Opinión
Ver día anteriorDomingo 12 de octubre de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Para no creerlo
C

onfieso que me he quedado entre espantado y asombrado con la noticia de la desaparición de 43 estudiantes en Iguala y hasta este momento han aparecido quemados y enterrados alrededor de 40 cadáveres en fosas clandestinas.

Por supuesto que el tema provoca muchas preguntas. Sin embargo, la más importante es si existe, que desde luego existe, un grupo criminal capaz de llevar a cabo un acto de esa naturaleza. Lo peor es que la conclusión es que así es. Y eso nos lleva a otra pregunta: ¿qué pasa en México?

Es evidente que el asunto tiene un ingrato sabor a narcotráfico, que reúne a varios grupos armados, distribuidos por todo el país, que prácticamente hacen lo que quieren, sin que las autoridades, salvo que sean sus cómplices, puedan remediarlo.

Ello puede involucrar al Ejército, a las policías y, en general, a las autoridades federales y municipales que provocan, sin lugar a dudas, una desconfianza esencial y, como consecuencia, la sensación de que la seguridad en México no existe, lo que significa que el Estado ha fracasado en el cumplimiento de uno de sus deberes esenciales: garantizar la seguridad. Y como consecuencia de ello, que el país está dominado por la corrupción. De otro modo no se entiende el tráfico de armas, del norte al sur, y la exportación permanente de drogas al otro lado de la frontera, del sur al norte.

Da la impresión de que en México todo se puede. No es un problema de libertad sino de libertinaje. Los intereses indirectos aparecen de manera evidente y no se vislumbra una acción estatal para superarlos.

Entre tanto, niños y jóvenes, mexicanos y centroamericanos recorren el país, del sur al norte, pretendiendo pasar a Estados Unidos con el simple objeto de conseguir trabajo para salir de la miseria, lo que responde a una decadencia económica notable y, por supuesto, a un notable descuido de la frontera sur que todo parece indicar que es una simple puerta abierta, con la complicidad de un servicio de ferrocarriles que ejerce la notable función de transportar a toda la masa de emigrantes, propios y ajenos.

Es evidente que la exportación de drogas tiene una razón principal: el consumo evidente de las mismas en Estados Unidos, y eso no nos corresponde controlarlo y evitarlo. Es negocio ajeno, pero que sin la menor duda, lo alimentamos.

Creo en el Ejército. No tanto en la policía. Lo primero porque fui parte de él en mi famosa aventura de la conscripción voluntaria que llevé a cabo en el año de 1944, cuando inscrito sin obligación alguna, por ser, entonces, español, me tocó bola blanca en un inolvidable sorteo en el cine Encanto. Fue una experiencia maravillosa, que cumplí en el Batallón de Transmisiones, en la tercera compañía divisionaria. La he denominado mexicanización por inversión, ya que tuve la espléndida oportunidad de convivir con compañeros de la segunda delegación y de Oaxaca, que me enseñaron un México que apenas empezaba a conocer a partir del exilio. La continuación de mis estudios en la entonces Escuela Nacional de Jurisprudencia fue el indispensable complemento.

Sin la menor duda corresponde al Estado, con el trabajo armónico de los tres poderes, intentar ponerle remedio a la situación. Por supuesto que no es una tarea fácil. Por una parte revisar la condición de las fuerzas armadas y por la otra vigilar de muy cerca la operación administrativa.

De lo que no hay duda es que no podemos seguir como estamos. México se merece otro destino. Ayudemos todos a lograrlo.