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Estudiantes de ilustración aluden a los refugiados y los sin techo

El eterno mensaje de Canción de Navidad subraya causas actuales
The Independent
Periódico La Jornada
Jueves 24 de diciembre de 2015, p. 3

Londres.

Para muchos de nosotros, la Navidad –al menos en nuestra imaginación– es un asunto claramente dickensiano. Las mesas iluminadas con velas rebosan de suculentas aves rostizadas y postres flameantes, alegres cantores de villancicos avanzan por calles nevadas, familias se congregan en armonía para oír relatos y jugar frente a la chimenea.

Tal vez la realidad sea más bien de compras en tiendas, lluvias y mal humor, pero nuestras tarjetas de Navidad, calendarios de adviento y series de televisión (este año la BBC ofrece Dickensiana, un puré de personajes del autor) atestiguan nuestro romántico apego de temporada a todo lo victoriano.

Canción de Navidad, publicada el 19 de diciembre de 1843, fue un éxito instantáneo. La primera edición de 6 mil ejemplares se agotó esa misma Navidad. Siempre en prensa desde entonces, ha desencadenado incontables adaptaciones a la escena, la pantalla y la música. El miserable Ebenezer Scrooge –gozosamente transformado por las visitaciones de los fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Por Venir– ha sido interpretado por Alastair Sim, Albert Finney, Michael Caine, Marcel Marceau, Jim Carrey y, por estas fechas, Jim Broadbent en una producción en el West End londinense. Programado para sumarse a la lista en 2017 está el rapero Ice Cube.

Efusión de buenos deseos

A menudo se ha dicho que, en esta historia tan amada, Dickens inventó la Navidad como la conocemos hoy. Louisa Price, curadora del Museo Charles Dickens –basado en el primer hogar familiar del autor y decorado desde hace semanas con el tradicional estilo navideño dickensiano– señala que si bien Canción de Navidad ejerció influencia al instante, la verdad es menos evidente.

Está claro que toca un montón de tradiciones que aún nos son caras: la reunión familiar, la temperatura invernal, la atmósfera especial, los ambientes acogedores. Es una historia de compasión y buena voluntad en Navidad y todavía gravitamos hacia esos relatos. En definitiva, el libro puso a Dickens en el centro del escenario navideño.

Sin embargo, es inexacto que el festival no existiera hasta entonces. Dickens volvió a poner de moda la Navidad, pero ya se celebraba mucho antes de su época, observa Price. Siempre popular con las masas, había caído en desuso entre las clases medias metropolitanas.

Durante los siglos XVIII y XIX, la industrialización había transformado a Gran Bretaña. “La gente se mudaba de las comunidades rurales –que tal vez se congregaban en torno a una casa solariega– hacia las ciudades”, explica Price. La familia nuclear se volvió más importante. La gente tenía jornadas más largas de trabajo y menos tiempo libre en la temporada. La forma en que la sociedad se reunía había cambiado.

Había, agrega, un mercado establecido para las publicaciones de temporada, con dos almanaques, Forget Me Not y The Keepsake, populares desde la década de 1820. Dickens llevó el género a un nuevo nivel. Lo hizo más accesible y económico, pero en realidad invirtió en la presentación, con una encuadernación en tela color canela y hermosas ilustraciones de John Leech.

Los círculos literarios quedaron encantados. El autor de La feria de las vanidades, William Makepeace Thackeray, declaró que la novela “despertó inmensa hospitalidad en toda Inglaterra; fue el medio que encendió cientos de amenos fuegos en los hogares en la época navideña; causó una maravillosa efusión de buenos deseos navideños…”

La célebre escritora epistolar Jane Carlyle recuerda que después de leer el libro su marido, el historiador y ensayista Thomas Carlyle, la envió a comprar su primer pavo.

Y sin embargo, aunque Canción de Navidad es la historia festiva más conocida de Dickens –y la de mayor éxito–, no fue la primera. En 1835 había publicado Cena de Navidad, vívida descripción de la gran cena, junto con las intemporales preocupaciones sobre la política familiar, y en los 24 años posteriores a 1843 produjo otras 22 historias de temporada.

Ese hombre debió ser un verdadero misántropo, en cuyo pecho no surgió nada parecido a un sentimiento jovial, ni en su mente despertaron asociaciones placenteras con la recurrencia de la Navidad, escribió en 1835.

