Opinión
Ver día anteriorJueves 30 de octubre de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La política de salarios, injusta y equivocada
Napoleón Gómez Urrutia
U

na verdadera política de salarios no puede estar desvinculada de una política de empleo y ésta, a su vez, de una estrategia global de crecimiento orientado a promover el desarrollo económico, que beneficie a la mayoría de la población con nuevas oportunidades para todos y no solamente para un grupo reducido, como ha sucedido durante las décadas recientes y se ha agravado aún más en los años recientes.

No se necesita ser un conocedor profundo o un premio Nobel en Economía para saber, con sentido común y observando la realidad y la evolución de los salarios durante los pasados 30 años, que al final el resultado de aplicar un modelo que se diseñó solamente para favorecer a unos cuantos ha generado la desigualdad creciente en nuestro país y la explotación absurda e irracional de la mano de obra.

Cuando en México se afirma que los salarios no pueden incrementarse en forma discrecional, o como resultado de un programa nacional urgente para disminuir la pobreza y estimular el consumo, ya que esas medidas podrían disparar la inflación y reducir el empleo, se cae en un esquema de injusticias que además está equivocado. Más aún si estas propuestas elitistas y empresariales son avaladas por las autoridades y, aún peor, por líderes sindicales que no se preocupan sinceramente por el bienestar de sus representados, llegando incluso a firmar un inexplicable Pronunciamiento Conjunto de los Sectores Obrero y Patronal y del Gobierno Federal, firmado el 12 de agosto de 2014, contra el alza de salarios.

Es absurdo sostener una política de salarios que por más de 30 años ha sido un fracaso, que tiene miras cortas y ambiciones desmedidas de poder y de riqueza, recargando toda la responsabilidad y las consecuencias negativas sobre las espaldas de los que menos tienen, pero que son los que más riqueza generan como son los trabajadores. Esa posición es egoísta, miope y plena de ignorancia, ya que sólo repite lo que no ha funcionado, pero que sí ha acrecentado la acumulación de capital cada vez en menor número de manos. El contraste ha sido el crecimiento exagerado de la pobreza y la miseria para la gran mayoría.

Así no puede existir, y seguramente les molesta mi propuesta para establecer un nuevo modelo que he denominado de Prosperidad Compartida, el cual representa un enfoque totalmente diferente y de contraste con el de la explotación y marginación crecientes. Por eso también algunos personajes del gobierno quieren vincular el aumento en los salarios al crecimiento de la productividad, del empleo y de la economía del país. Esa no es la forma de redistribuir la riqueza bajo el modelo imperante, sino de concentrarla cada vez en menos grupos o familias.

Es al revés, con una política de fomento real al empleo –y para eso hay muchos mecanismos de estímulo– y con una clara y comprometida estrategia para mejorar los salarios, es como se promueve el consumo, crece la demanda y el mercado y, por consecuencia, se reproduce la inversión, que a su vez genera nuevas formas de ocupación. Los salarios más bajos detienen el proceso y producen, además de grandes injusticias, el estancamiento, la recesión y el retraso consecuente de cualquier programa de desarrollo económico.

Y lo vemos claramente con varios ejemplos. México tiene actualmente los salarios mínimos más bajos de América Latina y probablemente del mundo, según las cifras oficiales de la Cepal (Comisión Económica para América Latina), y de la OIT (Organización Internacional del Trabajo). Incluso más bajos que Haití y que Honduras, donde los salarios son 56 por ciento más altos que los de México. No se diga en comparación con países como China, que hace apenas 10 años tenía los salarios a la mitad de los de México y hoy está dos o tres veces por encima.

Para mayor abundamiento de datos, el salario mínimo de Canadá, en promedio, es de 10 dólares la hora, y en Estados Unidos de 7.50 dólares por cada hora trabajada. En México el salario mínimo promedio es de 65.50 pesos por día, equivalentes a 5 dólares diarios. Estamos hablando de una diferencia brutal de jornadas de ocho horas, en las cuales un trabajador de Canadá gana como mínimo 100 dólares por día, en Estados Unidos 75 y en México 5. Cómo se puede explicar una diferencia tan dramática de más de mil por ciento, cuando el nivel de vida probablemente no sea mayor en esos países que el doble o un poco más que el promedio en México.

Eso se llama explotación y falta de amor y solidaridad con los trabajadores que generan la riqueza, con México y con los mexicanos. En nuestro país tenemos por lo menos 7 millones de trabajadores con salarios mínimos, que multiplicados por cinco miembros de familia, estamos considerando 35 millones de personas que realizan tareas del más bajo rango como limpieza de casas y edificios, tareas de vigilancia en zonas residenciales, o dedicados a limpiar los parabrisas de los coches, entre otras más.

En los análisis políticos o de economía esto no significa racionalidad, y menos humanismo. Es más bien la explicación clara de un modelo injusto y equivocado que ha generado mayor desigualdad y pobreza extrema, que van acompañadas de una creciente desnutrición, enfermedades, mortalidad infantil, muerte anticipada, frustración y resentimiento entre los miembros más afectados de la sociedad, que son la gran mayoría.

Cómo podría una persona en esas condiciones tener una pensión digna y justa de retiro, si apenas el salario mínimo extra bajo aporta 6.5 por ciento del fondo de retiro que integran las empresas, el gobierno y los propios trabajadores. Un trabajador tardaría alrededor de 30 años en obtener una pensión mayor de la que actualmente tiene, una vez que el salario mínimo se haya incrementado. Pero como decía el gran economista inglés John Maynard Keynes, en el largo plazo todos estaremos muertos.

Las consecuencias de una política de salarios basada en el despojo social pueden traer graves resultados para la estabilidad, el crecimiento y la paz social. Los bajos salarios que se pagan en México se explican como una política deliberada de explotación y de saqueo que ha permitido que un pequeño grupo de poco más de 100 familias hayan recibido los mayores ingresos, por contraste con una población de más de 70 millones de pobres.

En Uruguay, en Brasil y en Argentina, el incremento en los salarios provocó un promedio de aumento de 20 por ciento en el empleo total y de 50 por ciento en el empleo formal, precisamente por los programas fiscales, monetarios y de estímulos a la inversión, donde por cada nuevo empleo que se crea y el aumento de salarios correspondiente, el Estado otorga más compensaciones. Además, los incrementos en la productividad se han vinculado más en esos países al valor del trabajo, que a la tecnología, la maquinaria y el equipo, la infraestructura o la inversión de capital.

Finalmente, México debería observar, estudiar y aplicar medidas de países con políticas exitosas de crecimiento y no de modelos obsoletos y fracasados que sólo han producido más marginación y pobreza. Los países escandinavos Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia han experimentado logros importantes en la acumulación de capital social, con estrategias eficientes e igualitarias que han reconocido la aportación de las personas con su valor intrínseco al proceso productivo y esto ha tenido impacto en los fondos de retiro y de pensión con dignidad y justicia. Noruega es un país de 5 millones de habitantes con uno de los fondos de pensiones más grandes del mundo, de alrededor de 850 mil millones de dólares. Es momento para que algunos empresarios, funcionarios, políticos y líderes sindicales puedan recorrer esos países y al regreso hablar y actuar con más honestidad y humildad.

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