulo museográfico, se diría que ya conforman una modalidad que al reiterarse una y otra vez provoca redundancia.

No así los conjuntos mayormente articulados, como el que casi da inicio al recorrido. Está pautado por un respaldo a modo de retablo acogiendo piezas casi transparentes que obedecen a una geometría blanda. Entre otras razones resulta hermoso debido a su coloración, las piezas simulan emitir luz interna –que no es el caso– aunque hay otras obras que sí obedecen al recurso de iluminación eléctrica.

La metáfora antropológica y ecológica siempre rehúye la mímesis. Ningún conjunto reproduce lo existente y quizá el ejemplo más contundente está en la poética instalación de la lluvia sólida que rubrica el recorrido.

Otro conjunto notable en cuanto a ideación de la artista es el amplio mural apaisado que reúne principalmente pinturas, mismas que ceden su identidad o su áurea a este diseño de reacomodo apoyado en mamparas, por sus extremos penetra el paisaje, ya que los ventanales no se encuentran obstruidos.

Esta sección está muy bien pensada en cuanto a diseño; ella dispuso las piezas, algunas son bastidores vueltos al revés, otras son pequeñas pinturas conclusivas, alguna en hoja de oro, otras en tonos intensos de rojo que se contrapuntean con las de tonos neutros, las hay también intervenidas con tajos al estilo del arte povera, más que al de Lucio Fontana.

Otro elemento es un enrejado que contiene piedras. La sección se cierra, de algún modo, mediante unas guías disparadas hacia los lados, que funcionan como contenedores de agua.

Desde mi punto de vista, la museografía coadyuva al logro expositivo de la artista, tanto a partir de organizaciones recientes, como de piezas aisladas que datan de muchos años atrás; ahora aparecen como elementos reciclados capaces de adherirse a la integración de otro tipo de obras.

¿Eso es una moda? Sí, y en este caso la adecuación es por demás afortunada.