Opinión
Ver día anteriorMiércoles 25 de abril de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Alharaca neoliberal
L

a nacionalización de la filial argentina de Repsol (YPF) ha desatado una diseminada, aunque tronante, alharaca entre los más conspicuos proponentes del libre mercado. Las admoniciones, acompañadas por las consabidas amenazas, no se han hecho esperar. El espantajo de las inversiones que huirán hasta de toda Latinoamérica (Rajoy) se agitó sin mesura. La confianza en el gobierno de la viuda de Kirchner y el clima de los negocios se verían, desde esta perspectiva reaccionaria, sumamente afectados. La lista de vocingleros respetados que han entrado al combate virtual es considerable: el Banco Mundial, la OCDE y la Organización Mundial de Comercio (OMC) salieron de inmediato a la palestra. La misma Unión Europea selecciona sus instrumentos de castigo y los blande con aparente energía apuntándolos hacia su proveedor argentino. La administración de Obama, en un principio cautelosa, no resistió la tentación preventiva y lanzó tenue pronunciamiento de condena.

El trabuco alarmado y resentido por el golpe expropiador ha sido, a pesar de la intensidad, un tanto timorato en el lenguaje empleado para condenar a los que juzgan de transgresores. El señor Calderón, en cambio, perdió los muy escasos estribos de contención que a duras penas le quedan. Agredió directamente a la presidenta de Argentina llamándola irracional, irresponsable y equivocada. La nacionalización de la petrolera, al parecer, le tocó fibras ideológicas o hirió el fondo de algunas querencias internas de su ser. El resultado fue la rienda suelta a sus pulsiones reaccionarias y entreguistas que ya le habían brotado durante la pasada reunión en Cartagena, Colombia. Al meterse de lleno en la disputa, que debía mantenerse entre una trasnacional basada en España y la administración Argentina, Calderón compromete y, sin duda desdora, la política exterior nacional. En la exposición de sus sentimientos, que no razones, se descubre la mezcla de intereses entre el panista encumbrado y la petrolera Repsol. Una relación que viene de lejos y que abarca contratos y prebendas de miles de millones de dólares atados desde los tiempos del señor Mouriño, su fallecido hombre de íntima confianza que tanto extraña.

Hasta el presente día sólo se ha visto afectado el biodiésel que España importa de productores argentinos. Lo demás, incluidos los exabruptos del señor Calderón al proclamarse accionista afectado, ha permanecido en el aire. Las causales expuestas por doña Cristina fueron impecables: recobrar la soberanía energética. Repsol estaba desinvirtiendo de manera acelerada y forzaba al país a importar fuertes cantidades de gas y petróleo (9 mmdd en 2011). El fondo del conflicto, empero, parece apuntar al descubrimiento de los enormes depósitos de gas no convencional que se hicieron en un lugar del sur argentino conocido como Vaca Muerta. Este reciente hallazgo, según expertos, es el tercero en magnitud en el mundo. Y eso bien puede ser el meollo de las pretensiones energéticas argentinas. Lo cierto es que será, de aquí en adelante, una palanca para la creación de riqueza y tecnología bajo su control. Una situación parecida llevó al presidente Lula a reclamar para Brasil el dominio de los también enormes depósitos de hidrocarburos situados en su plataforma marina continental.

La creación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) obedeció a toda una visión nacionalista de avanzada. La empresa data de 1922 y su gestor influyó en varias naciones para que siguieran el ejemplo: Bolivia primero y México después fueron algunas de ellas. El petróleo, hay que repetirlo hasta el cansancio porque muchos ambiciosos librecambistas no lo entienden, es un recurso vital para fincar sobre él pretensiones libertarias y soberanas. No es algo simple e inerte que pueda, como otros muchos productos, comprarse y venderse de manera indiferente. En todos los países productores queda asociado con su identidad, con sus afanes de progreso, con sus posibilidades de independencia. El dominio sobre su proceso forma un entramado que cimienta economías completas y empuja la investigación tecnológica concomitante. El despliegue de sus interrelaciones se extiende por innumerables ramas de actividad, dependientes unas, alentadas otras y favorecidas las demás.

Los vientos que corren por el subcontinente son bastante diferentes a los dominantes en México. Allá, varios estados nacionales están buscando y han diseñado, respuestas novedosas, de propia inventiva, a sus variados problemas. Y los que se desplazan por Argentina ya apuntan, con claridad, en una dirección progresista. El paquete estructural que engrosa la señora Fernández es amplio y complejo. Se inició con la salida del FMI a raíz del conflicto por el servicio de su deuda externa y que, al renegociarlo atendiendo a sus necesidades, les permitió aprovechar la presente época de bonanza. Siguió con el cambio a la legislación del banco central para que se ocupara del crecimiento y no sólo de controlar la inflación. Un punto neurálgico fue la retoma de los fondos pensionarios, que habían sido privatizados, para volverlos a manejar desde el Estado de manera solidaria. Ahora da este paso interventor de gran calado en medio de un envolvente externo poco favorable a decisiones de corte nacional.

El señor Calderón, en cambio, está a punto de abandonar la oficina que ostenta y que, desde un inicio, fue cuestionada con sólida evidencia de fraude. Sus ya frecuentes arranques de un fundamentalismo de mercado arrecian en la medida que el tiempo de estrellato se le agota. Tal parece que pretende seguir los pasos de Ernesto Zedillo para refugiarse en el extranjero, y como él, recibir el agradecimiento de los centros neurálgicos del poder, a quienes empolló localmente y cuyo discurso liberal pregona, con ahínco inquebrantable, por todos los confines del orbe que quieran oírle. Al incidir sobre el proceso electoral de una manera constante, grosera, a Calderón le ha valido la sanción del IFE por violentar la Constitución. A la candidata de su partido la ha maniatado y la fuerza a caer en errores continuos con tal de salvaguardar sus propias obsesiones autoritarias y guerreras. Sus impulsos continuistas apegados al manual neoliberal lo llevarán a raspar, aún más, su ya bien ganado desprestigio.