Opinión
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Ángeles González Gamio
N

o deja de llamarme la atención la persistencia de añejas vocaciones en los viejos barrios de la ciudad. Uno de ellos es el de San Juan, de los más antiguos. Sus orígenes se remontan a la época prehispánica. En varias ocasiones lo hemos mencionado porque guarda múltiples atractivos. El primero, su historia como uno de los cuatro calpullis que conformaban la prodigiosa México-Tenochtitlan. Tenía el nombre de Moyotlán y tras la conquista se le antepuso el de San Juan, con el que se le conoce hasta la fecha. En ese sitio hubo siempre un tianguis importante, que en el siglo XIX se convirtió en uno de los primeros mercados modernos de la ciudad.

El barrio conserva una plaza, una basílica, un gran templo, parte de las oficinas de Telmex que ocupan dos elevados edificios y en un costado un mercado de artesanías. Es parte de un conjunto que incluye dos de alimentos, uno de ellos el famoso de San Juan, al que acuden los restaurantes de postín y los gourmets capitalinos, y otro de flores.

Ya hemos platicado de Ernesto Pugibet, un exitoso empresario de origen francés que fundó en 1876 la fábrica de cigarros El Buen Tono, que bautizó la plaza. Aquí estableció la factoría en el lugar que ahora ocupa Telmex, rehizo el parque y mandó construir un templo para el servicio de sus trabajadores. Este se levantó en el predio del viejo templo del convento de San Juan de la Penitencia, que a su vez había ocupado el del tianguis prehispánico.

Se lo encargó al ingeniero Miguel Ángel de Quevedo, uno de sus favoritos, quien lo diseñó en un estilo ecléctico, de moda a principios del siglo XX. Fue consagrado a la Virgen de Guadalupe en enero de 1912, en homenaje a doña Guadalupe Portilla, la esposa de Pugibet. De Francia se trajeron coloridos vitrales para las ventanas y la linternilla, y de Inglaterra un órgano. El interior es sencillo, con un altar semicircular que le hace marco a una gran imagen de la Guadalupana. En los muros cuelgan algunas buenas pinturas religiosas del siglo XVIII.

En la inauguración que presidió el arzobispo, estuvo la esposa del entonces presidente Francisco I. Madero. El templo ganó mucha popularidad entre la alta sociedad de aquella época y se convirtió en la sede de las bodas de presunción.

La plaza se encuentra sobre la calle de Ayuntamiento, que se caracteriza por los innumerables comercios de muebles de baño, plomería, azulejos y, en general, todo lo que pueda necesitar de ese tipo de mercancía. La calle paralela es Victoria, donde se repite la historia de los establecimientos dedicados a un género especializado. En este caso a la iluminación; aquí encuentra desde un sencillo foco, hasta la lámpara o sistema más sofisticado. Lo mismo sucede con la vecina calle de Artículo 123 y los comercios de artefactos como licuadoras, hornos eléctricos y de microndas, planchas, aspiradoras y lo que se le ocurra.

En estas vías, además de las novedades, encuentra refacciones de objetos de otras épocas, pero que todavía pueden dar un buen uso si se le cambia alguna pieza dañada. Suelen tener mucho mejor calidad que los actuales, así es que usualmente vale la pena. La gran competencia propicia buenos precios.

Como sucede en estas vibrantes zonas comerciales, los sitios para echarse un buen tentempié no faltan. A unos pasos de la plaza, sobre Ayuntamiento, entre dos de las tiendas más grandes, hay un sitio limpio y cómodo, que sólo vende apetitosos tacos de canasta.

Para el postre y el café, a unos pasos, en la esquina de la misma calle y López está El Cordobés, también conocido como el Chavalete. Es un sitio acogedor con mesas y sillas de madera, que en su planta alta tiene un balcón con una barra. Aquí se puede sentar en un banco alto, a ver pasar la vida y saborear un excelente café, preparado con la mezcla de la casa, o un pinolillo.

Hay gran variedad de pasteles y galletas, y puede comprar café para llevar a casa, que le muelen ahí mismo con las mezclas que prefiera, de los mejores granos mexicanos.