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Leyendas de las calles
Ángeles González Gamio
Y

a hemos comentado que la antigua ciudad de México, que hoy conocemos como el Centro Histórico, muestra en sus construcciones su rica historia. Pero también la encontramos en los antiguos nombres de las calles, muchos de ellos inspirados en leyendas que frecuentemente se derivaron de un hecho real.

Algún gobierno del pasado tuvo la magnífica idea de colocar placas de azulejo en las esquinas con la antigua denominación. Hurgando en las obras de grandes cronistas como José María Marroquí, Artemio del Valle Arizpe y Luis González Obregón, hemos conocido el origen de muchos de los apelativos que le dieron su distintiva personalidad a la vieja ciudad.

Siempre nos intrigó el nombre de La Joya, que tuvo un tramo de la actual 5 de Febrero y que bautizó una zapatería, que actualmente tiene establecimientos por toda la ciudad. Según nos cuenta don Artemio, en dicha calle, esquina con Mesones, vivió en el siglo XVIII un opulento mercader español, de carácter arrogante e irascible, casado con una hermosa mujer de familia aristócrata.

Un mal día, el esposo descubrió una nota que habían deslizado por debajo de la puerta de un balcón. En ella le comunicaban los amores adúlteros de su mujer con un fiscal de la Inquisición. Controlando el primer impulso de enfrentar a su mujer, optó por buscar pruebas, por lo que al día siguiente avisó a su esposa que esa noche llegaría muy tarde.

Al caer la noche, embozado con su capa, pasó varias horas rondando su casa cuidándose de no ser visto; finalmente apareció la figura de un hombre igualmente cubierto, quien entró con sigilo a la mansión por uno de los balcones que le abrió delicada mano. Indignado y adolorido, esperó unos minutos e ingresó a la casona irrumpiendo iracundo en la recamara de su mujer, para enfrentar el momento en que el amante colocaba en la fina muñeca, un brazalete de oro incrustado de piedras preciosas.

Gritando imprecaciones se abalanzó sobre el fiscal, atravesándole el pecho con filoso puñal, mientras la infiel pedía perdón, a lo que el esposo contestó: ¡toma tu perdón!, al tiempo que hendía la misma daga en el corazón de la infiel. A continuación la despojó con violencia de la lujosa joya, salió a la calle y con el mismo puñal ensangrentado la clavó en el portón de la casa. Al día siguiente toda la ciudad se enteró del doble crimen y los curiosos se acercaron en multitud para ver la joya clavada en la puerta y desde entonces el vulgo bautizó con ese nombre el tramo de la calle, con el que permaneció por siglos.

Recordemos una leyenda que siempre pensamos como tal y que un reciente descubrimiento nos mostró que fue un hecho verdadero. La leyenda cuenta que durante una ceremonia en Catedral, presidida por el virrey, apareció una joven de gran belleza, de la que quedó prendado. Nadie le supo dar razón de su identidad, hasta que un día la vio pasar bajo el balcón de palacio en elegante carroza. De inmediato ordenó que averiguaran quién era; con gran desilusión se enteró que era doña Constanza Téllez, quien estaba despidiéndose de sus amistades, porque iba a profesar en el convento de Corpus Christi.

El virrey se convirtió en benefactor del convento y al terminar su encargo, fue llamado de regreso a España, adonde partió acongojado. Enteradas las religiosas, le enviaron para su consuelo la turquesa del anillo que al ingresar al convento llevaba en la mano sor Constanza.

Al poco tiempo de su regreso enfermó gravemente y ordenó que a su muerte, su corazón y la turquesa fuesen enviados a su amado convento de Corpus Christi. Durante los recientes trabajos de restauración del templo fue hallado el corazón, bien preservado, dentro de un pequeño arcón de plomo. Respetando la voluntad del virrey, fue vuelto a colocar en un nicho que lo preserve para siempre.

Y como estamos a unos pasos del Barrio Chino, que está en la calle de Dolores, vamos al restaurante Shanghai a comer unos pichoncitos asados y el clásico chop suey con arroz blanco.