Opinión
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Bergamín y la crítica de la Transición española
Joan Martínez Alier*
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e critica ahora abiertamente en España la Transición de 1975-78 gracias al auge del nuevo partido político Podemos. Es un deber recordar las voces disidentes y republicanas que lograron, o al menos intentaron hacerse oír en esos años, frente al consenso alcanzado por el PSOE; el Partido Comunista de Santiago Carrillo; falangistas como Adolfo Suárez y católicos de la ACNP (Asociación Católica Nacional de Propagandistas), que habían colaborado estrechamente con el franquismo, como Osorio, Lavilla, Oreja, y el propio monarca Juan Carlos de Borbón nombrado por Franco. La Transición tuvo su lado bueno, como fue la posibilidad de votar un parlamento por primera vez desde 1936. Tuvo un lado muy malo, la ausencia de lo que se ha llamado después internacionalmente justicia transicional.

Los posfranquistas se autoamnistiaron en el congreso en 1977 con la Ley Amnistía, con aquiescencia de la izquierda parlamentaria. Hoy en día se arrastran en juzgados argentinos algunas demandas de extradición contra conspicuos torturadores franquistas, como el apodado Billy el niño.

Hubo voces disidentes, especialmente en el País Vasco. En la revista Cuadernos de ruedo ibérico, primero todavía en París, después desde Barcelona, persistimos en criticar esa Transición, aunque cada vez en mayor aislamiento. Muchos izquierdistas se fueron resignadamente a casa o se metieron en el PSOE.

La personalidad cultural más destacada en la crítica de la Transición fue José Bergamín (1895-1983). Vivió, de regreso en Madrid, en esos años duros, publicando una columna en la revista Sábado gráfico, por la que fue perseguido por la justicia. Miembro de la generación de escritores de 1927, Bergamín era o había sido famoso. Había sido presidente de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, amigo personal de Malraux, fundador de la revista Cruz y raya, y durante la guerra civil escribió en legendarias revistas, como El mono azul y Hora de España. Su primer regreso a España, hacia 1960, duró poco porque fue atacado peligrosamente por el ministro franquista Fraga Iribarne (más tarde fundador del actual Partido Popular, un posfranquista), por ser primer firmante en una carta pública de apoyo a huelguistas asturianos en 1962. Su segundo regreso en la época de la Transición significó un exilio interior. Se escribía (en verso y en chiste) con su viejo amigo Rafael Alberti, a quien el Partido Comunista de Santiago Carrillo promocionó a diputado o senador de la monarquía borbónica. Mientras Alberti se quejaba de que la prensa y la televisión no lo dejaban vivir tranquilo, a Bergamín no le hacían caso. Su acceso a los medios fue menguando.

La gran tesis doctoral de Iván López Cabello sobre Bergamín (en la Universidad de Nanterre) explica cómo se vio forzado a buscar tierras amigas, no en su Andalucía natal y no desde luego en Madrid, y tampoco esta vez en París, sino en el País Vasco, donde al final pudo escribir en el semanario Punto y hora. Le ayudaron Sánchez Erauskin, Miguel Castells, independentistas vascos. López Cabello narra los detalles de la silenciada resistencia de José Bergamín durante la Transición. Su voz tiene un nuevo significado cuando ahora se cuestiona este periodo. Las nuevas generaciones políticas reniegan de la Constitución de 1978 y piden un proceso constituyente.

Bergamín, famosa figura de la intelectualidad española del siglo XX, sufrió marginación política por sus ideas. Durante un breve tiempo su colaboración periodística con la revista Sábado gráfico le permitió expresar más o menos libremente su opinión, hasta que los problemas con la censura y la justicia causaron su cese. López Cabello analiza el discurso político ofrecido por Bergamín en dichos artículos, una manifestación de la disidencia en la España de la Transición basada en el rechazo de la monarquía y en la reivindicación de la república como alternativa.

Tras la muerte de Franco y la restauración borbónica de 1975, Bergamín despreció el dinero y los premios que el nuevo régimen le hubiera ofrecido a cambio de la fotografía con Juan Carlos de Borbón y un beso en la mano de la reina. Se autoadjudicó el papel histórico de portavoz de la España peregrina, con fe republicana, alimentada por la memoria y la experiencia histórica, confrontada al espíritu de falsa reconciliación nacional que guió la Transición. No se ha hecho justicia a las víctimas del franquismo. Ahí está el gran monumento a Franco en Cuelgamuros, cerca de Madrid. Bergamín no dejó de cuestionar la legitimidad del nuevo régimen.

Escribió un estremecedor verso para explicar porqué se había ido de Madrid: No quiero morirme aquí ni ahora / para no darle a mis huesos tierra española. Abominaba de la Transición. Si los jóvenes de Podemos necesitan un bisabuelo político republicano, ahí lo tienen.

*ICTA-Universitat Autònoma de Barcelona