Opinión
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A la mitad del foro

Poder y dinero

León García Soler
I

mposible quitar la vista de Grecia, del referendo de hoy que resolverá fundamentalmente quién gobierna en la cuna de la democracia. Se trata de responder sí o no al programa de la Unión Europea, paños calientes para una deuda que ha arrastrado a la quiebra a Grecia a golpes de austeridad y disciplina dictados desde las arcas del euro; el método ha dejado en el desempleo a 26 por ciento de la población. Imposible olvidar a las ranas de Aristófanes: imperan el poder y el dinero.

Los bancos se han quedado sin recursos. Inútil formar largas filas para retirar los recursos propios, personales, de los demos que votaban en el ágora de Atenas y hoy están encerrados en el corralito, sometidos al absurdo de escoger entre dos males, a olvidar que no hay democracia sin representación y los elegidos para resolver el rumbo del cambio ya no lo harán en el parlamento, sino en la oratoria de los defensores de la soberanías nacional, en los medios donde imperan los dueños del dinero que impunemente han marcado al primer ministro Alexis Tsipras con el sello indeleble de populista. No hay liquidez en los bancos y el gobierno está en quiebra, no en mora. Nadie perece escuchar las palabras sabias y sensatas del Premio Nobel Joseph Stiglitz: Los dirigentes europeos han empezado a revelar la verdadera naturaleza de la disputa, y la respuesta no es agradable: Es mucho más sobre poder y democracia que sobre dinero y economía.

Ahí están los encabezados que proclaman una victoria de la sociedad civil sobre los partidos políticos en la conducción y resolución del debate sobre la existencia misma de Grecia, del país soberano. Y mientras presionan desde Bruselas y auguran serias dificultades para Atenas en caso del voto no en el referendo, la inconmovible Angela Merkel anticipa la disolución de la Unión Europea si el voto griego es no, si se diera la votación masiva que pide Tsipras contra chantajes y (el) ultimátum. La tiranía del dinero tiene nuevos súbditos, los socialistas se suman a los conservadores que piden un rotundo sí. François Hollande exhibe la pequeñez de su liderazgo en la Francia de la igualdad, la libertad, la fraternidad; en la tierra de Léon Blum.

En México ya nos quedamos con el corralito vacío; ya llegó el sufragio efectivo y nos anuncian la pronta renuncia la no reelección; Agustín Carstens ondea rotunda certeza en medio del desplome de la devaluación del peso y el aumento constante del valor del dólar. Ah, tenemos pantagruélicas reservas de devisas, ciento y tantos miles de millones de billetes verdes depositados en la arcas de la muy segura Federal Reserve y temblamos ante la posibilidad de que en Washington aumenten las tasas de interés. Luis Videgaray convoca al optimismo y no ceja en el empeño equilibrador de recortes sucesivos al producto interno bruto ¿previsto?, ¿entrevisto?, para el año de nones lejano a los dones.

Abajo duele México. Dos estigmas son constante en la llevada y traída fuga hacia delante de la transición en presente continuo y las alternancias igualadoras: la desigualdad y la impunidad. El imperio del dinero y el combate del poder constituido y el del bandidaje abierto. El titular del Poder Ejecutivo de la unión y sus empleados hacen gala en las alturas de los logros incontestables de las reformas constitucionales, estructurales en la lingua franca del capitalismo financiero. Pero los datos oficiales, así como los de entidades no gubernamentales, como Oxfam, exponen el amargo, irrefutable contraste entre las mayorías empobrecidas de la nación y la cada vez más acentuada concentración de la riqueza entre los del uno por ciento.

En México al uno por ciento más rico de la población le corresponde un mayor porcentaje (21 por ciento) del ingreso total: en otros países el porcentaje fluctúa en un promedio cercano a 10. Eso sí, en los años de la docena enloquecida de los herederos del falangismo y del sinarquismo, el número de mexicanos con una riqueza neta superior a un millón de dólares (sin tomar en cuenta el valor de su vivienda, de bienes raíces remedo de las viejas haciendas) alcanzó el mágico número de 145 mil, menos que el uno por ciento del total de la población. Y esos millonarios ya controlaban alrededor de 45 por ciento de la riqueza del país. (Desigualdad extrema en México. Concentración del poder económico y político, de Gerardo Esquivel Hernández.)

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“Agustín Carstens –gobernador del Banco de México– ondea rotunda certeza en medio del desplome de la devaluación del peso y el aumento constante del valor del dólar”Foto Carlos Ramos Mamahua

Responda sí o no a la estabilidad y solidez económica de lo que en tiempos de Antonio Ortiz Mena fue llamado desarrollo estabilizador y hoy es marcha de sonámbulos de la oligarquía consolidada a la plutocracia anhelada. Los del di­nero apoyaron la transición a la democracia sin adjetivos; optaron por un gerente en lugar de un cómplice en el Poder Ejecutivo que se deposita en un solo individuo. Y desfilaron los payasos trágicos en el viejo circo; luego exigirían la mayoría de facto en el Poder Legislativo plural que no dejaba gobernar al pobrecito señor Presidente que ya se había lanzado al combate sangriento de su guerra sin fin contra el narcotráfico, contra el crimen organizado. Y vendría la segunda alternancia, los recuerdos del porvenir y el fantasma del autoritarismo de todos tan temido, del priato tardío renovado, maquillado con la visión del cambio programado y los pactos del reparto del futuro.

Y a la mitad del sexenio, las elecciones que exhibirían la fragilidad del pluralismo de partidos, sin ideología, sin proyecto alcanzara a ver el horizonte; con la vista fija en el dinero y poder al alcance de su ambición. Todos perdieron, salvo los dueños del dinero, previsores y decididos a invertir para dar vida a la ilusión de candidatos independientes. Los partidos, a disputar las migajas del reparto y la capacidad de controlar obras y negocios del dinero público, los moches miserables del panismo desnudo, las sociedades turbias y los empresarios indispensables para la complicidad, para la corrupción.

Todos pregonan respeto al estado de derecho, algunos hablan todavía del imperio de la ley. Pero no hay más mando incontestado que el del dinero y el poder en las manos del capital concentrado fatalmente en un menor número de individuos. Así como la pobreza se reproduce a sí misma, se multiplica atada al yugo del hambre, la insalubridad, la ignorancia y la falta de empleo, la ausencia de oportunidades y de esperanzas.

A la mitad del camino, los que hacen política para hacer dinero, se lanzan al vacío del futurismo: La señora de Felipe Calderón, el nieto de Rafael Moreno Valle proclaman su aspiración presidencial. En las fracciones de la izquierda derrotada, la indecisión es tal que imaginan posible candidato a Miguel Ángel Mancera, no militante, quien hizo efectiva la facultad de remover a todo su gabinete.

En el PRI reavivan la institucionalidad que devino en unanimidad. Queda el miedo a una derrota como la padecida bajo el mando de Roberto Madrazo, quien quiso saltar de la presidencia del CEN del PRI a la de la República. No había línea posible. Pero no cambia de manchas el tigre: Camacho Quiroz asegura que todo será a tiempo: Pero los que se aferran a la inasible levedad de Peña Nieto van a ver fantasmas si salen de noche. En la penumbra de la dispersión y derrotas partidistas, Andrés Manuel López Obrador enciende una vela al poder y otra al dinero: Nada ha cambiado, el elegido soy yo. O el bien o la servidumbre al mal, a los de la mafia, a los que ya nos robaron y no nos volverán a robar.

Pero es centenario fúnebre y los oligarcas preparan la repatriación y resurrección de Porfirio Díaz.