Es evidente, dice Price, que Dickens amaba la Navidad. Venía de una familia de fuertes tradiciones de reunirse y hacer muchas de las cosas que se describen en el relato. Muchas escenas de Canción de Navidad reflejan las de su hogar. Familiares distantes y amigos eran bien recibidos, la casa y la mesa se decoraban con ramas de árboles perennes; se hacían brindis, juegos de salón y se animaba a los invitados a dar espectáculos caseros; el mismo Dickens ejecutaba trucos de magia para los niños, y la gallina ciega era otro favorito.

Una de las hijas de Dickens lo recuerda cuando las llevó a una juguetería en Holborn y esperó con paciencia a que escogieran su regalo de Navidad, dice Price. Su hijo mayor, Charley, relata que una vez lo sacaron de la guardería para llenar un lugar en un festival cuando un invitado no se presentó.

Como vemos en la metamorfosis de Scrooge y en las conmovedores celebraciones de los Cratchits –pobres y preocupados por el discapacitado Tiny Tim–, Navidad era para Dickens época de gratitud, generosidad y esperanza.

“Reflexiona en tus bendiciones actuales –de las que todo hombre tiene muchas–, no en tus desventuras pasadas, de las que todos los hombres tienen algunas. Vuelve a llenar tu copa, con semblante alegre y corazón contento. ¡Va nuestra vida en ello, pero tu Navidad debe ser alegre, y feliz tu Año Nuevo!”, escribió en Cena de Navidad.

Indignación de Dickens

La moraleja de Canción de Navidad es clara e intencional. Es bien conocida la indignación de Dickens por las condiciones que enfrentaban los pobres de Gran Bretaña. La novela fue su inspirada manera de arrojar luz sobre el problema y exhortar a los ricos a actuar.

A principios de 1843, los hallazgos de un informe parlamentario sobre el trabajo infantil habían estremecido al escritor. También hizo un recorrido por una escuela de acogidos en Clerkenwell, en Londres, y visitó en Manchester a su hermana Fanny (cuyo hijo se cree que fue la inspiración para Tiny Tim).

Estaba furioso, refiere Price, “y decidió publicar un panfleto político llamado Beneficio del niño pobre. Sin embargo, días después dijo a sus amigos que diferiría su acción hasta Navidad y que el resultado sería 20 veces más potente.”

Comenzó a escribir en octubre y completó la historia en seis semanas. El libro está escrito para ser leído en voz alta, cosa que él mismo hizo primero en público ese año y continuó haciendo hasta 1870, el año de su muerte.

Por un mensaje reflexivo

Las tradiciones de las festividades siguieron siendo tan importantes entonces como ahora. En 1843 el pavo –como el de tamaño gigante que Scrooge envió al hogar de los Cratchits luego de ver el magro ganso que tenían– era una tendencia emergente, importada del nuevo mundo.

Dickens recibió pavos –así como pasteles de cerdo y patos– de sus amigos, entre ellos su abogado, su editor y su benefactora Angela Burdett-Coutts, quien le mandó un ave tan grande, escribió él, que en un principio creyó que era un bebé.

También fue el año en que por primera vez se enviaron tarjetas de Navidad; la producción en masa de muchos artículos impresos fue resultado de la industrialización. Sus mensajes se reflejan en la gozosa declaración de Scrooge: ¡Feliz Navidad a todos, feliz Año Nuevo para todo el mundo!

Ese es el mensaje de compasión y buena voluntad que Price cree que subyace en nuestro persistente afecto por Dickens en Navidad. Junto con la imaginería invernal, los deliciosos festines y los acogedores fuegos del hogar, la humildad y generosidad que adquiere Scrooge nos alegran el corazón.

Este año, el Museo Charles Dickens ha pedido a estudiantes de ilustración de la academia Central Saint Martins crear obras inspiradas por Canción de Navidad. Muchos de ellos, comenta Price, han aplicado sus palabras a temas del siglo XXI. Respuestas a la crisis de los refugiados, a los sin techo, a la ética en la fabricación de productos; todo parece relevante. Tal vez, en vista de la creciente comercialización, buscamos un mensaje más reflexivo para Navidad.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya