Opinión
Ver día anteriorViernes 13 de diciembre de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La reforma energética
José Cueli
C

uenta la fábula cervantina del encuentro del Quijote, con el Maese Pedro y su retablo. Asisten entonces, lector y protagonista a una escenificación dramática. Los títeres movidos por hilos, y la voz del Maese Pedro, que va explicando de manera prolija y torpe lo que acontece ante los ojos del espectador.

Pretende recrear la leyenda de Melisendra, cautiva de los moros, y su marido Gaiferos, que finalmente acude a salvarla y pretende sacarla de su cautiverio en aparente arriesgada y peligrosa aventura. La acción dramática se ve interrumpida una y otra vez en un complejo movimiento de vaivén, en una lanzadera de acciones y discursos en los que interviene, de manera cada vez más violenta Don Quijote, quien reclama de manera airada la falta de veracidad en la narración y en los efectos sonoros.

Presa del enojo ante el engaño, arremete contra el retablo. Parece indignarle que pretendan nublar su razón con un grosero espejismo representado por títeres movidos por hilos misteriosos, manipulados por individuos que ocultándose tras bambalinas sólo se sabe de ellos por los matices ominosos que le imprimen a las marionetas (Entre el delirio y el sueño, José Cueli, Ediciones La Jornada, 2011, México, DF).

Una vez más el personaje cervantino nos brinda apoyatura para intentar descifrar las sensaciones que despiertan en nosotros, la puesta en escena de una nueva versión del retablo de Maese Pedro. Títeres enloquecidos, movidos por hilos misteriosos, en diabólico juego (que no en diálogo) orquestado por fuerzas desde la penumbra.

Grotesca escenificación de marionetas y fuerzas desconocidas tirando de hilos, haciendo perder toda referencia que pueda otorgar un sentido y referente a lo acontecido. El retablo ilustra el afán cervantino de delatar el recurso de explotar la irracionalidad con fines ocultos, empujando a los sujetos con marionetas a los márgenes de la conciencia, donde aparecen la hostilidad, el miedo y el odio reprimidos.

Como consecuencia experimentamos dolor e impotencia agregados a la sensación de indefensión ante lo irracional.

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