Opinión
Ver día anteriorLunes 17 de octubre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Kilómetro 36
L

lovía a cubetazos y a Zertuche se le ponchó una llanta en el kilómetro 36, que describiría después como en medio de la nada. Rodó unos metros más, atentando estúpidamente contra el hule de su llanta, y detuvo al fin el Pointer al lado de un cobertizo de varas y palmas que no se veía muy impermeable pero era mejor que nada, pensó Zertuche, si es que podía pensar en algo, ofuscado por la pereza que le daba tenerse que empapar para la talacha de poner la refacción con visibilidad casi nula.

Varela, en el asiento de copiloto, había venido roncando hasta que lo sacudieron las maldiciones y lamentos de Zertuche, así que despertó a un mundo donde llovía grueso y reinaba la desesperación.

–¿Qué pasa, algo?

Zertuche intentó responder pero sintió que lo ahogaba la espuma de su rabia. Al fin articuló:

–La puta llanta.

Varela tosió enseguida, un poco fingidamente, la verdad, y no dejó pasar la oportunidad de recordar que traía un principio de neumonía o una recaída tuberculosa, o algo peor, y que por lo tanto Zertuche no contara con él.

Zertuche no le prestó atención. Hervía. Habrá que esperar a que calme un poco, intentaba razonar. Golpeaba el volante. La imagen: el león encerrado. Llegó un momento en que pudo más la impaciencia: abrió la portezuela, la pateó y saltó a la cuneta. Cómo llovería que salpicó hasta Varela el moribundo, quien todavía tuvo el descaro de quejarse, sin desatornillar su trasero del asiento, al contrario, hundiéndose más en él.

Zertuche se empapó tan instantáneamente que le tomó unos segundos admitirlo. La espuma de su rabia, y las lágrimas y mocos de lo mismo, se habían borrado de su rostro. La lluvia no lo dejaba abrir los párpados. Se sintió tan abrumadoramente lavado que se orinó ahí mismo en los pantalones, como quien se hace en una alberca. El remojón le enfrió el coraje, le enseñó humildad, le dictó resignación.

El aguacero no daba trazas de ceder. Aumentaba y disminuía a oleadas, lo que lo hacía más temible. Zertuche se supo pez en el agua, abrió la cajuela y extrajo con chorreante parsimonia la refacción, el gato, las señales fosforescentes, la llave de cruz y el pedazo de tronco para apalancar. Colocó las señales como lo haría el mejor de los ciudadanos, salpicado sin piedad por los tráilers pero ni se fijaba. Rodó la refacción hasta el rin del desperfecto y realizó la talacha con la torpeza de un anfibio pero la satisfacción gutural de un sapo.

Entonces sintió alguien de pie a su lado. ¿Varela? No, alguien más bajo, olía a humo mojado y maíz. Su jorongo chorreaba como una cascada de hilachos. Un indio como de 70 años.

–Mejor que cambiaste. Esta agua no para antes de mañana.

Zertuche se incorporó, se limpió las manos con el agua que no dejaba de bañarlas, las sacudió y extendió la derecha al hombre.

–Buenas tardes caballero.

El viejo sacó del jorongo una mano oscura y nudosa, y la hundió en la palma de Zertuche que la sintió rasposa, dura, tibia.

–Servando, a sus órdenes.

–Zertuche a las suyas.

Tenían que alzar la voz para sobreponerse al estruendo de la lluvia.

–¿Vive aquí? –señaló Zertuche el cobertizo y el área en general.

–Vivo –dijo el hombre.

–Oiga Servando, ¿y tendrá un café?

–Tengo.

–Y podría venderme una taza, supongo.

–Puedo.

Zertuche esperaba echar a andar de inmediato a donde estuviera la taza de café, pero Servando no se movió.

–¿Viene? –señaló al Pointer.

–¿Mi amigo? No. Está muy ocupado.

–¿En qué?

–En morirse, creo.

–Ah bueno, lo dejamos que se concentre.

Entonces sí caminó Servando, y Zertuche tras él, unos 50 metros adentro de la maleza hasta una cabaña miserable, con un foco encendido afuera y otro adentro. El café estaba listo en la olla, junto al fogón somnoliento y rojo, desfalleciente, como esperándolos.

Pudo ser peor, le dijo al oído la voz de su conciencia. Sí, se replicó con injustificada dicha. No había televisión. Unos catres en los rincones. Aperos de labranza. Un amortiguador de camioneta apoyado en la pared. Miró en redondo. Una silla de caballo. Costales vacíos y llenos. Una pila de leña. Trastes colgando como en una instalación de arte moderno, armónica y compuesta, no cadavérica las maquetas de un museo etnológico.

No se sentaron, para escurrir un rato frente al fogón, al que, inclinándose con reverencia, Servando avivó mientras tomaba por el asa la olla del café.

–¿Aquí vive?

–Vivo.

Servando era de esos que para hablar les bastan los verbos, y los conjugan lo menos posible. Minimalista, ¿sabes? Funcionaría como viejito en una película taiwanesa.

–Huracanes no perdonan.

Por motivos distintos, ninguno de los dos sabía el nombre de este que los afectaba. Zertuche se vio rodeado de relámpagos y cántaros de agua loca. Abrazaba en el cuenco de sus manos la taza de café humeante, bien tostado. Aroma fino, estimulante. Por culero Varela se lo pierde, con su pobre aire acondicionado y su tuberculosis de utilería, pensó.